Un año de Díaz-Canel en La Habana

Columna
El Líbero, 07.05.2019
Iván Witker, investigador ANEPE y docente (Escuela de Gobierno-U. Central)

Al celebrar su primer aniversario, el balance es opaco y el horizonte poco auspicioso. Lejos del carisma envolvente de Fidel Castro, con un Raúl Castro en estado crepuscular y carente del aura que tuviera Roberto Robaina, Díaz-Canel no pasa de proyectarse como un hombre cauto y razonable para la transición. Para el drama que se avecina, no es poco.

Poco alentador es el panorama que tiene ante sí la primera autoridad formal de Cuba, Miguel Díaz-Canel, justo a un año de haber asumido como Presidente de los Consejos de Ministros y de Estado. La verdad es que los regímenes comunistas jamás lograron establecer mecanismos para solucionar luchas facciosas, disputas internas ni menos sucesiones cupulares. Cuba y Corea del Norte resolvieron sus transiciones por medio de sucesiones dinásticas y el caso de Díaz-Canel se inscribe en esa particularidad. Siguiendo el dictum de Lenin en una de sus obras centrales (“Qué hacer”), el jefe del partido es quien ejerce la conducción de los asuntos centrales de Estado. El resto es música. Esto significa que Díaz-Canel es obra de un experimento gradual ideado por Raúl Castro para el momento en que la generación de la revolución ya no exista. Por ahora, nadie dudaría que el poder político real sigue en manos de la familia Castro. Sin embargo, Díaz-Canel fue puesto allí pensando en el largo plazo.

Se trata evidentemente una apuesta original, que tiene inspiración en la China de Deng Xiaoping, quien, alertado por la hecatombe de la perestroika soviética, logró desarrollar un modelo de sucesiones pactadas entre los diversos grupos de la nomenklatura, para evitar sibilinos complots que rompan el sistema. Pese a ello, hay dos asuntos externos que deben ser extraordinariamente angustiantes para la cúpula post-Fidel Castro y que marcan el balbuceante primer año de Díaz-Canel.

El primero, es el debilitamiento crepuscular del chavismo/madurismo. Venezuela ha sido un apoyo económico fundamental en los últimos 20 años y no se sabe cuántos miles de millones de dólares le ha entregado sin una contraprestación proporcional y transparente. Sin embargo, ha sido una cantidad suficiente como para sobrevivir tras el colapso de la URSS. Esto explica que el futuro de Díaz-Canel se juegue necesariamente en el polvorín venezolano.

El segundo asunto externo de alta complejidad es la activación real del Título III de la Ley Helms-Burton en Washington, cuyas consecuencias podrían ser tan catastróficas como fue el colapso del comunismo soviético. Esta ley no sólo impide a ciudadanos y empresas estadounidenses comerciar con la isla, sino que faculta a cualquiera que haya perdido sus posesiones a manos de la revolución a demandar a los beneficiarios de las estatizaciones. Aunque se despachó en 1996, Fidel Castro maniobró con astucia para que la Casa Blanca la pusiera en el refrigerador por tiempo indefinido. El problema es que la reactivación impuesta por Trump ocurre en momentos del desplome venezolano y cuando las habilidades de Díaz-Canel en escenarios de alta complejidad constituyen un misterio.

Y es que uno de los principales dolores de cabeza para la restauración capitalista en los países europeos fueron justamente las indemnizaciones (o devoluciones) por propiedades privadas confiscadas durante la vigencia del comunismo. Por décadas se analizó en todo el mundo cómo dejar atrás el capitalismo, pero nadie avanzó reflexiones acerca de cómo deshacer aquellos regímenes y volver a generar lo que Marx llamaba acumulación originaria.

Basados en esa constatación, el senador Jesse Helms y representante Dan Burton elaboraron una sistematización de la cadena de medidas existentes, pero hasta ese momento algo inconexas, como la Cuban Assets Control Regulations, la enmienda Mack y la ley Torricelli. Los resultados se empezaron a ver de inmediato. Apenas puesta en vigor, la empresa de cruceros Carnival fue la primera en ser demandada por el uso de instalaciones portuarias expropiadas en 1959 por herederos de la Havanna Docks Co.

A este cuadro externo tan adverso se une la escasa viabilidad de la llamada “solución vietnamita parcial” (SVP), una idea reformadora de la economía, también ideada por Raúl Castro en los 90 cuando su hermano se retiró víctima de una enfermedad terminal. El propósito de la SVP es sobrellevar la crisis económica endémica generando enclaves capitalistas.

Sin embargo, a diferencia de los vietnamitas, Castro entregó a las FFAA el control de estos enclaves. Su conglomerado GAESA (otrora dedicado sólo a la adquisición de armas y material logístico) se convirtió en pilar de la economía al pasar a controlar las empresas vitales del Estado (CIMEX, el Banco Financiero Internacional y Habaguanex). El otro pilar es la apertura de una Zona Especial de Desarrollo en el puerto de Mariel, cuya construcción y manejo estaba acordada con empresas brasileñas cercanas a Lula, especialmente Odebrecht. Por razones fáciles de imaginar, aquel proyecto se encuentra en el congelador.

En resumen, el año que cumple Díaz-Canel al frente de los asuntos administrativos cubanos, tiene un balance opaco y un horizonte no auspicioso. Lejos del carisma envolvente de Fidel Castro, con un Raúl Castro en estado crepuscular y carente del aura que tuviera Roberto Robaina, el defenestrado gran delfín de Fidel Castro, este apparatschick, con una carrera política alejada del glamour revolucionario, no pasa de proyectarse como un hombre cauto y razonable para la transición. Para el drama que se avecina, no es poco.

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