El mito de Lula comienza a derrumbarse

Reportaje
La Tercera, 05.03.2016
Germán Aranda
  • Lula, interrogado ayer durante tres horas por el caso Petrobras, ha sido la mayor figura del imaginario colectivo brasileño desde que Pelé dejó de marcar goles. No hubo liberal que lo despreciara o tildara de bolivariano ni un bolivariano que lo condenara por capitalista.

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La policía brasileña no sólo obligó ayer a declarar a Lula, sospechoso de recibir cobros ilegales en la trama corrupta en torno a Petrobras. También enterró a un mito, despedazó la leyenda del que hoy es sin duda el mayor ángel caído de la política brasileña, tal vez la mayor figura del imaginario colectivo brasileño desde que Pelé dejó de marcar goles. Su simpatía y su carisma, su cintura para bailar entre aguas diferentes o incluso opuestas, permitió a Luiz Inácio Lula da Silva convertirse en el Presidente más popular del mundo durante sus mandatos (2002- 2010), calificado como “The man” por el mismísimo Barack Obama.

Lula gobernó Brasil con visión social y ritmo desarrollista, acelerando su crecimiento y utilizándolo para sacar a 30 millones de brasileños de la pobreza, entusiasmando a los clases bajas y al mismo tiempo beneficiando como nunca a los principales empresarios del país, algunos de los cuales están hoy presos. En América Latina, todos los Presidentes y líderes políticos lo quisieron. No hubo un liberal que lo despreciara y lo tildara de “bolivariano” ni un bolivariano que lo condenara por capitalista, porque curiosamente consiguió ser ninguna y las dos cosas al mismo tiempo.

Ese ‘jeito’ brasileño, como se conoce popularmente a una peculiar forma de hacer las cosas autóctona, con flexibilidad y gracia, sin un respeto estricto a las normas, amoldándose a las circunstancias para encontrar una solución que agrade a todos, define las acciones de gobierno del Presidente más importante en la historia de Brasil desde Getúlio Vargas.

Lula representa lo mejor y lo peor de los tópicos asociados a la personalidad del brasileño, una ecuación aparentemente imposible entre generosidad, simpatía y aprovechamiento, consiguió hacer más ricos a los pobres, a los ricos y a sí mismo.

La economía, la sociedad y la clase política brasileñas enfrenta ahora el lado más oscuro de ese periodo, tras el estallido del caso Petrobras. Brasil tal vez tarde muchos años en recuperarse del varapalo sufrido, en parte, por la corrupción que ha desangrado a la que fuera la empresa más respetada del país y la mayor de América Latina y a las principales constructoras de la nación.

Cuando llegó al poder, en 2002, Lula consiguió que la policía federal se dedicara a investigar a fondo casos de corrupción empresarial y ganó el aplauso de la sociedad por esa implacabilidad contra los ladrones de guante blanco. Paralelamente, muy cerca de su despacho, su ministro más destacado y candidato a sucesor, José Dirceu (en prisión desde agosto pasado por el caso Lava Jato), lideraba una trama corrupta que pagaba mensualidades a partidos aliados para comprar sus apoyos en el Congreso. Al mismo tiempo, los directores de Petrobras eran presuntamente nombrados a dedo para que se perpetuara un pago de coimas a cargos de la petrolera, diputados, ministros y empresarios de las constructoras en un amaño sistemático de los contratos de obra pública. Miles de millones de los cofres públicos fueron desviados y cada vez parece más difícil creer que Lula no tuvo nada que ver.

El portavoz de Transparencia Internacional en Brasil, Bruno Brandão, dijo a La Tercera que “los gobiernos de Lula y Rousseff dotaron de más independencia a la justicia y a la policía federal” y, curiosamente, este mérito se le ha vuelto totalmente en contra a Lula, que vio a varios compañeros de partidos presos por el Mensalão y recientemente la mente brillante de sus campañas, el consultor de marketing político Jõao Santana, también fue detenido. A Rousseff, si se demuestra que la última campaña fue financiada ilegalmente y ella lo sabía -algo que parece cada vez más cercano- también podría costarle caro. Ayer el fiscal Fernando Dos Santos Lima, que investiga el caso, aseguró que tanto Lula como la actual mandataria obtuvieron beneficios del esquema de corrupción.

Nacido en 1945, hace 70 años, en el seno de una familia pobre de Pernambuco, en el deprimido y árido Nordeste brasileño, Lula entró en la política por su camino más arduo, desde las bases del sindicalismo siderúrgico cuando ya vivía en el estado de São Paulo e intentaba dejar atrás una infancia de analfabetismo que lo persiguió hasta sus años de Presidencia, cuando sus detractores lo ridiculizaban por su falta de formación.

No obstante, Lula siempre tuvo un don para la palabra que lo llevó rápidamente a liderar el Partido de los Trabajadores (PT) que había ayudado a fundar entre finales de los 70 y principios de los 80, con la idea clara de dejar atrás esa concepción de que la izquierda era cosa de burgueses en Brasil y desapegarse un poco del ideario marxista.

Hicieron falta tres derrotas en elecciones presidenciales para que Lula finalmente llegara al poder. Fue el primer trabajador en conseguirlo en la historia del país, en parte gracias a que “Jõao Santana lo convirtió en un vencedor”, según palabras a La Tercera del sociólogo experto en relaciones internacionales y ex miembro del PT, Jean Tible.

Aunque Lula pasó de ser un personaje prácticamente mitificado por la sociedad brasileña e incluso internacional (llegó a tener una aprobación del 87% cuando dejó el poder), Tible recuerda que “desde 1989, es una figura que polariza a la política brasileña”.

Hoy, un 49% asegura que no votaría por él si se vuelve a presentar en 2018, algo que el propio Lula aseguró hace unos días que haría “si Brasil lo necesita”. Con sarcasmo, dijo que “se acabó el Lula paz y amor” en un tono desafiante contra lo que considera “un complot mediático”. Aunque lo quiera, tal vez será la Justicia quien no deje presentarse a las próximas presidenciales.

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