Rapa Nui: ¿El posicionamiento de una Polinesia chilena?

Artículo
Revista Finis Terrae, Vol.13 (13) diciembre 2005
Juan Salazar Sparks*

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A manera de introducción.

En la parte más remota del planeta, en una gran plataforma submarina del Pacífico Sur-oriental sobre la cual surgieron tres grandes volcanes, y a 3.800km de la costa central de Chile, se ubica nuestro territorio polinesio de Rapa Nui (isla grande), Te Pito o te Henua (el ombligo del mundo) o Mata ki te Rangi (los ojos que miran el cielo). Su descubrimiento por Occidente se remonta a 1722 cuando, por encargo de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales para descubrir la Terra Australis, el navegante holandés Jacob Roggeveen (1659-1729) desembarcó allí en el día de Pascua de Resurrección, dándole el nombre de Isla de Pascua.

La leyenda hoy, pues su escritura era jeroglífica y única, es que los polinesios arribaron a la isla a fines del siglo IV de la mano de su rey colonizador Hotu Matu’a, supuestamente desde las Islas Marquesas. Roggeveen habría detectado la presencia de unos 2.000 habitantes en la isla, pero se estima que hubo una gran civilización cuya población habría alcanzado en el siglo XVII entre los 15 y los 20 mil habitantes. A partir de ese momento, ella se habría degenerado en forma drástica por guerras civiles resultantes de la explosión demográfica, la deforestación y la sobreexplotación de sus limitados recursos naturales.

Si bien en 1770 el Virreinato del Perú envió una expedición para reclamar el dominio a nombre del rey Carlos III de España, los polinesios continuaron siendo diezmados. En no más de dos décadas, enfermedades introducidas por los occidentales y la deportación de esclavos, principalmente para las guaneras del Perú, hicieron que sólo 111 habitantes permanecieran en la isla a mediados del siglo XIX.

En enero de 1875, la corbeta chilena O’Higgins realizó a Rapa Nui un viaje de reconocimiento. Entre los miembros de la expedición figuraba el joven guardiamarina Policarpo Toro Hurtado (1856-1921), quien se preocupó por el destino de sus habitantes que eran víctimas de saqueos, esclavitud y de la instalación de un leprosario. Una vez de regreso a Chile, las inquietudes de Toro lo llevaron a entrevistarse con destacados hombres públicos (el historiador Diego Barros Arana y el sabio alemán Rodulfo Phillipi), a través de los cuales buscaba conseguir la atención del gobierno. Recién en 1886, como instructor del curso de guardiamarinas en la corbeta Abato, el Capitán Toro pudo recalar nuevamente en la isla, procediendo esta vez a elevar una memoria al gobierno de Chile para impulsarlo a tomar posesión de ella. Las gestiones de Toro sólo pudieron culminar en un tercer viaje al mando de la corbeta ''Angamos'', cuando el 9 de septiembre de 1888 procedió a nombre del gobierno a la anexión de Rapa Nui al territorio chileno. Un acuerdo entre el rey Atamu Tekena y el marino chileno se convenía:

“La cesión definitiva y sin reservas de la soberanía de la isla de Pascua al Estado de Chile, el reconocimiento, por expresa reserva, de la investidura de los jefes de la isla, el reconocimiento del derecho de propiedad de los pascuenses sobre todo el territorio insular, y el compromiso del Estado de Chile de garantizar el bienestar y el desarrollo de los pascuenses y darles protección”.[1]

 

El tema de los pueblos originarios en Chile.

Este sencillo pero fundamental acuerdo es la base de la relación entre el pueblo rapa nui y Chile. Su esencia es que, a cambio de la soberanía del territorio polinesio, el estado ofrece la protección de quienes lo habitan y reconoce sus títulos de propiedad preexistentes. Así, a parte de los conceptos de soberanía y propiedad, subyace en el de la protección la idea de una “identidad cultural” propia y distintiva que el estado chileno debe velar. Bajo otras premisas, lo mismo es válido para los demás pueblos indígenas de Chile, en particular mapuches y aymará.

En mi opinión, este es un tema largamente planteado pero aún no resuelto en nuestro país; esto es, la relación entre la nación chilena y sus pueblos originarios. Por razones de espacio, no voy a entrar a debatir aquí el tema en sus implicancias constitucionales o legales, ni políticas o económico-sociales internas, sino más bien en sus proyecciones internacionales y sus efectos en la política exterior chilena.

