‘Buenismo’, enfermedad infantil del izquierdismo

Columna
El Mercurio, 20.08.2020
Sebastián Edwards, economista y profesor (U. de California-Los Angeles)

En 1920, Vladimir Ilych Lenin publicó el panfleto “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, en el que atacaba a los “ultras” europeos por sus posturas irresponsables. Con su habitual pluma mordaz, Lenin los trató de ingenuos e imprudentes, y los acusó de estrategias dañinas para la causa del pueblo.

Recordé ese escrito al leer las declaraciones del presidente del Partido Comunes, una agrupación del Frente Amplio. Dijo que su meta es derrotar a “la casta de la ex Nueva Mayoría”, y que partidos “que han hecho tanto daño, como el PPD”, deben desaparecer.

Los problemas del Frente Amplio van más allá de las declaraciones destempladas de sus dirigentes. Además, muchas de sus propuestas cabalgan entre lo atolondrado y lo pueril, y atentan contra los ciudadanos de bajos ingresos.

Al eximir de impuestos el retiro del 10% de las AFP, les regalaron casi un millón y medio de pesos en exenciones tributarias a miles de personas de altísimos ingresos. Esto es mala política social, y pésima política redistributiva. Me hace recordar la frase de mi colega de UCLA, el intelectual progresista Perry Anderson, quien dijo que los militantes de la izquierda extrema son “radicalmente hostiles hacia el capitalismo, y viven en cómoda colusión con él”.

Las actitudes infantiles están basadas en sueños y deseos desanclados de la realidad. Los niños no consideran, seriamente, el esfuerzo requerido para lograrlos. Además, los razonamientos de los jóvenes “revolucionarios”, a menudo contienen fallas lógicas, son incompletos, y contradicen la historia y la verdad.

En el primer seminario sobre el proceso constituyente organizado por Icare, Claudia Heiss, militante de Revolución Democrática y doctora en ciencias políticas, dijo, repetidamente, que Chile debía emular a los países nórdicos, e incluir los derechos sociales en la nueva Constitución. Pero resulta que, según el prestigioso Comparative Constitutions Project, hay una serie de derechos sociales que no están en las constituciones de la mayoría de los países nórdicos. El derecho a la salud, posiblemente el más icónico de todos, no está en las constituciones de Suecia, Noruega, Islandia y Dinamarca. De las cinco naciones nórdicas, solo Finlandia tiene ese derecho a nivel constitucional.

Más de alguien dirá que este es un detalle. Pero no lo es.

En discusiones políticas es necesario hablar con la verdad y con precisión. Solo entonces los argumentos adquieren peso. En este caso, la evidencia indica que es posible tener un excelente sistema de salud pública —como Dinamarca, Islandia, Noruega y Suecia— sin que el derecho esté incluido en la Carta Magna.

Lo contrario también es cierto. Hay muchos países que, a pesar de incluir la salud pública como derecho constitucional, tienen un sistema de pésima calidad. Brasil consagra el derecho a la salud en su Carta Magna, y está clasificado por la OMS en un paupérrimo lugar 111 en el ranking de calidad de sistemas sanitarios; Chile está en el puesto 33.

Nótese que no estoy criticando la inclusión de derechos sociales en la Constitución. Lo que estoy objetando es el uso de argumentos descuidados en un debate cuyo objetivo es informar a los futuros constituyentes.

Otra idea mal hilvanada es que Chile necesita una política industrial que reduzca la dependencia en exportaciones de recursos naturales, y genere una matriz productiva más “compleja”. Según este argumento, Chile estaría atrapado por una estructura demasiado simple, donde se exportan frutas, cobre y otros recursos naturales de poco valor agregado.

Esta idea, repetida por la izquierda y promovida por el periodista Daniel Matamala, es incorrecta y puede llevarnos a políticas perjudiciales. La correlación entre “complejidad” y desempeño económico es extremadamente tenue. El Salvador, con un ingreso per cápita un tercio el de Chile, tiene un nivel de “complejidad” productiva mayor que el nuestro. Australia, con un ingreso que duplica el chileno, tiene una matriz productiva menos “compleja” que nosotros (ver “Atlas de Complejidad” de la Universidad de Harvard).

Australia y Nueva Zelandia, al igual que Chile, exportan, esencialmente, recursos naturales: hierro, cobre, oro, carbón, leche, mantequilla, lana sin procesar, vino, fruta fresca, carne.

Nuestra creciente mediocridad no tiene que ver con la matriz productiva ni con una escasa “complejidad”. El desempeño económico depende de la productividad, de la estabilidad política, de la calidad de la educación, de la calidad de las políticas sociales, del Estado de Derecho, y de la fortaleza institucional. Pero, claro, estas son cuestiones que no encantan a los jóvenes revolucionarios, con su buenismo ingenuo y su visión infantil del mundo.

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