Las raíces fascistas del peronismo

Columna
El Líbero, 15.05.2019
Mauricio Rojas, director de la Cátedra Adam Smith (UDD) y académico (FPP)

Argentina fue la cuna de este movimiento polifacético y al parecer indestructible y todo indica que durante este año de elecciones volverá a ser una fuerza decisiva en la vida política del país trasandino. Por ello es bueno conocer algo de su génesis y de su ADN político caracterizado por una ambición de poder sin límites.

Pocos líderes han marcado tanto el destino no solo de un país, sino de toda una región, como Juan Domingo Perón. Arquetipo del populismo y figura camaleónica, a su larga sombra se han multiplicado los seguidores más variopintos: desde Carlos Menem a los esposos Kirchner y Hugo Chávez. Su trayectoria política es fascinante y, a su vez, ilustrativa del poder de las ideas autoritarias y colectivistas, así como sobre la atracción y la destructividad de los caudillos mesiánicos.

Argentina fue la cuna de este movimiento polifacético y al parecer indestructible que se llama peronismo y todo indica que durante este año de elecciones volverá a ser una fuerza decisiva en la vida política del país trasandino. Por ello es bueno conocer algo de su génesis y de su ADN político caracterizado por una ambición de poder sin límites.

 

El discípulo de Mussolini

La historia del peronismo está ligada indisolublemente al golpe de Estado de junio de 1943 que destituyó al Presidente Ramón Castillo, quien naufragó en medio de una total “atonía política”, como diría el destacado historiador argentino Tulio Halperin Donghi.

Argentina estaba por entonces dominada por las grandes tensiones y las difíciles opciones a las que había dado lugar la Segunda Guerra Mundial. El viejo conflicto comercial con los Estados Unidos –ya ampliamente profundizado en la década de 1930– había ahora ascendido al nivel de un enfrentamiento generalizado, con vastas repercusiones para el equilibrio del poder en Sudamérica entre Argentina y Brasil. Argentina optó por una provocativa política de neutralidad y no cabían dudas acerca de las simpatías para con el Eje tanto de una buena parte del público en general como entre los militares golpistas, ya que la administración de Castillo adhería, en varios aspectos, a una política probritánica de facto expresada, entre otras cosas, en la venta a crédito de grandes cantidades de carne a Gran Bretaña.

Después de Pearl Harbor y el ingreso de los Estados Unidos en la guerra, la situación se tornó aún más seria. En la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, en enero de 1942, la Argentina saboteó los esfuerzos de los Estados Unidos por crear un frente panamericano concertado contra las potencias del Eje. El país norteamericano respondió con un bloqueo total de entregas de armas a Argentina, más sanciones económicas. Mientras tanto, Brasil surgió como el principal aliado de los Estados Unidos en la región y recibió un generoso apoyo estadounidense, tanto militar como económico. En 1942 la Argentina era asediada por rumores de una inminente invasión brasileña y la intervención directa de los Estados Unidos en varios puntos estratégicos de la nación.

Tal era el estado de cosas cuando quedó en claro que Castillo había elegido como sucesor a Robustiano Patrón Costas, un empresario y político salteño con fuertes simpatías hacia los Aliados (oficialmente era un candidato presidencial, pero las elecciones de aquellos tiempos eran, en regla, ganadas por el candidato del Presidente de turno). Ello desencadenó la intervención de los militares “neutralistas”, es decir, predominantemente germanófilos, el 4 de junio de 1943, que después de tres días instalaron al general Pedro P. Ramírez en el Palacio Presidencial.

Las figuras clave del golpe del 4 de junio de 1943 incluían al coronel Perón y un grupo secreto de oficiales (coroneles y tenientes coroneles en su mayoría) que se conocerían con el acrónimo de GOU (según se presume, la sigla de Grupo de Oficiales Unidos). Se trataba de oficiales favorables al Eje, que simpatizaban no solo con los esfuerzos bélicos de Alemania e Italia sino también con el modelo social que Hitler y Mussolini habían introducido en esos países (la España de Franco era otra fuente de inspiración). Esos oficiales formaban parte de una tradición de nacionalismo, desprecio hacia la democracia y pro germanismo enquistada desde ya hacía tiempo en el Ejército Argentino (su Academia Militar había sido formada por una delegación militar alemana y aún contaba con profesores alemanes cuando Perón estudió allí, en la primera mitad de la década de 1910).

