China: Los dilemas del gigante asiático

Opinón
El Mercurio, 20.10.2017
Manfred Wilhelmy V.W.

El extraordinario surgimiento de la República Popular China al primer plano de la economía y la política mundial desde el reemplazo del sistema maoísta -gracias al pragmatismo de Deng Xiao Ping y sus sucesores- no tiene paralelo en el mundo moderno. Pero la irrupción de China -ante la mirada atónita de sus interlocutores- nos hace olvidar que se trata del sistema político más antiguo del mundo en actual funcionamiento. Así lo ven los líderes y el pueblo de China, para quienes este nuevo protagonismo es la restauración de un rol secular, una condición central que se había perdido por los errores y debilidades de las últimas dinastías imperiales, los avances de Occidente y de Japón, los embates del imperialismo, la inestabilidad interna, la falta de modernización del Estado y la sociedad, y los costosos desvaríos revolucionarios del maoísmo.

La osada apuesta de Deng en los años 80 fue asentar el sistema chino post Mao sobre la base dual del férreo control político comunista y un programa de reformas económicas con elementos de mercado. Este singular camino, tanto capitalista como socialista y confuciano, permitiría situar a China en una trayectoria de crecimiento rápido, emulando y superando a otros protagonistas del "milagro asiático".

Aprovechando ventajas de costos bajos, la estrategia exportadora convertiría a China en "fábrica del mundo". Sumando un fuerte énfasis en el desarrollo de capital humano, China avanzaría hacia etapas de mayor agregación de valor en las cadenas productivas, mientras la acumulación de superávits comerciales haría del país una nueva potencia financiera. Solamente en los últimos años se ha vislumbrado la declinación de la ofensiva exportadora, afectada por la competencia de otras economías en desarrollo y las limitaciones económicas de los mercados "de última instancia", como Estados Unidos, para seguir importando. La llamada "nueva normalidad" económica deja atrás la etapa de crecimiento explosivo (no sustentable), busca enfrentar "burbujas" en sectores como el inmobiliario, pretende disciplinar las empresas estatales, y enfatiza la todavía insuficiente contribución de los hogares al crecimiento por la vía del consumo.

Frente a las enormes fortalezas de China, que permiten abrigar un "sueño" de "moderada prosperidad" colectiva, los riesgos y debilidades son, sin embargo, evidentes. Grandes migraciones han creado nuevas masas urbanas. Los estratos medios emergentes procuran mejorar sus condiciones de vida y perspectivas de futuro; la fuente de arroz, modesta pero segura, del viejo socialismo se pierde en el pasado. Acceden a medios de comunicación y redes sociales; algunos resienten las desigualdades que favorecen a los cercanos al poder y los privilegios del dinero, muchas veces asociados al tráfico de influencias y -por ende- a la corrupción. Sienten que los mensajes ideológicos del Partido tienen cada vez menos relación con su vida diaria. En estas condiciones, el ideario oficial debe complementarse con elementos de nacionalismo para mantener cierta capacidad de motivación. Pero también se buscan respuestas a la sensación de vacío e incertidumbre en otras fuentes, como la religión, que resurge de manera desordenada pero dinámica, eludiendo en buena medida los controles existentes.

El Presidente Xi Jinping es, sin duda, un líder excepcional, que comprende bien estas y otras complejidades del momento nacional e internacional que vive China, y cree tener las herramientas para orientar al país en su trayectoria ascendente. Desde su llegada al poder en 2012 ha procurado que el pueblo lo sienta "de su lado", lo que ha llevado, por ejemplo, a prohibir la ostentación de riquezas, las extravagancias de la publicidad, etcétera, y especialmente a lanzar fuertes ofensivas anticorrupción en todos los niveles: desde "tigres" hasta "moscas".

Hay, sin embargo, algo en su enfoque que genera una seria interrogante. Como advirtiera hace medio milenio Nicolás Maquiavelo, cumplidos los objetivos del "principado" (gobierno autoritario), se dan las condiciones para la "república" (que admite cierta participación). El PC y el gobierno bajo Xi parecen buscar un mandato del XIX Congreso del Partido para reforzar el autoritarismo. Las propuestas parecen revelar cierto carácter defensivo ante diversas demandas sociales. Ello podría manifestar, en pleno siglo XXI, algún anacronismo del sistema, tanto a nivel interno como internacional.

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