¿Puede hacer algo la ONU en Venezuela?

Columna
El Mercurio, 01.07.2019
José Rodríguez Elizondo, abogado (U. de Chile), profesor de RRII (U. de Chile), escritor y columnista

La catástrofe humanitaria venezolana es, simultáneamente, un conflicto político internacional. Más de medio centenar de países de estructura democrática reconocen como Presidente encargado a Juan Guaidó; en la OEA se desconoce la legitimidad democrática de Nicolás Maduro, y la ONU está interviniendo en el ámbito de los derechos humanos violados, que es su medida de lo posible.

¿Y por qué es esa su medida de lo posible?

Pues porque Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, apoyan a Maduro y se niegan a sancionarlo, quizás para mortificar a Donald Trump. Esto hace necesario evaluar hasta qué punto puede ser eficiente la intervención recortada de la organización mundial. Para ese efecto, deben despejarse dos interrogantes:

Primera: ¿Bastaría con que Maduro deje de violar la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Carta Democrática Interamericana para que el conflicto desaparezca?

La respuesta es simple y compleja: ahora es demasiado tarde, pues su gestión ya ha inducido una migración masiva —4 millones de venezolanos— que afecta a los países vecinos y a las economías de todos los países receptores. Y esto es así porque no existe una separación dicotómica entre la violación masiva y sistemática de los derechos humanos y las amenazas a la paz y seguridad internacionales.

Como contrapunto ilustrativo está el fin de la guerra interna en El Salvador, conseguida en 1991 gracias a la oportuna intervención del entonces secretario general Javier Pérez de Cuéllar, en ejercicio del “deber de injerencia” de la ONU. Ante tamaña realidad, la propia Michelle Bachelet, alta comisionada para los Derechos Humanos, declaró durante su reciente visita a Caracas “yo no hago magia”. Aún más, aconsejó apoyar el diálogo que agentes de Maduro y de la disidencia desarrollan en Noruega “y en cualquier otro proceso de negociación”.

La segunda interrogante es tributaria de la anterior: ¿Puede la ONU ejercer su “deber de injerencia” para solucionar un conflicto que ya desbordó las fronteras nacionales?

Al respecto, la historia dice que, en materia de conflictos internacionales abiertos, el objetivo estratégico de la ONU de “mantener la paz y la seguridad internacionales” es solo una declaración de principios. En efecto, no ha impedido el horror de cientos de guerras ni las amenazas bélicas que las preceden. La causa es estructural y radica en los intereses nacionales contrapuestos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Por eso, desde Corea hasta Crimea, pasando por Vietnam y el Medio Oriente, la solución real se ha buscado siempre fuera del cuartel general de la ONU.

Así parece entenderlo el Presidente Sebastián Piñera cuando dice que la dictadura “está causando un daño dramático a su propio pueblo, pero también está desestabilizando la región entera”. En la reciente Asamblea General de la OEA, su nuevo canciller, Teodoro Ribera, agregó que la tragedia venezolana se origina en la dictadura de Maduro y que “tenemos que concentrar nuestros esfuerzos en superar la causa misma de la crisis”.

Concluyendo, la crisis venezolana ya no admite paliativos humanitarios y la ONU volvió a quedar fuera de juego. Por una parte, esto obliga a mirar con atención la situación de los demócratas venezolanos desunidos y las fortalezas y debilidades de Luis Almagro, el secretario general de la OEA. Por otra parte, debiera fortalecer la acción de los países de América Latina, en el marco del Grupo de Lima.

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