En ese último contexto, mi visión es que debemos mirar nuestro país con un enfoque más multicultural, uno en que se reconozca la identidad de sus distintas etnias y herencias culturales. Hasta ahora, hemos creído ver la integración cultural como el mejor vehículo de cohesión social y, con ello, de estabilidad y prosperidad nacional. Sin embargo, al buscar más la uniformidad que la diversidad[2], lo que Chile ha estado fomentando -en forma casi imperceptible- es una actitud poco flexible y adaptable a los nuevos desafíos que plantea la globalización.

Nuestra clase dirigente puede que entienda bien las causas de la internacionalización de la economía chilena, pero el resto de la comunidad nacional no siente la necesidad de involucrarse directamente en el proceso de inserción internacional. Se puede decir que Chile vive la globalización económica, pero no la globalización cultural. Hoy, para enfrentar los nuevos desafíos, no bastan los vínculos gubernamentales ni los negocios empresariales. Nuestra idiosincrasia en general requiere amoldarse a la diversidad de un mundo global. Y, para ello, no hay mejor escuela que reconocer la diversidad cultural en la propia casa.

 

Un modelo de globalización: el futuro de Rapa Nui.

Como un ejemplo concreto de globalización en Chile, quisiera exponer a continuación las potencialidades que ofrece Rapa Nui  en la apertura internacional de nuestro país. Para ello, partiremos de la premisa que la anexión de la isla al territorio chileno ha sido, si se me permite la expresión, tanto “una maldición como una bendición”. Lo negativo dice relación con el hecho de que la isla ha vivido mucho tiempo abandonada y aislada. Su continuo atraso, la falta de descentralización para sus decisiones y recursos más elementales, así como el simple hecho de haber sido administrada por décadas por la llamada “Compañía Explotadora de Isla de Pascua”, sólo demuestra que los chilenos hemos sido unos “colonialistas pobres”. Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer como positivo que, al seguir siendo un bien fiscal, hemos protegido la isla. No se han vendido las tierras, se ha evitado un desarrollo desenfrenado que vulnere su ecosistema, y el sentido de “chilenidad” se ha adaptado a Rapa Nui sin dañar las bases de la identidad cultural de sus habitantes originarios.

En esta situación de virtual “empate” entre lo negativo y positivo de la experiencia chilena, cabe preguntarse si podemos seguir manteniendo tal enfoque en la isla, o bien, si ya es hora de intentar romper el “círculo vicioso” de los señalados extremos para transformarla en un “círculo virtuoso” para un desarrollo de la misma que sea a la vez próspero y sustentable.

No me parece que la sustentabilidad económica de Rapa Nui dependa tanto de grandes inversiones, como –por ejemplo- para un determinado desarrollo industrial, un puerto pesquero, proyectos para una agricultura intensiva; ni siquiera para cadenas hoteleras o complejos deportivos con fines turísticos. La isla es altamente vulnerable y no resiste una explotación a gran escala: el agua es escasa, el manejo de residuos y basura es un problema e, incluso, el ingreso de un turismo masivo resulta inmanejable en un ambiente ya afectado por una fuerte erosión.

Lo que nuestro territorio polinesio ofrece, en cambio, es no sólo una inconmensurable riqueza arqueológica, donde la totalidad de la isla representa un vasto y dinámico museo natural, sino además la potencialidad como un importante centro internacional para investigaciones climáticas, oceánicas, aeroespaciales, académicas y culturales. El futuro de Rapa Nui pasa, por lo tanto, por la infraestructura y los servicios necesarios para sostener un turismo selectivo de alto valor y calidad, así como un respaldo para el trabajo de científicos y académicos de nivel mundial[3]. El punto de partida para ese tipo de desarrollo requiere de dos cursos de acción paralelos y complementarios: por un lado, un esfuerzo nacional para más y mejor educación en la propia isla[4]; y por el otro, un mayor posicionamiento de Rapa Nui como patrimonio de la humanidad y como centro académico-científico internacional, cuestión que procuro tratar a continuación.

 

¿Cómo posicionar una Polinesia chilena?

Isla de Pascua es un destino arqueológico y turístico que cuenta en la actualidad con un gran renombre internacional. Mucha gente en los EE.UU., Japón y Europa tiene una imagen más definida respecto de dicho territorio insular que del resto del país. Por otro lado, la experiencia demuestra también como Chile ha vestido su imagen en el extranjero con diversas manifestaciones culturales propias de los rapa nui (música, talladores, imagen turística, etc.).