Esto ya se había expresado con claridad en la década de los 20 y en el golpe del general Uriburu contra el Presidente radical Hipólito Yrigoyen en 1930, en el cual el capitán Perón tuvo una parte muy activa, inaugurando así su rápida carrera durante la década de 1930. El momento políticamente decisivo de la vida de Perón fue, sin embargo, el tiempo que pasó en Italia (en parte como agregado militar), país al que llegó en junio de 1939 y donde permaneció por un lapso de veinte meses. Conoció allí de cerca la experiencia fascista en un momento de gran exaltación, y allí vivió también el estallido de la guerra, el avance imparable de los ejércitos alemanes y la entrada de Italia en la contienda, estando presente cuando Mussolini lo anunció desde los balcones del Palazzo Venezia. La figura del Duce lo impactó profundamente y no pudo dejar de advertir, como dice Joan Benavent en su libro Perón. Luz y sombras (1893-1946), que:

“La popularidad de Mussolini se basaba en su difundido origen plebeyo y en un olfato político que lo orientaba a tutelar a las clases bajas […] En materia social, Perón advirtió que los patrones se beneficiaban con el régimen, pero estaban obligados a respetar la intervención del Estado a la hora de zanjar disputas con los asalariados […] (se reforzó así) un régimen ya popular, merced a concesiones asistenciales y garantistas   importantes. La ‘Carta del Lavoro’, por ejemplo, aseguraba el límite de ocho horas, la paga mínima y la estabilidad laboral, además del subsidio a la seguridad social y la jubilación. […] Tampoco caben dudas acerca de su encandilamiento con el fenómeno de masas y […] el vínculo irracional de éstas con el jefe supremo, en medio de escenarios cargados de rituales, ceremonias, cánticos, el entusiasmo desbordante de los partidarios y la oratoria encendida como mensaje final del mesías de la nación”.

En buenas cuentas, Perón había encontrado su futuro: una imagen, un estilo y un verdadero catálogo de acciones que pondría sistemáticamente en marcha cuando se le presentó la oportunidad. Pero ello no hace de Perón un fascista convencido. Perón no era ni nunca sería un ideólogo ni un creyente en una fe determinada. Su actitud fue siempre profundamente pragmática y oportunista, tomando ya sea lo uno ya sea lo otro, juntando fuerzas y voluntades contradictorias, siendo “de derechas” o “de izquierdas” según la ocasión y en la medida en que le sirviese para su propósito fundamental: edificar su grandeza personal y la grandeza de la nación argentina, cosas que en su perspectiva eran perfectamente coincidentes. Esto hará de su movimiento algo muy distinto de un movimiento ideológico, algo más cercano a un “cajón de sastre” político que a un movimiento doctrinario. Por ello mismo, tanto Perón como sus seguidores mostrarán tal capacidad de adaptación y sobrevivencia. El peronismo es, si se quiere, un fascismo pasado por el filtro de la viveza criolla lo que, por supuesto, da un resultado confuso y polimórfico, en el que solo resaltan nítidamente la voluntad de poder, el personalismo y la movilización popular clientelista.

Para lograr el propósito de Perón, se requería de un fuerte liderato que lograse incorporar a los sectores genuinamente populares, las clases trabajadoras y “los humildes”, a la nación y a su sistema político. El camino para ello no era, y esta es una de las grandes lecciones que Perón aprendió del fascismo europeo, la democracia liberal, sino el poder magnético e indiscutido del caudillo sobre la masa y la creación de un movimiento que uniese a la nación mediante su unión con su “conductor”, como Perón gustaría de llamarse en el futuro.

Este descubrimiento de la importancia fundamental de asentar la refundación de la nación en la movilización y organización de la clase obrera y los sectores populares constituyó la gran innovación de Perón respecto de los sectores nacionalistas y filofascistas que habían surgido en la Argentina desde los años 20. Su sesgo aristocratizante fue ahora reemplazado por un fuerte sesgo plebeyo, enraizado en la historia familiar misma de Perón, en su bastardía y su mestizaje de “todas las sangres” que conforman la Argentina, y reforzado radicalmente por la figura deslumbrante de Eva Perón.

