¿Cuándo se jodió Evo Morales?

Columna
El Líbero, 29.10.2019
Iván Witker, Investigador (ANEPE) y profesor (Escuela de Gobierno-U. Central)
El desenlace electoral tiene explicación básicamente externa y está en las pulsiones distribuidas regionalmente que emanan de los vestigios del ALBA, aquel bloque compuesto por Cuba, Bolivia y Nicaragua (y la Honduras de Zelaya), más una infinidad de pequeñas islas caribeñas.

Encomiable fue el esfuerzo de Carlos Mesa por intentar vencer en la primera vuelta de la elección presidencial boliviana. Era su única chance real. Sólo una contundente victoria habría llevado a las fuerzas que respaldan a Morales a actuar sobre un terreno pantanoso donde la posibilidad de admitir la derrota era posible. Al no conseguir un resultado arrollador, resulta superfluo discutir si hubo manipulación o un fraude masivo o qué tanto se va a socavar la democracia boliviana o qué tanta indignación provocará en las democracias liberales. Son consideraciones innecesarias. ¿Qué factores hicieron tan sui generis este proceso electoral? ¿Es Evo Morales verdaderamente incombustible?

Esta elección tuvo un pésimo comienzo por el distanciamiento de los bolivianos de la evidente contaminación bolivariana que sufría el proyecto indigenista de Evo. Quizás por eso fue imposible encontrar un sucesor o heredero y la situación derivó en la incertidumbre actual.

Evo mostró desde muy joven un talento innato para la política y el sindicalismo; descubrió que tenía un carisma irresistible para las masas indígenas. Su matrimonio con el bolivarianismo se produjo por la naturaleza de las cosas. Era cosa de tiempo. Por un lado, el mito de Guevara muerto en la selva boliviana perdura en la izquierda del país. Por otro, la auto-percepción de las fuerzas bolivarianas de toda la región, durante los 90, como una especie de grupo de scouts explorando nuevos territorios. Cabe recordar que los indígenas latinoamericanos siempre fueron esquivos a las ideas de Marx y especialmente de Lenin. No se sentían parte del proletariado. A su vez, los partidos comunistas jamás les asignaron un asiento en las posiciones de vanguardia. Fue a fines de los 90 que García Lineras propuso reemplazar el concepto clase obrera por multitud. Fue en esa vorágine que el joven sindicalista hizo su aparición. Fue un regalo del cielo.

A poco andar, ya enteramente cooptado, aprendió las triquiñuelas y artimañas necesarias para sobrevivir y proyectarse. Trajo tranquilidad política a Bolivia y la puso en el imaginario de ayatolás y sultanes. Introdujo en el límbico cerebral de la conciencia primermundista esa imagen de pequeño cuidador de llamas que arriba al poder. Asumió la mediterraneidad como causa nacional activa. Dotó al bolivarianismo de matices y contenidos nuevos. Llegó al extremo de regalarle al papa Francisco un crucifijo estilizado en una hoz y el martillo. Hasta Raúl Castro lo felicitó, asombrado por su ingenio y audacia.

Por eso, el desenlace electoral tiene explicación básicamente externa.

Son las pulsiones distribuidas regionalmente que emanan de los vestigios del ALBA, aquel bloque compuesto por Cuba, Bolivia y Nicaragua (y la Honduras de Zelaya), más una infinidad de pequeñas islas caribeñas. Hasta hace alrededor de un año, se le consideraba literalmente extinto, pues Venezuela ya se había convertido en un volcán, Nicaragua en un avispero y Cuba se estaba hundiendo una profunda crisis económica (y Zelaya, depuesto). Craso error. El colapso del ALBA no significa que haya muerto. Ha seguido supurando dioxinas.

En efecto, se convirtió en un núcleo numantino, entendido a sí mismo como centinela de “las grandes causas de las multitudes”. En esa línea, logró levantar un entramado de redes periféricas preocupadas de la defensa de Lula, de las nuevas sanciones estadounidenses a Cuba y del monitoreo de gobiernos no amigos con el firme propósito de demonizarlos. Ojalá desestabilizarlos. Se propuso lograr a lo largo de la región lo que García Lineras llamó puntos de bifurcación. Y los ha ido consiguiendo. Sin embargo, tales logros no han impedido que el ALBA siga considerando volátil el cuadro regional. Es por estas razones que no pueden darse el lujo de perder Bolivia, un país con riquezas minerales apetecidas por las grandes potencias, con una economía sin signos de crisis graves y con una ubicación geopolítica que el propio Fidel Castro consideraba envidiable.

Deben, además, añadirse otros factores externos. Es muy probable la derrota del Frente Amplio en segunda vuelta en Uruguay y desde el Brasil de Bolsonaro siguen merodeando fuerzas maléficas inabordables.

Al deterioro de Evo contribuyeron también conocidos factores internos, como su comportamiento homofóbico y machista, la corrupción de su entorno, su nula preocupación por el medioambiente y sus nexos con la cara más despótica del bolivarianismo. Aquella que ruboriza y desafecta.

La declinante fidelidad bolivariana cobró expresión hace algunos días en la localidad de Riberalta (al noreste de La Paz), donde un monumento a Hugo Chávez fue derribado en medio de un jolgorio rabioso. Antes de ser tumbado, le cortaron los pies con sierras eléctricas y luego lo destruyeron a machetazos. Imposible mayor simbolismo.

Y como si todo esto fuera poco, en las elecciones irrumpió un político coreano demócrata cristiano que con su tercer lugar confirma algo esperable, que lo indígena ha dejado de ser novedoso.

El sábado 26 de octubre, Evo Morales cumplió 60 años, con una salud aparentemente quebrantada. El 2017 fue a La Habana a extirparse unos tumores cancerosos en la garganta. Más atrás en el tiempo, su amigo Lula, cuando ni sospechaba lo que se vendría, le facilitó una clínica paulista para tratarse de dolencias nunca explicadas.

Ahora, con rostro adusto y caminar lento, entregó los resultados y dio inicio a una etapa nueva de su extraño régimen. Extraño porque para algunos es una simple democracia electoral. Otros más benevolentes, la califican una democracia comunitaria en fase experimental y por eso toleran su escasa transparencia y otras debilidades. Sin embargo, parece más bien un régimen regresivo con trazos del caudillismo del siglo 19. El ALBA ha salvado un eslabón que parecía escapársele.

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