China: ¿el imperio del medio o el imperio del miedo?

Columna
El País, 02.05.2018
Francisco Juan Gómez Martos, profesor visitante en la Facultad de Ciencias Políticas de la (U. de Poznan)
  • El autor analiza las perspectivas del país asiático como centro del mundo y sus distintas periferias que actúan como tentáculos en la puesta en marcha de su estrategia global

El presidente chino, Xi Jinping, en un encuentro con el primer ministro indio, Narendra Modi. AP

La estrategia global de China para conseguir el liderazgo mundial se apoya en dos instrumentos interrelacionados: por un lado, en una iniciativa geopolítica de primer orden, la iniciativa OBOR, One Belt, One Road (Un cinturón, un camino) lanzada por el presidente Xi Jinping en 2013 y que ha sido incluida oficialmente, en octubre del año pasado, como doctrina oficial del Partido Comunista; y, por otro, en lo que, sin estar definido, se infiere de sus movimientos estratégicos durante las dos últimas décadas y que podríamos definir como “las periferias”.

En realidad, las periferias de China se articulan en torno a un centro, es decir, la visión tradicional que tiene este país de sí mismo como el “Imperio del Medio o del Centro”. La ambición de volver a ser el centro del mundo queda patente en los objetivos fijados por el partido comunista hace unos meses. Cuando Xi Jinping se refiere al “rejuvenecimiento” de China tras “cien años de humillación” tiene en mente su consolidación como una —sino “la gran potencia mundial para el 2049; cien años después del acceso del partido comunista chino al poder. En este diseño, resulta evidente que Estados Unidos es el gran rival geoestratégico al que, en primer lugar, hay que desplazar como potencia hegemónica en Asia y, a renglón seguido, cercar y superar en otros continentes.

La primera periferia de China que se podría distinguir sería la “periferia para la deslocalización”, que englobaría a todos los países del entorno más próximo: península de Corea (especialmente Corea del Sur); la isla de Taiwán, cuya reintegración a la soberanía china es objetivo prioritario del régimen; el Sudeste asiático (ASEAN), Nepal, Bangladés y Pakistán. Esta periferia constituye el espacio económico natural en el que se deslocaliza la industria china en busca de salarios más bajos y mayor competitividad. Este espacio reproduce mutatis mutandis la estrategia alemana en Polonia, Chequia y Eslovaquia, así como la integración comercial entre Estados Unidos y México propiciada por el NAFTA y se basa en la diversificación intraindustrial. Además, la diáspora china presente en muchos de estos países (sobre todo del sudeste asiático) contribuirá a su implantación. Las facilidades financieras de OBOR (préstamos del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura-AIIB, primer banco multilateral liderado y controlado por China, y otros fondos específicos) coadyuvan a la puesta en el ámbito de las infraestructuras en Asia y a la mayor conectividad e integración física de los mercados regionales con China. Entre los obstáculos potenciales en el desarrollo de esta estrategia destacan: el orgullo nacional frente a la arrogancia negociadora de China, los conflictos de soberanía sobre fronteras e islotes y el tradicional sentimiento antichino en algunos de dichos países (Vietnam, Tailandia, Birmania, Pakistán), así como la rivalidad cruzada con India en el golfo de Bengala y Japón en el nordeste de Asia.

Asimismo, China aspira a imponer sus normas tecnológicas en sectores punteros (Inteligencia artificial, tecnologías de reconocimiento facial y pagos por Internet) y el Renminbi como medio de pago alternativo al dólar y moneda internacional de reserva y de mantenimiento de valor en la región.

Japón intentará robarle protagonismo a la hora de establecer normas de comercio a través del acuerdo transpacífico de comercio y su empuje tecnológico en algunos nichos como las telecomunicaciones. Queda la incógnita de saber el posicionamiento estratégico de Australia y Nueva Zelanda, economías de mercado y democracias de corte occidental, pero con fuerte interdependencia comercial con China y reducida masa crítica para oponerse a sus designios sin el apoyo de Estados Unidos.