Por cierto que Perón tomó muchas otras ideas del fascismo italiano, entre ellas las que se referían a la sociedad corporativa –“la comunidad organizada”, como la llamaría en el futuro–, basada en la cooperación, controlada y organizada por el Estado, entre los diferentes grupos e intereses de la sociedad. Lo mismo sucedió con la idea de un desarrollo económico orientado hacia la autosuficiencia o autarquía, tan típica de los totalitarismos del momento. Sin embargo, lo fundamental fue lo que se refería a los métodos para ganarse a las clases trabajadoras y formar un movimiento de masas dinamizado por un fuerte culto al líder. Todo el resto era, y siempre lo sería, secundario.

 

La conquista de la clase obrera

La claridad de propósito de Perón a este respecto se hizo ya evidente en octubre de 1943, cuando al puesto de subsecretario del Ministerio de Guerra el coronel agregó la dirección del Departamento Nacional del Trabajo, que rápidamente transformó en la cada vez más poderosa Secretaría del Trabajo y Bienestar Social. Sin demora comenzó a hacer contactos con los líderes de los grandes sindicatos e intervino de manera sistemática en las disputas laborales a favor de los obreros. Ya en diciembre del mismo año, gracias a la promoción de generosos aumentos salariales, Perón se había ganado el apoyo del sindicato más importante de la Argentina, la Unión Ferroviaria, cuyos integrantes lo proclamaron solemnemente “Primer Trabajador Argentino”.

El conflicto en escalada con los Estados Unidos –que, tras enterarse de un secreto intento argentino de comprar armas a Alemania, amenazó con un boicot comercial total a la Argentina a menos que ésta rompiera relaciones con la nación germana– llevó, en enero y febrero de 1944, a una intensa lucha interna entre los militares. En febrero de 1944 el general Ramírez fue depuesto por los militares germanófilos poco después de haber anunciado que la Argentina aceptaría el ultimátum de los Estados Unidos. El Vicepresidente y ministro de Guerra, general Edelmiro Farrell –superior inmediato de Perón– se hizo cargo de la Presidencia. Pero fue Perón quien se convirtió en el hombre fuerte del país, con lo que obtuvo cargos tales como Vicepresidente, ministro de Guerra, titular de la Secretaría del Trabajo y Bienestar Social y presidente del Consejo de Planeamiento de Posguerra.

Al poco tiempo se harían frecuentes las procesiones al estilo fascista con antorchas en las calles de Buenos Aires y la retórica nacionalista celebraría nuevos triunfos. Fiel a su origen, la flamante administración golpista diseñó de inmediato grandes planes para la expansión del ejército. El número de oficiales y reclutas aumentó de manera drástica, y la porción del presupuesto nacional destinado a las Fuerzas Armadas aumentó de 17% en 1943 a 43% dos años después. Aún más trascendental para el futuro fue la orientación hacia un desarrollo económico acelerado y cada vez más autárquico que caracterizó al nuevo régimen militar. Grandes inversiones en infraestructura, industrias básicas y extracción de materias primas (principalmente minerales y petróleo) fueron acompañadas por importantes incentivos y una renovada protección aduanera para la industria local existente. Las barreras arancelarias a los artículos industriales de consumo aumentaron más que nunca y, además, se introdujeron cuotas de importación restrictivas. Al mismo tiempo, se creó el Banco Industrial para facilitar la financiación de la expansión industrial.

Durante estos años Perón pudo dedicarse de manera más intensa a ganarse el favor de la clase obrera. Empleó una hábil combinación de premio y castigo: los líderes sindicales dóciles podían confiar en el fuerte apoyo del papel conciliatorio del Estado –la Secretaría del Trabajo, cuyas propuestas de conciliación eran obligatorias, solo negociaba con los sindicatos que reconocía–, mientras que los líderes que no estaban dispuestos a someterse al nuevo trato de Perón serían combatidos por todos los medios que se hallaban a su alcance. Ello benefició a la agrupación sindical más complaciente, la Confederación General del Trabajo (CGT), que pronto desplazaría del camino a otras organizaciones más independientes. Hacia 1945 la cantidad de sindicatos afiliados a la CGT sumaba casi el triple que en 1941. Así fue como se creó el peronismo, la futura fuerza política decisiva del país.

