El fin del comunismo cubano

Columna
El Líbero, 03.01.2020
Carlos Alberto Montaner, periodista y escritor cubano
  • Cuba y España, o el castrismo y el franquismo, tienen grandes diferencias, pero se asemejan al menos en un aspecto: ambas sociedades han vivido totalmente de espaldas al discurso oficial. Salvo algunos descerebrados profundos y un puñado de nostálgicos, la inmensa mayoría de los cubanos no cree en el comunismo hoy, como en 1970, cuando llegué a estudiar a Madrid y los jóvenes españoles se reían del Movimiento fundado por Franco tras su victoria militar de 1939.

En diciembre, poco antes de terminar el 2019, el régimen anunciaba que la Asamblea Nacional del Poder Popular había elegido a un Primer Ministro, naturalmente, “por unanimidad”. Manuel Marrero Cruz fue designado para dirigir al gobierno cubano. Miguel Díaz-Canel, en cambio, presidirá el Estado.

Marrero es un arquitecto de 56 años con barba florida y sonrisa fácil, ex coronel del ejército, cuyo último destino en la vida civil había sido el de ministro de Turismo, cargo al que ha dedicado cuatro décadas. No está claro si todo el poder político basculará hacia sus manos, como en el tipo de relación que existió entre Fidel y Dorticós (Fidel mandaba de manera inequívoca) en el periodo que ambos compartieron la jefatura de la nomenklatura (1959-1976), o si ha sido designado sólo para que ponga orden en el manicomio administrativo cubano, comenzando por el desorden monetario.  

¿Será Marrero el Adolfo Suárez de la Isla? Por su edad, Marrero no participó en la lucha contra Batista, ni en los enfrentamientos contra la rebelión de los campesinos de los primeros años sesenta, y era muy joven durante las invasiones a Angola o Etiopía en los ochenta. De manera que no interiorizó los mitos sobre los que se asienta el relato fantástico de la revolución, una historia que tiene un fuerte componente testicular junto a otro ideológico.

Adolfo Suárez fue, junto al rey Juan Carlos, quien encabezó la liquidación del régimen franquista. Era un joven que había trepado hasta los puestos principales del régimen mediante los recursos habituales que dejaba la dictadura de Franco: la simulación y la doble moral. Era un reformista total, pero in pectore, que no había participado en la Guerra Civil ni en la construcción del Estado Nacional Católico que había erigido el Generalísimo Francisco Franco después del triunfo militar.

Cuba y España, o el castrismo y el franquismo, tienen grandes diferencias, pero se asemejan al menos en un aspecto: ambas sociedades han vivido totalmente de espaldas al discurso oficial. Salvo algunos descerebrados profundos y un puñado de nostálgicos, la inmensa mayoría de los cubanos no cree en el comunismo hoy, como en 1970, cuando llegué a estudiar a Madrid y los jóvenes españoles se reían del Movimiento fundado por Franco tras su victoria militar de 1939.

Es lógico que así sea. La pretensión de Franco y de Fidel de que sus regímenes se prolongaran sine die es risible. Los franquistas al menos podían alegar que los españoles habían mejorado sustancialmente sus modos de vida a partir del fin de la Guerra Civil. (El PIB per cápita era el 80% del de la Comunidad Económica Europea cuando Franco muere en noviembre de 1975).

Los castristas, en cambio, han fracasado absolutamente, y en especial en el terreno material. El 57% de las viviendas son una ruina. Las calles y alcantarillados también. Escasean la electricidad, el agua potable, los alimentos, las medicinas, la ropa, el calzado. Las comunicaciones e Internet son una birria. El transporte es un infierno. Los salarios son ridículamente bajos.

¿Por qué? Por el modelo económico elegido por los Castro: el Capitalismo Militar de Estado, dirigido y planificado por los uniformados que giran en torno a Raúl Castro. Eso no funciona ni funcionará jamás, como saben Marrero, Díaz-Canel y la infinita mayoría de los cubanos.

¿Cómo y cuándo se le pondrá fin a esta pesadilla de atropellos, desabastecimiento y fracasos? En 1977 el Times de Londres le hizo esa misma pregunta a Bernard Levin, su editorialista estrella, con relación a la URSS y sus satélites, dado que pronto se cumpliría una década de la invasión del Pacto de Varsovia liderada por Moscú contra la pequeña Checoslovaquia. Cuando nadie había oído hablar de Mijail Gorbachov, Levin escribió que un día llegaría al Kremlin un hombre sin vínculos directos con la mitología fundacional del comunismo ni con la Segunda Guerra, y que haría reformas para salvar el sistema, pero no tendría éxito. En ese momento, la sed de justicia de los pueblos sojuzgados por Moscú, y la decencia que anida en los corazones de las personas, conseguirían liquidar pacíficamente la opresión comunista. Acertó hasta en el plazo que les dio a estos sucesos: ocurrirían en 1989.

¿Serán Marrero y Díaz-Canel los Adolfo Suárez y Juan Carlos de Cuba? Ojalá que sean ellos. De lo contrario, habrá que esperar a quienes los sucedan al frente del gobierno y del Estado, pero no tengo la menor duda de que ese día llegará. Es así como los regímenes totalitarios cambian de signo. Un día comienzan a morir por la cabeza. Como les ocurre a las culebras.

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