De hecho, todo indica que el objetivo geoestratégico último de China es expulsar a Estados Unidos de Asia como potencia hegemónica, limitando en gran medida su influencia política, militar y comercial en el continente asiático.

Rusia plantea un desafío estratégico de especial importancia para China. Consciente de su superioridad demográfica, económica y comercial, China necesita el aprovisionamiento de gas de Siberia y la tecnología militar rusa al menos durante todavía algunos años. Por eso, la política china en Asia Central (el patio trasero geopolítico y militar de Rusia) se gestiona con prudencia aunque su agresividad comercial se hace cada vez más patente así como sus intentos de reemplazar a Rusia como potencia hegemónica en la región. Es probable que en el futuro China reactive sus reivindicaciones territoriales a Rusia por territorios perdidos en la época de los zares. Como dijo Mao Tse Tung en su tiempo, “la lista de territorios cedidos a Rusia es demasiado larga y vendrá el tiempo en el que presentemos nuestra factura”.

La relación privilegiada con Pakistán, lo que podríamos llamar “la periferia del corredor terrestre”, busca el cerco de India y refleja la preocupación histórica de China ante un rival que en el plazo de una década le destronará como la mayor potencia demográfica del mundo. Resulta significativo que los ideólogos y académicos chinos siempre comparen la eficacia y superioridad de su sistema de “centralismo democrático” con respecto a la ineficacia de la “mayor democracia liberal del mundo”. No obstante, las relaciones comerciales seguirán desarrollándose en un trasfondo de fuerte rivalidad geoestratégica y militar en Asia.

La tercera periferia, la que podríamos definir como la periferia de la estrategia marítima” engloba a los países con una singular posición geográfica para la estrategia comercial y militar de China e incluye a países tan dispares como Sri Lanka, Maldivas, Djibouti, Grecia, Islandia, Chile y Nicaragua, entre otros. Se trata de países pequeños o medianos con una significación económica limitada, pero con una gran importancia estratégica por su posición geográfica, que abre la puerta a mercados o a la presencia militar de China en otros continentes. Así, a través de Grecia, los productos chinos acceden al centro del mercado interior de la UE, cortocircuitando el puerto de Róterdam.

No hay que olvidar tampoco que Chile se ha convertido en la plataforma ideal para el acceso a Mercosur y al resto de América del Sur. Por su parte, Islandia ha multiplicado su valor estratégico en relación con la presencia china en las nuevas rutas marítimas que abre el deshielo del océano Ártico. Sri Lanka, Djibouti, Pakistán, con el puerto de Gwadar, garantizan la presencia militar china en el mar Rojo y el golfo Pérsico por el que transita gran parte de las importaciones de energía y de las exportaciones chinas a Europa, Oriente Medio, la península Arábiga y África del este. Nicaragua, con su futuro canal transoceánico, pretende romper el monopolio del canal de Panamá en el tráfico transoceánico y contrarrestar la influencia norteamericana en la región.

La cuarta periferia, que podría denominarse “la periferia de las materias primas y de los alimentos” la conforman el continente africano —en especial, África central y noreste en esta fase— y América Latina. En África y América Latina, China busca garantizarse el abastecimiento de energía (gas y petróleo) así como de metales y minerales raros. Además, invierte en la compra de grandes extensiones de tierra muy productivas para poder asegurarse el abastecimiento de proteínas animales y vegetales que necesita una población cada vez más rica. China invierte en ambas regiones con el convencimiento de que a medio plazo ambas regiones-continentes serán los mercados potenciales más dinámicos del mundo y donde podrá hacer prevalecer su influencia ideológica (cuando menos en África) y geopolítica, sin el peso del pasado histórico que arrastran el colonialismo europeo y el intervencionismo norteamericano durante el siglo XX.