Además, Perón impulsó un diluvio de decretos que implicaban grandes beneficios para los trabajadores, en forma de aumentos salariales, vacaciones, pensiones, seguro de riesgo de trabajo y medidas semejantes. Todo esto, por supuesto, inspiró una oposición generalizada a Perón entre los empleadores y otros círculos conservadores: la Unión Industrial Argentina se distanció de él ya hacia fines de 1944, cuando se publicó un decreto que obligaba a los empleadores a pagar un salario extra o aguinaldo a fin de año.

 

Camino al poder

El final de la guerra, las esperanzas de tiempos mejores y la expectativa de salir triunfantes gracias al apoyo proveniente del Gobierno, llevaron a un sensible aumento de las disputas laborales, que en 1945 se habían multiplicado –en términos de días de trabajo perdidos en huelgas– más de doce veces en relación con 1944. La tensión comenzó a aumentar en junio de 1945, cuando la oposición al régimen militar –que se autodenominaba las Fuerzas Vivas– se movilizó contra la política de Perón, al tiempo que los sindicatos se movilizaron en su defensa. El embajador estadounidense, Spruille Braden, también tomó parte en el pleito contra Perón y el Gobierno que ejercía el poder. Se organizaron importantes manifestaciones contra el Gobierno el 9 de septiembre y el 24 del mismo mes tuvo lugar el primer intento de golpe contra los militares gobernantes. La guerra civil se sentía en el aire y el general Farrell empezó a darse cuenta de que la hora de la derrota estaba cerca. Al intensificarse la presión, Perón, el controvertido Vicepresidente, fue obligado a renunciar el 9 de octubre y el 12 del mismo mes fue arrestado.

Muchos creyeron entonces que la partida había terminado en lo que se refería a Perón, pero los que así pensaron no habían entendido nada de lo que había acontecido durante los dos años anteriores. El coronel no era ya simplemente un oficial del ejército, sino además el principal líder de los obreros de la Argentina: había nacido el peronismo. Los líderes sindicales –en especial Cipriano Reyes, que encabezaba a los obreros de la industria de la carne– y jóvenes oficiales leales a Perón comenzaron, con cierta ayuda de Eva Duarte (Perón la había conocido en enero de 1944 y se casaría con ella al poco tiempo), a movilizar la resistencia. El momento de la verdad llegó el 17 de octubre. Gran parte de la población obrera de Buenos Aires se volcó a las calles en masa, llenando la Plaza de Mayo frente a la Casa de Gobierno y exigiendo la liberación de Perón.

Algo del espíritu de este día crucial en la historia de la Argentina puede captarse con la ayuda de algunos párrafos de la biografía de Perón escrita por Joseph Page:

“Los acontecimientos se iniciaron por la mañana temprano en los sucios suburbios que unen La Plata y Buenos Aires. En Berisso y Ensenada, los seguidores de Cipriano Reyes se pusieron nuevamente en marcha, cantando: “Queremos a Perón”, con sus mujeres y niños marchando   junto a ellos. En Avellaneda y Lanús, más cerca de Buenos Aires, los trabajadores metalúrgicos también salieron a las calles. Fábricas y talleres cerraron o no abrieron. Los ferroviarios declararon la huelga y cortaron el tránsito en las vías de entrada y salida de la Capital Federal […]. En el centro de Buenos Aires, porteños bien vestidos parados en las aceras contemplaban sorprendidos la invasión. Obreros de pelo negro y piel morena, de mamelucos u otro tipo de vestimenta de trabajo […]. Llevaban banderas y carteles improvisados, algunos con la foto de Perón pegada. Cantaban canciones populares con nuevas letras compuestas para la ocasión. Cantaban para su coronel. Y, a pesar de que era un día de primavera caluroso y muy húmedo y hacia el mediodía cayeron algunos goterones desde el cielo nublado, siguieron llegando”.