Sin embargo, y a pesar de la fama de la isla, no hemos sabido canalizar todo el interés ni los recursos internacionales consiguientes en beneficio de un desarrollo sustentable de la misma. Resulta conveniente, por lo tanto, diseñar e implementar una política de estado que promueva la real inserción de Rapa Nui en el llamado “triángulo polinesio”[5]. No se trata tan sólo de una aproximación de tipo geográfica hacia una de las sub-regiones comprendidas en la proyección general de Chile hacia la Cuenca del Pacífico, sino también el de integrar nuestro pueblo rapa nui en el mundo polinesio del cual forma parte.

Si concordamos en que Rapa Nui es un “tesoro cultural”, debiéramos entender que su potencialidad valdrá en la medida que lo podamos compartir con el resto de la Polinesia, con el Pacífico Insular y con el mundo en general, en cada caso según los diversos intereses. La pregunta lógica es, por lo tanto, ¿cómo hacerlo sin dañar su frágil equilibrio?

Creo que la política exterior chilena puede aportar mucho, de partida, en todo lo que se refiere a intensificar el nivel de vínculos internacionales de la isla. A saber:

  • Intentar el ingreso con status especial de Chile al Foro de las Islas del Pacífico[6];
  • Realizar gestiones para que Chile participe en el Diálogo post-Foro de las Islas del Pacífico[7];
  • Facilitar la participación de delegados rapa nui tanto en el Festival de Artes del Pacífico como en los Juegos del Pacífico Sur[8];
  • Concretar la organización  periódica de eventos artístico-culturales de carácter regional en la isla (festivales, conferencias, seminarios);
  • Difundir en la región y apoyar el proyecto de “Aldea Educativa” de la Municipalidad de Hanga Roa;
  • Desarrollar programas de intercambio de estudiantes entre Rapa Nui y los países de la región[9];
  • Convocar a centros de investigación internacionales para que instalen sucursales o investigadores en la isla, a fin de desarrollar proyectos;
  • Proveer de los incentivos para que universidades chilenas establezcan en la isla un Centro de Estudios de la Polinesia; y
  • Difundir la etnia rapa nui en el resto de los chilenos y en el mundo, diferenciándola  con las demás culturas polinesias.

Por cierto, la lista anterior no es excluyente de una serie de otras iniciativas específicas que apunten a la promoción turística de la isla y al reforzamiento de vínculos entre los pueblos originarios de la Polinesia.

Los objetivos y acciones que hemos sólo esbozado aquí deben ir acompañados, además, de una acción diplomática más contundente en esta parte de la cuenca. De partida, Chile tiene que redefinir su política hacia el Pacífico Insular. Si bien en el pasado hemos desplegado aproximaciones hacia países, organismos e instituciones de la región, ellas han sido más bien esporádicas e irregulares en el tiempo. Tal vez no se ha tenido muy claro cuáles son los objetivos a seguir, o bien, no hemos sido capaces de implementar una política de cooperación adecuada para las realidades de los Estados-Islas.

La actividad diplomática chilena también requiere revigorizar dos herramientas ya utilizadas en el pasado: (i) Aumentar las embajadas concurrentes o redistribuir las concurrencias en forma más eficiente. En la actualidad, sólo se cuentan con las de Papua-Nueva Guinea (desde Australia) y Fiji (desde Nueva Zelanda). Samoa, Tonga e Islas Cook son, a lo menos, otros destinos recomendables, los que habría que cubrir desde Wellington, o bien, como lo hacen otros países, en forma directa desde Santiago[10]; y (ii) Nombrar cónsules honorarios en cada uno de los Estados-Islas, así como incentivar lo propio de ellos en Chile (en algunos casos en Rapa Nui mismo).

Bajo este “paraguas” diplomático, habría que considerar planes concretos tanto en el campo de la promoción comercial como en el de la cooperación regional chilenas[11]. Es más, a partir de la vigencia del P3[12], se podría estudiar incluso la posibilidad de extender un acuerdo de libre comercio hacia las islas del Pacífico, de la misma manera que lo piensa hacer Nueva Zelanda.

Finalmente, habría que concertar una serie de acuerdos oficiales y privados de cooperación internacional que incentiven la realización de proyectos científicos y académicos en la isla, sobre todo en materia arqueológica y antropológica, protección y conservación de recursos pesqueros, geofísica, oceanográfica y aeroespacial. A parte de nuestras instituciones nacionales pertinentes a cada caso, son importantes en este contexto los contactos con otros centros académicos de la región. A vía de ejemplo: la Universidad de New South Wales en Australia; diversas entidades relacionadas con estudios maorí y del Pacifico en Nueva Zelanda; la Universidad del Pacifico Sur en Suva (Fiji); el East-West Center y la Universidad de Hawai’i; y un numero no despreciable de fundaciones japonesas, europeas y norteamericanas involucradas o interesadas en Isla de Pascua.

