Merkel y la libertad de expresión

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La Tercera, 23.04.2016
Álvaro Vargas Llosa, historiador y columnista peruano, director del Centro Para la Prosperidad Global
(www.news.bitcoin.com)

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Con alguna frecuencia esta columna ha elogiado a Angela Merkel, la mejor líder de Occidente en los últimos años. Pero su decisión de inclinarse ante el Presidente turco para avalar una persecución judicial contra un periodista que se burló de él -y que ha provocado una tempestad de críticas- es un craso error moral y político.

Luego de que el comediante Jan Böhmermann leyera un poema satírico de grueso calibre en el canal ZDF, Recep Tayyip Erdogan, que tiene enjuiciados en casa a unos 2.000 críticos y cuyas acciones lo han convertido en un aspirante creíble a autócrata, presionó a Berlín para desempolvar una norma anticuada para que las propias autoridades germanas llevaran al insolente ante los tribunales. La norma -conocida como “sección 103” por su lugar en el código penal alemán- data de finales del imperio alemán, cuando en Europa era común tener leyes contra la “lesa majestad”, es decir la falta de respeto a los monarcas, y en ciertos casos, contra las ofensas a jefes de Estado extranjeros aunque no fuesen reyes.

Como el procedimiento contempla que la fiscalía acuse al crítico sólo con autorización del gobierno, la decisión estaba en manos de la Canciller alemana. Prevaleció en ella la razón de Estado -lo que Max Weber llamaba la ética de la responsabilidad-, que en este caso pretendía salvar un acuerdo con Ankara para que los turcos acepten el regreso de muchos solicitantes de asilo o refugiados a cambio de dinero y de que los ciudadanos de ese país puedan visitar Europa sin visa.

Este acuerdo fue a su vez la respuesta bajo presión a las consecuencias de una decisión valiente tomada por Merkel el año pasado: la de aceptar alrededor de un millón de solicitantes de asilo de Medio Oriente, principalmente sirios que habían huido de las atrocidades que les esperaban en su país si permanecían allí. Como algunos se han comportado de manera violenta o poco respetuosa con el país de acogida, el gesto de Merkel se volvió una crisis política, pues la opinión pública la culpó de haber abierto las puertas irresponsablemente a los forasteros. También le echaron en cara el efecto “llamada” sobre otros muchos que pugnan por entrar en Europa.

Así fue que surgió la decisión de sobornar a Turquía con dinero y la exención de visa para sus ciudadanos, a cambio de que Ankara aceptara la devolución de refugiados llegados desde allí y contuviese a otros muchos que también quieren dar el salto.

Erdogan era muy consciente de todo esto a la hora de poner a Merkel entre la espada y la pared. Tenía muy presente, asimismo, que hay muchos precedentes de casos en que los líderes europeos dieron su brazo a torcer bajo presión de gobiernos o entidades musulmanas ofendidas por artículos de opinión, caricaturas u obras culturales. No se equivocó, pues Merkel aceptó que el comediante fuese llevado a tribunales.

Es el peor mensaje que puede enviar la Europa civilizada -la de los valores de la democracia liberal- a los autócratas tanto gubernamentales como institucionales o individuales que pretenden imponer su ley a los demás. Es cierto que la Canciller alemana ha prometido eliminar esa ley anticuada y tonta que casi no se ha utilizado, y que muy probablemente no tendrá consecuencias legales graves para el comediante. Pero a la líder de la Unión Europea no hay ni siquiera que explicarle por qué una decisión como la suya es reprobable y contraproducente, y por qué la razón de Estado a veces es lo contrario de lo que parece. Lo sabe bien.

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