El general Farrell aprovechó la oportunidad para retomar el control de la situación. Perón fue instantáneamente liberado y así pudo, triunfante, desde el balcón de la Casa Rosada, dirigirse a la jubilosa multitud, estimada en unas 300 mil personas, reunida en la Plaza de Mayo. Fue la victoria de los pobres de la Argentina, de los “descamisados” y los “cabecitas negras”, que ahora se habían convertido en una fuerza que debía tenerse en cuenta en la historia del país. Fue también el inicio de un ritual que en los años venideros se repetiría hasta la saciedad: la gran misa peronista, el encuentro plebiscitario entre el conductor y los suyos, ese extraño diálogo multitudinario que se inició aquella noche del 17 de octubre y que Alicia Dujovne describe así en su biografía de Eva Perón:

“A las once de la noche apareció en el balcón de la Casa Rosada. Lo recibió un aullido de pasión […]. Por fin, después de una eternidad se le oye decir: ‘¡Trabajadores!’ La multitud aúlla. Intenta continuar pero la multitud lo interrumpe. ‘¿Dónde estuvo?’ Él no desea contestar, la multitud insiste: ‘¿Dónde estuvo? ¿Adónde lo llevaron?’ Vuelve a eludir el tema y habla del pueblo. La multitud exclama como un eco: ‘Sí, el pueblo está aquí, el pueblo somos nosotros’. No es que la multitud no quiera escucharlo. Todo lo ha hecho para llegar a este momento  […]. Y ahora puede hablar, dialogar con Perón, su padre, su hijo, su enamorado, todo a la vez. Lo que importa es el diálogo, y es ésa la originalidad del ritual que están inaugurando”.

Unos días después, Farrell anunció que en febrero de 1946 se realizaría una elección presidencial. Perón era el candidato obvio en una contienda que, gracias a las interferencias del embajador estadounidense, podía presentarse como una votación entre los Estados Unidos y la Argentina. Como lo dijese Perón en el discurso de lanzamiento de su candidatura del 12 de febrero de 1946:

 “En consecuencia, sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con ese acto entregan,   sencillamente, su voto al señor Braden. La disyuntiva, en esta hora trascendental, es ésta: o Braden o Perón. Por eso, glosando la inmortal   frase de Roque Sáenz Peña, digo: sepa el pueblo votar”.

El resultado fue inequívoco: con el 54% de los votos Perón –en una elección sin fraude– derrotó al candidato de toda la oposición unida. La Argentina estaba en los brazos del coronel.

 

En el poder

El gobierno de Perón se caracterizó por varios intentos de construir una sociedad corporativa de rasgos fascistas. El control sobre los sindicatos, vital en esta cuestión, se llevó a cabo con esa mezcla de recompensas y castigos que Perón ya había utilizado con tanta habilidad en ocasiones anteriores. Los líderes obstinados fueron duramente perseguidos, mientras que aquellos que supieron acomodarse fueron generosamente recompensados haciendo pasar por sus manos importantes mecanismos redistributivos de una manera característica de los sistemas clientelistas.

Eva Perón desempeñó un papel clave en este asunto, controlando de hecho a la poderosa CGT. Este fue un proceso paralelo a la formación de un nuevo partido político (conocido, desde diciembre de 1947 en adelante, como Partido Peronista), que se distinguió por sobre todas las cosas por su lealtad hacia Perón –que ahora era llamado “el líder” o “el conductor”, como él prefería que lo llamaran– y Evita (más tarde elevada por el Senado argentino a la “dignidad” tan reveladora de “Jefa Espiritual de la Nación”).

Esto se alcanzó, también, por medio de una purga sistemática de los adherentes menos obedientes, así como por un creciente y cada vez más grotesco culto a la personalidad y una estricta verticalidad en el mando, que alcanzó su punto culminante al dársele a Perón, mediante el artículo 16 del Estatuto Orgánico del Partido Peronista, plenos poderes para cambiar las políticas del partido y reemplazar a sus líderes a su antojo, replicando así el principio nazi de la autoridad absoluta del conductor o Führer, el famoso Führerprinzip. La sumisión absoluta al líder fue bien resumida por el presidente del Partido Peronista, contralmirante Alberto Teissaire, en noviembre de 1954: “Ningún peronista entra a analizar las situaciones: basta que el general Perón quiera una cosa, para que todos estemos dispuestos a cumplirla”.

Al mismo tiempo, se puso en movimiento la peronización del Estado, las universidades y los medios de comunicación. Miles de profesores universitarios fueron despedidos, la corte suprema perdió su autonomía y políticos prominentes de la oposición, como Ricardo Balbín, líder del Partido Radical, fueron encarcelados. Las grandes victorias electorales de 1948 y 1951 –cuando Perón resultó reelecto con el 64% de los votos en la primera elección con sufragio femenino– redujeron la presencia institucional de la oposición política a un nivel casi nulo. En 1949 se adoptó una nueva Constitución y la doctrina social de Perón (el justicialismo) se convirtió en la base ideológica de la nación. El Estado argentino se proclamaba así como un “Estado ideológico” o, para usar el concepto de los teóricos del nazismo, un “Estado de una visión del mundo” (Weltanschauungsstaat).

