Aquellos días de la rabia y el orgullo

Columna
El Mundo, 19.08.2018
Fernando Palmero

Como el XX, el siglo XXI comenzó con una declaración de guerra. Incierta, entonces. El ataque a Nueva York fue interpretado como el inicio de una guerra de religión. Oriana Fallaci fue una de las primeras que advirtió sobre su naturaleza. "Con los hijos de Alá, el conflicto será duro. Muy duro y muy largo", escribió. Estamos ante "una guerra que ellos llaman yihad. Guerra santa. Una guerra que no mira a la conquista de nuestro territorio, quizás, pero que ciertamente mira a la conquista de nuestra libertad y de nuestra civilización. Al aniquilamiento de nuestra forma de vivir y de morir, de nuestra forma de rezar, de nuestra manera de comer, beber, vestirnos, divertirnos, informarnos...". Vivía entonces Bin Laden, y a él culpaba, en parte, de la masiva llegada de inmigrantes a Europa, que no sería sino un frente de batalla más que se libraba en las plazas y en los parques, en la conquista del espacio público urbano.

A Fallaci, que tituló aquel panfleto La Rabia y el Orgullo (La Esfera de los Libros), le indignaba, más que nada, la presencia de lo islámico en las ciudades italianas, en Florencia, en la plaza del Duomo, en San Giovanni, mezquitas improvisadas junto al "bello Palacio del Arzobispado, en cuyas escalinatas dejaban sus sandalias y babuchas" y junto a ellas, "botellas vacías de agua con la que se lavaban los pies antes de la oración" y "amarillos regueros de orina que profanaban los mármoles del Baptisterio". Culpaba Fallaci a los políticos oportunistas que, por puro electoralismo, permitían y toleraban esa "invasión", que la financiaban, incluso, de manera suicida. "Campan a sus anchas en las históricas calles, con el pretexto de vender sus mercancías. Por mercancías entiendo bolsos y maletas copiadas de modelos protegidos con sus respectivas marcas y, por lo tanto, ilegales".

Han pasado casi 17 años de aquellos textos de Fallaci, peo no es difícil relacionar su "indignación" con la de tantos italianos que han votado a candidatos de extrema izquierda y de extrema derecha, racistas, xenófobos y dispuestos a frenar por decreto la entrada de inmigrantes, sean o no musulmanes.

En Madrid, en el barrio de Lavapiés, se ha creado un peculiar sindicato de manteros y lateros sin papeles y la alcaldesa les ha pedido que hicieran ellos el pregón de las fiestas, a la vez que ha ordenado a la Policía Municipal que no los persiga. Como en Barcelona. Como en aquellos días de la rabia y el orgullo.

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