Columna
La Tercera, 18.12.2018
Rafael Rosell Aiquel, decano Facultad de Derecho y Gobierno (USS)

No soy optimista ante las negociaciones entre Yemen y los rebeldes hutíes”, manifestò Mohammed Al-Bakhiti, el líder de Ansarullah, el ala política del movimiento rebelde hutí, porque considera que “Naciones Unidas nos ha impuesto un diálogo con un gobierno que tiene intereses en la guerra”.

Estas declaraciones las realizó horas después que el enviado especial de la ONU para Yemen, Martin Griffiths, declaró en las negociaciones en Suecia sobre la crisis yemení, que las partes del conflicto firmaron un acuerdo para el intercambio de prisioneros, así como de personas retenidas por la fuerza y las que están bajo arresto domiciliario.

Pero claramente esto se convierte en una mediación sin garantías cuando desde la Administración Trump se anunció que se continuará apoyando con firmeza a la coalición liderada por Arabia Saudíta en Yemen y seguirá participando en los esfuerzos para combatir la influencia iraní y las amenazas yihadistas.

Esta decisión se toma haciendo caso omiso a las denuncias por violaciones a los derechos humanos en forma permanente en este conflicto, a las críticas internacionales por la brutalidad de la campaña militar y al asesinato del periodista Yamal khashoggi por agentes sauditas en Turquía.

El anuncio por parte del Departamento de Estado se produce en contraposición a lo declarado hace dos meses por el general James Mattis, secretario de Defensa de Estados Unidos, en una intervención ante el United States Institute of Peace, cuando manifestó la intención de poner fin a la guerra en Yemen en 30 días.

Una guerra que inició Arabia Saudita contra Yemen por decisión del príncipe Mohamed ben Salman, heredero del trono y ministro de Defensa, cuyo objetivo era tener el gobierno yemenita bajo control para que Riad pudiese explotar las reservas de petróleo existentes a ambos lados de la frontera entre los dos países. La monarquía saudita inició esa guerra con ayuda de Israel.

También la agresión saudita contra Yemen parecía ser parte de la estrategia general del Pentágono llamada la doctrina Cebrowski, con la intención de destruir las estructuras de los Estados y sociedades en los países del Gran Medio Oriente.

Pero tres años después, el conflicto de Yemen no muestra ningún signo real de remitir.

Se debe tener en consideración que el anuncio del frágil acuerdo se produce en el escenario de la peor crisis humanitaria del mundo en la actualidad. La situación en Yemen es realmente dramática.

A las necesidades alimentarias se suman la falta de acceso a servicios de salud, además de la inseguridad provocada por el conflicto en sí mismo.

Amnistía Internacional ha documentado el uso por parte de la coalición encabezada por Arabia Saudita de al menos cuatro tipos de municiones de racimo, incluidos modelos fabricados en Brasil, Estados Unidos y Reino Unido.

Las explicaciones ofrecidas por Estados Unidos y Reino Unido para justificar su apoyo constante y los irresponsables flujos de armas a la coalición dirigida por Arabia Saudí no son aceptables, pues hay numerosos indicios de que estas llevan tres años causando enormes daños a la población yemení.

Varios de estos países que están vendiendo material bélico son Estados Partes en el Tratado sobre el Comercio de Armas, cuyo objetivo es reducir el sufrimiento humano y que prohíbe las transferencias de armas si existe un alto riesgo de que sean utilizadas para cometer violaciones graves del derecho internacional.

La política estadounidense en Yemen ha sido una farsa durante mucho tiempo porque Washington habla sobre la paz, al mismo tiempo que continúa alimentando el conflicto al apoyar a uno de los bandos y el presidente estadounidense, Donald Trump, dijo que no le gustaba “la idea de poner fin” a la venta de $ 110 mil millones en armamento.

Por ello, las imágenes de niños fallecidos -así como las de sus familias cavando las tumbas para enterrarlos, son tan impactantes como el comentario oficial de la coalición saudita que afirmó que realizan acciones militares legítimas y que los bombardeos se realizan acorde a las normas internacionales y leyes humanitarias.

La justificación deja perpleja a la comunidad internacional donde los niños no tienen que pagar el precio de una guerra con la que no tienen nada que ver y donde los combates suman más de 50 mil muertos, la mayoría civiles, y casi 130 niños mueren a diario debido a enfermedades.

A 70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de ONU, Yemen está soportando una catástrofe humanitaria donde más de la mitad de la población, 14 millones, están en condiciones previas a la hambruna. Unos 500 mil niños están desnutridos y muchos morirán en los próximos meses.

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