Venezuela: ser o no ser

Columna
La Tercera, 28.02.2019
Sergio Muñoz Riveros, analista político

Quienes desde la centroizquierda han priorizado criticar a Piñera por su posición frente a la crisis de Venezuela han dicho que busca sacar partido con fines de política interna. Aceptemos que sea así, pero, ¿de qué le serviría comprometerse con una causa dudosa? El supuesto beneficio solo puede surgir de una causa que tenga valor. Así las cosas, ¿qué les impide a ellos levantar también la bandera del fin de la dictadura de Maduro? ¿A qué le temen? ¿Qué compromisos los paralizan?

Probablemente, no todos los firmantes de las declaraciones del 20 y el 24 de febrero pueden dar una misma respuesta. Algunos idean formas indirectas de proteger a Maduro, porque consideran que, pese a todo, forma parte del bando “progresista”. Otros, que parecen rendir culto a la neutralidad, exaltan los usos de la diplomacia y dicen que está en riesgo la política de Estado en materia de relaciones internacionales. La pregunta obvia es: ¿por qué no convertir en política de Estado el rechazo a todas las dictaduras y la defensa de los DD.HH. en todas partes?

La mayor incomodidad para algunos, sobre todo dentro del Partido Socialista, es la crítica que reciben las dictaduras de izquierda con las que han mantenido una larga relación. En los hechos, se quedan sin discurso. El problema es que, si quieren tener autoridad ante el país, deben precisar los valores con los cuales se identifican. Es evidente que los nexos mantenidos con el castrismo y el chavismo les están pasando la cuenta.

Felipe González ha dicho que el chavismo destruyó económica, social e institucionalmente a Venezuela, hasta un grado que solo puede compararse con el daño sufrido por naciones que pasaron por una guerra. Es el resultado de la acción de un grupo de aventureros que, al mismo tiempo que levantaban el puño izquierdo, robaban con la mano derecha. Los retratos de Simón Bolívar fueron usados en realidad para tapar las trapacerías. El chavismo construyó un “Estado forajido”, con lo cual dio un significado devastador a las camisas rojas y las apelaciones al socialismo.

En los años 80 y 90, los partidos de centroizquierda se desembarazaron en gran medida de la mitología revolucionaria y asimilaron los principios de la democracia representativa. Ello les permitió liderar la transición y conducir al país por una senda de progreso. Por desgracia, ese aprendizaje se ha ido desvaneciendo hasta traducirse en una línea sinuosa frente al dilema entre democracia o dictadura.

Después de tantas tragedias, nada es tan vital como sostener la lucha por la libertad en América Latina. Y más vale convencerse de que lo más parecido a una dictadura de derecha es una dictadura de izquierda, y viceversa. Hay que oponerse a todas sin vacilaciones, cualesquiera que sean sus símbolos y coartadas. Moral y políticamente, hay que estar junto a quienes luchan por la libertad en Venezuela.

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