 

Conclusiones: ¿hacia un cambio de mentalidad?

Como tema final, quisiera plantear el doble desafío que significa poder romper el aislamiento “geo-cultural” de Rapa Nui, íntimamente ligado –a su vez- a lo que podríamos calificar como un “aislamiento psicológico” del Chile continental. Lo primero resulta evidente por la ubicación particular de la isla. Lo segundo, en  cambio, responde a una situación algo más intangible y compleja relacionada con nuestra idiosincrasia insular. Me parece que nuestro manejo de Rapa Nui se ve limitado no sólo por una pobre asignación de recursos allí sino, además, por una falta de comprensión acerca de la mentalidad polinesia y el verdadero potencial que ella ofrece tanto a sus habitantes como al resto de la nación.

Conforme a lo anterior, me parece importante señalar que el Estado chileno debe invitar a los “isleños” (tanto de la isla como del continente) a participar en la discusión e implementación de todas estas iniciativas. No podemos sustentar una política chilena hacia el Pacífico polinesio si los rapa nui no la ven como algo propio y, por ende, ayuden a su éxito. Tampoco seremos capaces de asegurar la continuidad de dicha política si el resto de los chilenos no aprendemos a valorar el significado y el aporte polinesio a nuestra sociedad toda.

Hay un sinnúmero de problemas que resolver en el camino. Resulta claro que una adecuada gobernancia de la isla es imprescindible. Pero es un hecho también que lo más difícil es poder contar entre los rapa nui con una masa crítica de habilidades y capacidades suficientes como para responder a los desafíos planteados. Tal vez el punto de partida es entender que la educación de sus habitantes es, y seguirá siendo por mucho tiempo, un asunto prioritario.

 

* Director Ejecutivo CEPERI, Cientista político y Embajador (r) en Nueva Zelandia, Bélgica y Dinamarca.

 

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[1] Desconozco el texto original y me he limitado a una versión entregada por la Liga Marítima de Chile en su sitio de internet.-

[2] Esta situación es palpable en diversos ámbitos del quehacer nacional, tales como en una excesiva centralización político-administrativa, en el contenido de la educación, en nuestra política de inmigración, y en el hecho elemental de que no practicamos la diversidad multicultural.-

[3] La inversión más importante que cabe hacer en la isla, a mi juicio, es la construcción de un hotel moderno y funcional que incluya un centro de convenciones.-

[4] Nos referimos principalmente a la enseñanza del inglés y a la capacitación en servicios relacionados con el turismo ecológico y de intereses especiales. Pero la educación de los rapa nui es fundamental, además, para que puedan contar a futuro con buenos líderes y no caigan en la militancia extremista de otros pueblos originarios.-

[5] El mundo polinesio se encuentra representado por los tres vértices que conforman Hawai’i, Aotearoa (Nueva Zelanda) y Rapa Nui. En dicho triángulo conviven una polinesia norteamericana, con una francesa, otra neocelandesa y con las demás polinesias particulares de las islas que se extienden desde Fiji hacia el este y sur del Pacífico.-

[6] Organismo intergubernamental que reúne a todos los Estados-Islas junto a Australia y Nueva Zelanda. Estos dos países, pero sobre todo el segundo, son claves para conseguir nuestro acceso.-

[7] Reunión posterior a la del Foro con las naciones que brindan ayuda o hacen donaciones a los Estados-Islas (Ejs.: Canadá, Corea, China, EE.UU., Filipinas, Francia, Malasia, India, Indonesia, Japón, Taiwán, Reino Unido, Tailandia y Unión Europea).-

[8] El próximo festival es en Samoa Americana (2008) y los juegos en Samoa (2007).-

[9] Intercambio regular de estudiantes, profesores, visitas a terreno, implementación de becas de estudio, actividades deportivas, artísticas y culturales, etc.-

[10] Parece ser más eficiente usar el sistema de los llamados “Non-resident Ambassadors”, funcionarios diplomáticos acreditados desde la propia capital.-

[11] Estamos hablando de programas de ayuda económica y de asistencia técnica chilenas al Pacífico Insular. Sólo si somos capaces de implementar medidas concretas en este sentido, estaremos en condiciones de poder canalizar recursos adicionales (gobiernos, agencias internacionales y fundaciones privadas) que  incluyan también a Rapa Nui.-

[12] El acuerdo de libre comercio, o de Asociación Económica Estrecha, entre Chile, Nueva Zelanda y Singapur, conocido como Pacific Three o P3.-

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