100 años del PC chino, unas cuantas lecciones para Chile

Columna
El Líbero, 12.07.2021
Iván Witker, PhD U. Carlos IV, investigador (ANEPE) y académico (Escuela de Gobierno U. Central)

Son demasiados los indicios que el mundo post-coronavirus verá irrumpir con fuerza una nueva Guerra Fría. China estará por un lado. Las democracias liberales de Occidente, Japón y algunos más, por el otro. ¿Dónde se ubicará la asediada democracia chilena?

Hace exactamente 50 años, Henry Kissinger desapareció en el aeropuerto de Rawalpindi, Pakistán, a bordo de un avión que despegó sin destino informado ni siquiera a la torre de control. Horas más tarde fue recibido por el premier chino, Chou En-Lai en Pekín, inaugurando así un encuentro histórico entre Estados Unidos y China continental. Fue un viaje ultra-secreto, por el vuelco histórico que significaría para las décadas siguientes. En su planificación intervinieron muy pocas personas. Se ha conocido posteriormente que ni siquiera los titulares de los ministerios de Relaciones Exteriores estaban al tanto. Desde entonces, China ha ido ocupando un lugar cada vez más relevante en los asuntos internacionales y conocida es su ambición de desplazar a EE.UU. como máxima potencia mundial a mediados de este siglo. En ese andar persistente ha sido fundamental el Partido Comunista, que también por estos días cumple efemérides, 100 años.

Hoy, China plantea muchas interrogantes. No son pocos los que ven en Pekín una opción que equilibra la vida política internacional. También están los pragmáticos, interesados en sus yuanes. Otros miran con recelo un esquema hegemónico distante, peligroso y enigmático. Después de todo, su eje central es el Partido Comunista.

Sin embargo, poco se conoce sobre el significado real de la ideología en el modelo chino. Chris Patten, el agudo observador político y último gobernador británico de Hong Kong, ha escrito muy lúcidamente sobre China. Sus memorias, First Confession: a Sort of Memoir, son extraordinarias. Patten suele tocar el tema de la ideología y estima que ese régimen poco o nada tiene de marxismo, y sí mucho de leninismo. Aunque aparentemente contradictoria, es una afirmación certera. El marxismo fue más bien una teoría de la evolución social, en tanto que el leninismo, una clara teoría de la acción política. Para Patten, en la China de hoy no se registran ni siquiera sedimentos de marxismo, aunque sí muchísimo de leninismo.

Por ello, resulta algo ocioso elucubrar qué tan comunista es la China de hoy. Lo central y asombroso es que, utilizando un formidable instrumento de hegemonía llamado Partido Comunista (con 95 millones de miembros), está a punto de tener un poder de alcance planetario. En tal perspectiva, cabe interrogarse más bien sobre el peligro real, o irreal, que exporte su modelo, y si su influencia en América Latina será algo relativamente marginal, como ocurrió durante el enfrentamiento soviético-estadounidense, o bien se limitará a nuevas formas de expoliación.

Una primera premisa para entender la eventual peligrosidad china es que su modelo de desarrollo es inexportable. A diferencia del soviético, el cual, probablemente por influencias intelectuales propias de la época en Europa, buscó crear réplicas en miniatura en diversas partes del mundo (para ello creó la Internacional), la experiencia revolucionaria china es autóctona y nunca ha buscado replicarse. Ni siquiera durante el maoísmo.

Pese a estar influidos inicialmente por el mismo Stalin, a través de su amigo y especialista en historia oriental, Grigori Woytinski, quien creó las primeras células en Shanghai hace 100 años, Mao y sus cercanos tomaron estas ideas y las adaptaron. Por eso, el Gran Salto Adelante y la Gran Revolución Proletaria son capítulos muy locales. El mismo carácter nacional se observa en la transformación de una China campesina (fundada por Mao) a una abierta al mundo (gestionada por Deng) a la China tecnológica y policial (de Xi Jingping). Ninguna de aquellas etapas ha tenido correlato externo.

