El péndulo latinoamericano

Reportaje
La Vanguardia, 25.11.2018
Robert Mur, corresponsal en Buenos Aires
  • El mayoritario progresismo del 2008 ha dado paso hoy a un conservadurismo populista en América Latina

Del rojo al azul en una década. Los dos mapas que ilustran esta página son elocuentes. En diez años, Latinoamérica ha cambiado de color político. Ha pasado del heterogéneo y generalizado progresismo del 2008 a la tendencia creciente actual al conservadurismo, incluso de tintes populistas.

Aunque la infografía merece muchas notas a pie de página, teniendo en cuenta las particularidades históricas de cada uno de los 19 países latinoamericanos, la consolidación en las urnas, con Jair Bolsonaro, del giro derechista en Brasil –que se produjo de facto hace dos años con el im­peachment a Dilma Rousseff y su sustitución por Michel Temer– hace que demográfica y territorialmente se confirme que el péndulo ha vuelto a cambiar de lado en la región.

No obstante, ese péndulo no es tan ideológico como parece en un continente que a finales del siglo pasado vio cómo las dictaduras aplastaban los sueños revolucionarios para, tras unas transiciones democráticas en mayor o menor medida tuteladas por los militares, acabar abrazando el progresismo con el movimiento bolivariano como exponente extremo. La ideología no pesa tanto en la decisión del voto de los latinoamericanos como el pragmatismo para resolver los problemas endémicos urgentemente, lo que lleva a propuestas de soluciones mágicas cargadas de populismo de izquierda y derecha.

Ola conservadora en Latinoamérica (Clara Penín)

El péndulo continental se mueve hacia el conservadurismo como reacción general a ese mapa colorado que fue mutando a consecuencia de la corrupción, la pobreza, la violencia y el desgobierno; pero, sin embargo, este fenómeno también se da hacia el progresismo en México, con Andrés Manuel López Obrador, por el hartazgo con la clase política atornillada al poder; estuvo más cerca que nunca de producirse también por primera vez en Colombia en las elecciones que finalmente ganó el liberal Iván Duque; y en realidad no es exclusivo de Latinoamérica, como estamos viendo en Europa.

Durante muchos años estar en el gobierno era lo que te garantizaba seguir estando en el gobierno; lo que viene pasando hace aproximadamente una década, según el país, es que la demanda ciudadana, insatisfecha por las gestiones de gobierno, hace que estar en el gobierno resulte más un perjuicio que un beneficio para presentarse a elecciones”, afirma el sociólogo argentino Gabriel Puricelli, quien confirma que “hay una pérdida de norte ideológico y ocupa un lugar más importante la disputa de poder por el poder mismo”.

Coordinador del programa de política internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, Puricelli sostiene que si:

esto se instalara como una tendencia, iríamos al péndulo perfecto: nunca ganaría dos veces el mismo; el péndulo no es necesariamente ideológico, el péndulo es que se vaya el que está”.

El descubrimiento de casos de corrupción ha sido el detonante para que el péndulo actúe, pero las razones de fondo siguen siendo atávicas. “La corrupción no es un determinante, sino un sobredeterminante; los determinantes son la situación económica y la inseguridad, cuando esas dos preocupaciones, que son las que en cualquier encuesta, en cualquier país de América Latina, figuran primeras, la corrupción, que siempre está tercera, cuarta o quinta, de pronto o bien pega un salto, o bien se transforma en el discurso que expresa una insatisfacción que en realidad es de base económica o de calidad en la vida en el espacio público”, asegura Puricelli.

El sociólogo también afirma que hay que “poner en su justo lugar” el crecimiento en la región del poder evangélico y las iglesias neopentecostales.

“Es un fenómeno absolutamente necesario, pero no determinante”, indica Puricelli, que señala que Bolsonaro ganó en todos los grupos de creyentes. “El conservadurismo social no hay que atribuírselo exclusivamente a los neopentecostales”, añade. “El neopentecostalismo persigue objetivos de poder muy específicos de líderes muy específicos”, agrega, y destaca su pragmatismo transversal recordando que el progresista López Obrador ganó en México en parte gracias al apoyo evangélico.

Estrictamente, los gobiernos supuestamente progresistas siguen siendo mayoría (10 de 19), pero entre esa decena de países encontramos una dictadura (Cuba) y dos regímenes formalmente democráticos (Venezuela y Nicaragua) que, sin embargo, para gran parte de la comunidad internacional ya han caído en el autoritarismo.

Sólo el nicaragüense Daniel Ortega y el boliviano Evo Morales se han mantenido ininterrumpidamente en la presidencia en esta década, aunque el actual presidente dominicano, Leonel Fernández, acabó su primer mandato en el 2008, y el uruguayo Tabaré Vázquez también gobernaba entonces, al igual que ahora.

Del grupo duro de países que abrazaron el socialismo del siglo XXI impulsado por Hugo Chávez, sólo Venezuela, Nicaragua, Cuba y Bolivia intentan seguir por la misma senda.

Ecuador sigue a la izquierda, pero ha moderado sus políticas tras la salida de la presidencia de Rafael Correa y el enfrentamiento con su delfín, Lenín Moreno.

Paraguay, que en el 2008 veía llegar con ilusión al poder al exsacerdote Fernando Lugo –destituido en un polémico impeachment cuatro años más tarde–, acabó volviendo a la hegemonía del Partido Colorado.

En Honduras, un golpe de Estado en el 2009 –tolerado por Estados Unidos y la Unión Europea– puso fin al mandato de Manuel Zelaya, un controvertido conservador que abrazó el bolivarismo chavista; actualmente gobierna el derechista Juan Orlando Her­nández.

Con otras tonalidades rojas, hace diez años eran presidentes el ahora preso Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), la kirchnerista Cristina Fernández (Argentina), la socialista moderada Michelle Bachelet (Chile) o los progresistas Martín Torrijos (Panamá), Óscar Arias (Costa Rica) y Álvaro Colom (Guatemala).

Un año después, con Mauricio Funes, llegaría al poder en El Salvador la exguerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) que hoy sigue gobernando con Salvador Sánchez Cerén. También en Costa Rica gobierna un progresista, Carlos Alvarado.

Sin embargo, el péndulo giró de nuevo y hoy hay presidentes conservadores en Chile (Sebastián Piñera), Argentina (Mauricio Macri), Panamá (Juan Carlos Varela) y Guatemala (Jimmy Morales).

Mención aparte merece Perú, dirigido en el 2008 por Alan García, que, a pesar de pertenecer al APRA –partido encuadrado en la Internacional Socialista–, desarrolló políticas neoliberales hasta que fue sucedido por el outsider y exmilitar Ollanta Humala, quien tampoco cubrió con las expectativas progresistas, y el país acabó girando nítidamente a la derecha con Pedro Pablo Kuczynski y, tras su dimisión, con Martín Vizcarra.

Para constatar si el péndulo se debe más al hartazgo ciudadano con la clase política tradicional que a la ideología, el año próximo se celebrarán seis elecciones presidenciales en el continente: Argentina, Uruguay, Bolivia, Guatemala, Panamá y El Salvador. Es cierto que las encuestas ponen en cuestión la continuidad del progresismo del boliviano Morales y del Frente Amplio uruguayo, pero en Argentina el derechista Macri tampoco tiene asegurada la reelección, pues la kirchnerista Fernández asciende mesiánicamente en las encuestas, como salvadora ante la enésima crisis económica del país. ¿El péndulo volverá a moverse?

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