Por último, quedaría por definir la “periferia científica y tecnológica europea”. Llama la atención que mientras las negociaciones para la firma de un acuerdo EU-China sobre inversiones (que crearía un marco común para gestionar y controlar las inversiones chinas en la Unión Europea) se eternizan, China invierte, construye y consigue réditos en política exterior en Europa. Un ejemplo reciente lo encontramos en junio de 2017, cuando el Gobierno griego rechazó hacer suya una declaración de la Unión Europea en la que se criticaba la represión de activistas y disidentes en China y se opuso a que la UE llevase una posición común de condena a China ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra. Esta ha sido la primera vez en la que la Unión no ha presentado una declaración de este tipo ante el órgano principal de las Naciones Unidas en materia de derechos humanos.

Además, China se apoya en el pasado comunista de los nuevos Estados miembros de la Unión, que le favorece doblemente: primero, la persistencia de una cierta cultura industrial y laboral común en estos países, ciertamente menos proclive a reclamar derechos sindicales que en la Europa occidental, y segundo, China busca debilitar el sistema de valores de la Unión: democracia liberal, separación de poderes y respeto de los derechos humanos, que tanto choca con el autodenominado modelo chino de “centralismo democrático” y con la represión de los derechos humanos y libertades individuales. Como Rusia, China lucha por debilitar a la UE con otros métodos más sutiles, con su caballo de Troya de las inversiones directas y las promesas comerciales. Grecia y Hungría ya están actuando en esta línea. En realidad, a China tampoco le interesa una Europa Unida fuerte, sino fragmentada, balcanizada, sin peso político para, de este modo, poder reinar negociando bilateralmente e imponiendo sus condiciones, y aprovecharse de la creatividad científica europea así como de sus lazos culturales y empresariales con países terceros en otros continentes.

Esta estrategia es coherente con la filosofía de un mundo centrado en China, con distintas periferias. Europa desunida sería para China una de las periferias más valiosas y no la estación final de destino de la iniciativa OBOR que proclaman sus medios de comunicación, propagandistas y académicos oficiales.

De hecho, todavía hay muchas preguntas claves sin respuesta sobre la Iniciativa OBOR. Por ejemplo, el documento principal sobre la iniciativa evita abordar cuestiones tan esenciales como el tema de la gobernanza institucional, es decir, el proceso de toma de decisiones y el funcionamiento de sus órganos operativos.

Por el contrario, con una diplomacia pública muy activa y eficaz, el Presidente Xi Jiping y su primer ministro, Li Keqiang, se están empleando a fondo en desarrollar las relaciones con 16 países de Europa del Este (el llamado formato del Foro "16 + 1"), circunvalando a las instituciones de la Unión europea. A cambio de préstamos y una mayor facilidad en la apertura del mercado chino a sus productos, algunos de estos países de la Unión o candidatos a la adhesión participan bilateralmente, y sin previa concertación a nivel de la Unión, en esta iniciativa y desarrollan conexiones de trenes de carga y carriles rápidos de carga entre China y Europa central a través de los Balcanes, que responden principalmente a la estrategia e intereses comerciales de Pekín.

La estrategia global de China, con su nuevo instrumento OBOR y sus ejes periféricos, es ambiciosa pero ambigua, perfectamente en línea con el patrón tradicional chino: “Oculta nuestras capacidades y espera nuestro tiempo”.

Esta estrategia puede traer beneficios económicos potenciales a corto plazo para muchos de los 65 países que han decidido participar en la misma, pero también conlleva riesgos importantes a medio y largo plazo para la estabilidad política de Asia y de la comunidad internacional.

La Unión Europea necesita urgentemente definir y aplicar una estrategia conjunta que preserve su unidad de acción y cohesión frente a China. Frente a una China cada vez más poderosa y arrogante, la Unión debe hacerse respetar como uno de los grandes actores de la comunidad internacional, con el que se compite lealmente, se coopera para afrontar desafíos mundiales y se negocia de igual a igual.

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