Justin Trudeau, el político que siempre sigue adelante

Perfil
El País, 06.10.2017
Jan Martínez Ahrens
  • El primer ministro de Canadá, se erige como la antítesis de Donald Trump en todos los terrenos

COSTHANZO

Justin Trudeau nació para ganar. A sus 45 años, el hijo del legendario primer ministro Pierre Trudeau ha hecho de la perfección una catapulta. Querido por las masas, dueño de una mente privilegiada, enérgico, culto y seductor, el jefe del Gobierno canadiense irradia una luz visible desde cualquier punto del planeta. Un aura que le ha convertido en la antítesis de Donald Trump.

Si el presidente de Estados Unidos resulta excesivo, inculto y fieramente incorrecto, Trudeau parece flotar en un nirvana de transparencia y civilidad. Un algodonoso universo donde la perspectiva progresista se cumple a rajatabla. Defiende el matrimonio homosexual, es genuinamente feminista, ama la diversidad lingüística, apoya la legalización de la marihuana, acepta por miles a los refugiados sirios…

Su perfección resulta a veces agotadora y posiblemente oculte puntos de quiebra. Pero si existen, nadie ha dado con ellos. Después de dos años de gobierno, Trudeau sigue siendo el espejo de una forma limpia de hacer política. Un hombre respetado, que ha tenido una intensa vida que él mismo ha contado al mundo en un libro que ahora se publica en España bajo el título de Todo aquello que nos une (editorial Deusto). Son 266 páginas —escritas antes de su victoria de 2015— en las que nos acerca tanto al trastorno bipolar de su madre como al divorcio de sus padres, a su trabajo de portero de discoteca e incluso al vibrante flechazo y boda con la presentadora de televisión Sophie Grégoire. Momentos fundamentales de su existencia. Detonaciones que aún reverberan en él y que describe con la llaneza propia de alguien acostumbrado a rendir cuentas.

Nacido en 1971, cuando su padre era primer ministro por el Partido Liberal, Justin creció en el 24 de Sussex Drive, en Ottawa. En la residencia oficial, una mansión de piedra gris, vio desfilar a lo largo de 13 años casi ininterrumpidos a los grandes del planeta. Ronald Reagan declamándole un poema vaquero, Lady Di correteando por la puerta de atrás. Margaret Thatcher, Helmut ­Schmidt, Olof Palme… Desde los albores, el poder y sus personajes formaron parte de su osamenta educativa, aunque ninguno tanto como su padre, la figura que todo lo ata. “El ancla de mi infancia”, dice el autor.

Francófono, católico y liberal, Pierre Trudeau dio a sus tres hijos una educación privilegiada. Eran su pasión. Para atenderlos, celebraba los almuerzos ministeriales en casa. Los domingos se los llevaba a la montaña para que reverenciaran la inmensidad de Canadá. Quería que fueran los mejores.

Se esperaba de nosotros que supiéramos historia, teología católica y la base de la filosofía tan bien como sabíamos hacer un giro en paralelo sobre los esquís“.

Las exigencias paternas tuvieron su contrapeso en la madre. Margaret Joan Sinclair, 30 años menor que su marido, vivía en otro mundo. Desinhi­bida, adelantada a su tiempo y mucho más liberal que el padre, para ella la residencia oficial no era un espacio de perfeccionamiento, sino “la joya de la corona del sistema penitenciario canadiense”. El choque no tardó en llegar.

“Recuerdo los malos momentos como una sucesión de instantáneas dolorosas; yo entrando en la biblioteca y encontrarme a mi madre llorando; oírla hablar de marcharse mientras mi padre permanecía de pie frente a ella, rígido y pálido. Yo descubriendo que mi madre ya no se refería al 24 Sussex como su casa. Yo leyendo titulares de periódicos sobre la separación de mis padres”.

La ruptura en 1977 supuso un estallido nacional y doméstico. El padre se volvió más circunspecto; obtuvo la custodia, se centró en sus tres hijos. La madre inició una huida hacia adelante que la lanzó a las revistas del corazón, los brazos de grandes estrellas y las fiestas báquicas del Studio 54. Todo ocurrió en su infancia, pero ningún reproche sale por boca de Trudeau. Ni siquiera cuando le hicieron mobbing en la escuela con fotografías de su madre publicadas en una revista para adultos.

Es una constante. En la descripción de su vida no hay rencor hacia nadie. Como mucho, distancia. Se ríe de sí mismo, del adolescente con acné severo, encorvado e inseguro. O de su trabajo de juventud como portero de la discoteca Rogue Wolf.

De todos los tíos que trabajaban en la puerta del Rogue Wolf, yo era el más pequeño (…), pero solía ser el primero a quien se llamaba para resolver los marrones. Lo hacían porque solía conseguir buenos resultados. Descubrí que el secreto es ser diplomático, no dejarse intimidar. Mi sensatez era mi mayor activo”.

Las anécdotas perlan la autobiografía. Y Trudeau, licenciado en Literatura Inglesa y Pedagogía, constantemente busca elevarlas. Puede ser un viaje iniciático a África o un cruce de miradas con un anciano en Daca (Bangladés). Para el primer ministro toda acción tiene un sentido. Es una lección política. Sea un fracaso o una victoria.

En 1995 Canadá se acercó al abismo. Por solo 54.288 papeletas se escapó de la ruptura en el referéndum por la independencia de Quebec.

Cuánto hubiera cambiado nuestro país si solo 27.145 votantes a favor del no hubieran decidido apoyar a los separatistas. Es probable que no existiera Canadá. ¿Y qué mensaje habríamos ofrecido al mundo? Si incluso un país tan respetuoso con las diversidades hubiera fracasado a la hora de reconciliar sus diferencias, ¿qué esperanza habría tenido el resto del mundo de entenderse? Es una cuestión que me impulsa a seguir adelante”.

Seguir adelante. Esa es la consigna de Trudeau. Quintaesencia del progresismo, lector contumaz, orador brillante y convencido de sí mismo. Así es el hombre que hace pequeño a Trump.

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