A comienzos de la década de 1950, Perón intensificó sus esfuerzos por expandir el corporativismo estatal y establecer definitivamente “la comunidad organizada” mediante el ordenamiento de otros sectores de la sociedad, además de los trabajadores, en asociaciones controladas por el Estado. Ya se había formado una organización de este tipo para los empleadores en 1951 y más adelante se crearon otras similares para los empleados del sector público, los estudiantes universitarios, los profesionales autónomos e incluso para los estudiantes de la escuela secundaria. Sin embargo, tales organizaciones nunca lograron la presencia social ni la fuerza del movimiento sindical peronista. Sin duda que en esta deriva autoritaria y corporativista se puede ver, como escribe Halperin Donghi, “la construcción de un aparato político que al alcanzar su madurez hubiera debido repetir con notable fidelidad las grandes líneas de los totalitarismos europeos”. Afortunadamente, esto no llegó a pasar.

De modo paralelo a la “peronización” del Estado y al creciente corporativismo de su estructura, aumentaron tanto el poder y la amplitud de sus funciones como su personal. Según los datos de la CEPAL, el gasto público consolidado creció vertiginosamente en 1947-48, pasando del 25% del PIB en 1946 al 42% en 1948. El déficit público creció también de manera exponencial: del 6,4% del PIB en 1946 al 17,9% en 1948. El país se volvió cada vez más regulado y el control del aparato estatal más los sindicatos, que controlaban buena parte del sistema de seguridad social (conocido como “obras sociales”), generó grandes oportunidades de empleo y el acceso a otras prebendas para los adherentes a Perón.

De esta forma, el Estado –que comprendía tanto la administración nacional como las provinciales y las empresas públicas– se convirtió en el agente más importante de la economía nacional, fácilmente explotable por individuos ávidos por hacer carrera y gozar de privilegios. De acuerdo a los datos de Carlos Díaz Alejandro en sus notables Ensayos sobre la historia económica de la República Argentina, hacia 1954 el número de empleados del sector público llegaba a 725 mil, en comparación con un promedio de 370 mil entre 1940 y 1944. Esto impulsó un desarrollo que acentuaría dos de los problemas más severos de la Argentina: la creciente corrupción política y la lucha por los privilegios.

 

Evita

El caudillismo populista y clientelista se manifestó no solo dentro del radio de acción Estado y los sindicatos, sino que tuvo una de sus expresiones más peculiares en el accionar de ese “cometa desbordado por la energía y el resentimiento”, como el escritor argentino Marcos Aguinis ha llamado a Eva Perón.

A través de la fundación que llevaba su nombre puso en acción su incansable voluntad de ayudar a “los humildes”, a su manera eso sí: personalista y errática, y siempre al servicio de su causa, es decir, del engrandecimiento de la figura de Perón y, de paso, de la suya propia: “Cada regalo venía acompañado por emblemas partidarios y la foto de la pareja gobernante. No lo daba el Estado ni el Gobierno: lo daban Perón y Evita”, comenta Aguinis en El atroz encanto de ser argentinos.

Esta fue la versión caudillista del Estado benefactor, acompañada del infinito amor de la joven “Dama de la Esperanza”, lo que lo hacía cercano y entrañable, como deben ser los caudillos para recabar la devoción total de los suyos.

Los rasgos del accionar de la Fundación Eva Perón resumen mucho de la esencia doble del fenómeno peronista, con su progresismo arcaico, su modernismo primitivo y su caudillismo adecuado a la nueva sociedad de masas. Así lo resume Halperin Donghi en La democracia de masas (tomo 7 de la Historia Argentina):

“En la Fundación iban a coexistir, de manera característica en la Argentina peronista, una arbitrariedad de sabor arcaico, que dejaba caer las gracias desde lo alto a una multitud edificada y agradecida, y tendencias a la modernización […]: junto con mucha obra inútil y mucho derroche suntuoso, que llevó a la Fundación a parecer en algún momento el instrumento de una forma colectiva y algo delirante de consumo conspicuo, a esta vasta obra social se deben algunos hospitales de organización inesperadamente eficiente, y las primeras tentativas de introducir entre los problemas dignos de atención pública el de la difícil adaptación de los inmigrantes internos al nuevo entorno urbano. Arcaísmo y modernidad eran puestos –y muy abiertamente– al servicio de una finalidad política; la Fundación era el lazo de unión entre el gobierno y esos sectores genéricamente populares que el peronismo llamó los humildes”.

