Una bestia llamada Perú

Columna
El Comercio, 06.11.2015
Gustavo Rodríguez, escritor y comunicador peruano
  • Sobre la depredaciòn que hicimos a la Isla de Pascua en el siglo XIX, de 1862 a 1863.

Hace algunos años una amiga española me contó sobre su primer viaje a Cusco.

Volvió encantada, pero no me ocultó su incomodidad cuando el guía explicaba los tesoros del Imperio Incaico y aprovechaba para recalcar de qué manera se habían enriquecido los conquistadores españoles. En uno de esos altos en el camino, durante el enésimo comentario acerca de la rapiña ibérica, mi amiga fue consultada por una turista peruana:

–Oiga, y en las escuelas de España, cuando enseñan lo que hicieron aquí sus antepasados...

Mi amiga la atajó de inmediato.

–Señora, serán sus antepasados, porque los míos no han salido de mi pueblo hasta hace poco.

Fue una respuesta que siempre me ha parecido magistral para desnudar la complejidad de un país emergido de choques, migraciones y mezclas. La mayoría de los peruanos, cuando nos ponemos en un plan anticolonialista, olvidamos que por nuestras arterias también corren los glóbulos de quienes nos conquistaron. Sin embargo, una ignorancia aún mayor vive entre nosotros cuando se trata de los peruanos que depredaron una civilización en el Pacífico en el siglo XIX, de 1862 a 1863.

Las haciendas peruanas y los yacimientos guaneros que debían sostener el crecimiento económico de nuestra bisoña república necesitaban de mano de obra barata, más aun cuando la esclavitud había sido abolida años atrás, cuando Castilla necesitaba engrosar sus tropas para luchar contra Echeñique. Cierto sector de la burguesía peruana creyó encontrar, entonces, una posible solución. Apuntaron el catalejo a cuatro mil kilómetros al sudoeste del Callao y, a lo largo de dos años, enviaron una veintena de naves hacia un pequeño triángulo emergido del mar.

La isla se llama Rapa Nui, pero los folletos turísticos de hoy la publicitan como Isla de Pascua.

Sus gigantescos moáis, que dan la espalda al mar, fueron testigos de cómo esta expedición se dedicó a secuestrar a la mayor cantidad posible de habitantes nativos para traerlos a estas costas desérticas. Para la pequeña sociedad polinésica el impacto fue cataclísmico. De los cuatro o cinco mil habitantes que tenía la isla, se calcula que mil quinientos fueron cazados y llevados a los barcos esclavistas. A escala, es como si en estas épocas diez millones de peruanos hubieran sido secuestrados y llevados a otro continente. Rapa Nui perdió gente, cultura –se afirma que su escritura en tablillas desapareció junto con los sabios fallecidos– y hasta perdió a la dinastía que gobernaba la isla. La dimensión operativa de este genocidio terminó cuando el gobierno francés elevó su voz de protesta, pero los sobrevivientes poco pudieron alegrarse: tras las crueles condiciones laborales y los males contraídos, solamente pudieron regresar repatriados 15 rapa nui, quienes terminaron contagiando sus enfermedades a sus coterráneos. Según el sacerdote y estudioso Sebastián Englert, para 1877 en Rapa Nui solo quedaban 111 habitantes. De ser cierta esta versión, es como si el Perú de hoy se viese reducido a 720.000 habitantes, algo menos que la población del departamento de Ica.

Tras conocer estos hechos escalofriantes, uno se queda pensando en lo poco que sabemos de nuestra propia historia, en lo inescrupulosa que ha llegado a ser nuestra dirigencia privilegiada, en los ecos de una superioridad racial que aún resuena en estas épocas, en lo bonito que me recibieron en Rapa Nui pese a haberles mostrado mi pasaporte peruano.

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