La persecución religiosa en Chile

Columna
Semanario El País Digital, 20.01.2020
Enrique Subercaseaux, ex diplomático y director Fundación Voz Nacional

Se persigue, ya sea porque se ejerce violencia directa (terrorista) contra templos, ceremonias, oficios o personas, o ya sea porque se busca legislar en contra de alguna forma de enseñanza o expresión publica de la religión. Pero también se persigue cuando la Autoridad, en el ejercicio de sus facultades legales, se inhibe de proteger un grupo determinado de la sociedad.

Es lo que pasa en el Chile de hoy. En un Chile desencajado por el trastoque de todo valor fundamental.  Y en donde el “nuevo hombre” se cree superior a todo ordenamiento primigenio. Mas allá del bien y del mal, como diría Nietzsche. Solo con acelerador. Sin freno alguno.

Desde luego que, dadas así las cosas, el resultado no puede ser positivo. Ni para la convivencia social, ni para el crecimiento y evolución de la misma, ni para nada.  Ya sabemos en lo que terminan estas utopías magnificas, en las cuales el hombre olvida su clara, e ínfima posición en el universo de las cosas.

Resta, entonces, buscar una explicación plausible por esta insistencia en una supremacía que, a la vez de fatua, es obviamente irreal.  Que el progresismo adopte esta posición de “pseudo ateísmo”, (digo así porque el verdadero y químicamente puro ateísmo no existe, ya que toda persona teme a algo, y por lo tanto ese temor desborda su individualidad) no debe extrañar a nadie. Pero que el gobierno en ejercicio se niegue a defender derechos fundamentales y tradicionales, es una cosa distinta. Y novedosa.

La razón es muy sencilla: se ha buscado trasladar la supremacía del Estado a su estructura, y no a la de las personas. Y dentro de la misma, la osatura central y articuladora son los partidos políticos.

A lo largo de la historia se ha buscado equiparar religión y política. Por el hecho de moverse ambas en la esfera de lo subconsciente.  Pero, evidentemente, hay una diferencia fundamental entre una y otra. Mientras la primera busca en la espiritualidad dotar de un sentido y ordenamiento a la vida, la otra busca dominar en los aspectos terrenales mas mundanos, y dirigir (uso la palabra con toda intención) las decisiones mas intimas del individuo: aquellas que tienen relación directa con su libertad: libertad de vivir, de pensar, de educarse, de socializar, etc.

Es que la batalla de los votos es cruenta. Feroz. Son los votos los que mandan. No la participación, sea esta  activa o no. No la calidad de las ideas. No la dualidad entre verdad y mentira. Entre bien y mal.  La izquierda así lo ha entendido. Concentrándose desde 1990 en la búsqueda de votos reformulando su discurso, y buscando otras alternativas para su discurso radical y anacrónico.  Así y todo, el retorno “terrenal” de los votos es cada vez menor.  Existe un descontento creciente con lo políticamente correcto, y con el desacople entre “promesas electorales” y “resultados netos”.

De allí que a la clase política le interese abrir un frente con la religión. Unos como un choque, o acoso, directo. Otros como una manera solapada de deshacerse de un rival más trascendente.

Al final, y así nos indica la abundante evidencia, nuestra política (la de Chile) vende humo.  Es decir, ideas y acciones que no son verdaderamente mensurables.  Los unos, renuncian gradualmente a los principios para complacer a la oposición y “comprar” tranquilidad.  Los otros buscan hacerse con el poder a toda costa, usando cada inflexión retorica disponible para manipular unos números que simplemente no dan.  Es menester entonces, despejar el tablero.  En especial de ideologías o creencias que dan herramientas para que el hombre, usando su libertad, llegue a sus propias certidumbres. A su propia verdad.

Y, tal parece, la verdad es algo que ahuyenta a la clase política. La que nos ha llevado a la actual crisis, aun sin horizonte de solución, después de más de 3 meses. Y la mas grave de mucho tiempo.

La persecución a la religión en Chile se sintetiza en la lucha entre la verdad y la mentira.  Quienes detentan el poder no están interesados en que las personas puedan discernir.  No quieren contrastar hechos con verdades. Quieren robarles a los hombres su libertad, para seguir manipulándolos cuales títeres desvencijados.

Esta es la gran disyuntiva, y este es el tablero en el cual se esta jugando este gran partido.

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