En el financiamiento de la Fundación coexistieron las donaciones públicas y privadas, con algunos casos claros de compra de favores e incluso de extorsión política. Sin embargo, tal como dice Martín Stawski en su estudio sobre la Fundación, se puede constatar que “las obras realizadas fueron financiadas casi en su totalidad por aportes obreros”. En todo caso, lo decisivo y característico de esta institución tan influyente y poderosa era el poder omnímodo, así como el uso absolutamente discrecional de los medios de la Fundación por parte de Eva Perón. Así, el artículo 7 de sus estatutos establecía lo siguiente:

“La administración corresponde única y exclusivamente a su fundadora, Doña María Eva Duarte de Perón, quien la ejercerá con carácter vitalicio y gozará de las más amplias atribuciones que las leyes y el Estado conceden a las personas jurídicas. […] la fundadora podrá, cuando estime conveniente y a solo arbitrio, designar Consejos, delegaciones y mandatarios generales y especiales”.

Este poder omnímodo de Eva Perón no era, en realidad, más que una reproducción de la situación de todo un país sometido a una sola voluntad: la de Perón.

 

La caída

Desde 1952 en adelante los opositores de siempre comenzaron a juntar fuerza y a ellos se unieron nuevos y aún más poderosos opositores, en particular en el seno de la iglesia católica y crecientes sectores del ejército. El estilo de gobierno autoritario y cada vez más caprichoso de Perón no podía dejar de provocar a gran cantidad de personas. Sumado a ello, Eva Perón murió de cáncer en 1952, a los 33 años de edad. Con ella Perón perdió un valioso apoyo personal y a una agitadora popular de primera clase. En 1953 irrumpió la violencia y tanto las sedes de los partidos de la oposición como el venerable Jockey Club fueron devastados. En 1954 el país se vio sacudido por una súbita ola de huelgas y a mediados de 1955 se hallaba al borde de la guerra civil.

En el invierno de 1955 se multiplicaron las manifestaciones callejeras a favor y en contra de Perón, y los choques violentos se hicieron cada vez más comunes. El 11 de junio, cientos de miles de opositores a Perón se reunieron en la fiesta del Corpus Christi para realizar una marcha silenciosa bajo la bandera papal. Unos días después, una gran multitud de seguidores de Perón realizó una contramanifestación que terminó con centenares de personas muertas al ser bombardeada la muchedumbre por aviones de la Fuerza Aérea. A continuación, los peronistas lanzaron violentos ataques contra sus opositores, en el transcurso de los cuales se incendiaron muchas iglesias.

Tras una sucesión de incidentes de violencia, el 31 de agosto –el mismo día en que se reintrodujo el estado de emergencia– Perón pronunció el discurso más agresivo y fatídico de su vida, llamando a sus adherentes a tomar la ley en sus propias manos y prometiendo que morirían cinco opositores por cada peronista asesinado:

“Por eso, yo contesto a esta presencia popular con las mismas palabras del 45: a la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente. Y desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten. […] La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción  violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos. […] Que cada uno de ustedes recuerde que ahora la palabra es la lucha, se la vamos a hacer en todas partes y en todo lugar. Y también que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado”.

A partir de esta convocatoria fatal a la guerra civil, los opositores a Perón dentro de las Fuerzas Armadas no tardaron en urdir un levantamiento que, tras la amenaza de la Fuerza Aérea de bombardear la Casa Rosada, provocó su renuncia el 19 de septiembre de 1955. Perón se refugió a bordo de un barco de guerra paraguayo y quince días después voló a Asunción, la capital de Paraguay, donde comenzó un largo exilio que lo llevaría a residir en su admirada España de Franco entre enero de 1960 y su retorno definitivo a Argentina el 20 de junio de 1973.

Perón falleció el 1 de julio de 1974, pero el peronismo lo sobreviviría hasta nuestros días.

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