Ni siquiera en la época de Mao, cuando surgieron por toda América Latina los Partidos Comunistas Bandera Roja, hubo intentos por coordinarlos. Aún más, los desconoció por completo si las circunstancias lo ameritaban. El general peruano Edgardo Mercado Jarrín, canciller y premier de Velasco Alvarado, contó varias veces que, durante su entrevista con Mao en Pekín, solicitó al gran timonel desactivar los innumerables grupos maoístas de estudiantes universitarios peruanos deseosos de copiar la arcadia revolucionaria del campesinado chino. Ante un asombrado Mercado Jarrín, Mao no sólo los desconoció, sino lo invitó (mediante gesto manual) a triturarlos.

Este es un buen ejemplo de cómo ven los chinos (comunistas) el mundo de las ideologías en Occidente y cuán pragmáticos se mueven. Es más bien un Partido Comunista administrador de un capitalismo de Estado, que, como todo capitalismo, busca la prosperidad. Esto significa que el logro emblemático de estos cien años es haber conectado ese instrumento de poder con su historia milenaria. El leninismo, como sugiere Patten, vino a empalmar con las narraciones históricas de dominio. Es una herramienta para asuntos domésticos. Por lo mismo, para provocar un cambio en el orden mundial, no necesitan exportar su modelo.

Ello no obsta que hoy veamos en América Latina una buena cantidad de políticos, de todos los signos, muy motivados a un buen entendimiento con Pekín. Aquí surge la segunda premisa: el vínculo entre China y América Latina reúne efectivamente las condiciones para alterar el equilibrio histórico a nivel hemisférico, pero eso dependerá de la lupa con que EE.UU. mire al resto del continente y de los acomodos al interior de las elites latinoamericanas.

A muchos dirigentes latinoamericanos les encantan las tres maneras que tiene el capitalismo de Estado chino para expandirse. Uno es el usado en Africa, ilustrado por Zimbabwe y Djibuti. En el primero, con esa fascinante política pragmática extrema,“Don´t tell, don´t ask”, que los lleva a no opinar ni intervenir aunque ocurran las cosas más atroces. En el segundo, explotando las realidades geopolíticas para instalar bases en ultramar. Otro es el usado en los Balcanes y en varios países latinoamericanos, agitando el yuan como principal instrumento de persuasión. Es decir, inversiones cuantiosas en los ámbitos más inimaginables, préstamos y créditos tan generosos que doblegan a cualquiera. Y, finalmente, les atrae que Pekín no permitirá jamás delegar actos soberanos en organismos supranacionales; una lógica muy fácil de extender el día de mañana para dar cobijo a quienes consideren digno de un gesto por encontrarse incómodos en sus propios países.

Cuesta divisar a qué puede apostar Chile. Es evidente que un imaginario nacional inclinado a replicar experiencias nórdicas o neozelandesas es incompatible con las políticas chinas. Numerosos casos demuestran que en materia de dominio externo, los chinos no se andan con jugarretas. No toleran que las democracias critiquen sus asuntos internos, ni menos apoyen a sus disidentes. Fueron muy duros cuando se le dio el Nobel de la Paz a Liu Shaobo, un prisionero de conciencia, al punto de interrumpir sus compras de salmón a Noruega. Y ni hablar de los incordios generados en torno al Dalai Lama o al movimiento pro-democracia e Hong Kong o cuando se dan gestos con Taiwan, la diminuta isla democrática reclamada para sí aunque el emperador Kangxi haya ofrecido venderla en el siglo 17 a los neerlandeses, por no considerarla china. El virulento impasse desatado con Australia a propósito del origen del coronavirus es otra clara muestra de lo que significa no tomar en serio el juego en las grandes ligas de la política mundial.

Como bien esboza Patten, son demasiados los indicios que el mundo post-coronavirus verá irrumpir con fuerza una nueva Guerra Fría. China estará por un lado. Las democracias liberales de Occidente, Japón y algunos más, por el otro. ¿Dónde se ubicará la asediada democracia chilena?

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