Chile: la plataforma que busca China para insertarse en América Latina

Editorial
El Mostrador, 16.08.2021

Todo indica que Chile es cada día más importante para China, y depende cada vez más del gigante asiático y, por lo mismo, tiene cada día menos autonomía/soberanía para decidir e implementar políticas públicas que pudiesen afectar los intereses de inversiones chinas en nuestro territorio. Esto nos lleva a jugar –aun sin quererlo– en las ligas del cambio global geopolítico. En este contexto, la posible adjudicación a Aisino de la licitación del Servicio de Registro Civil no es algo baladí, porque no solo incumple con requerimientos de tecnologías biométricas exigidas en las bases, lo que violaría la seguridad de todo el sistema, sino que también la empresa china (lo que es equivalente a decir: el Estado chino) tendrá en su poder información relevante de todos los chilenos, lo que puede poner en riesgo la seguridad nacional.

China tiene hambre de Chile. Así se refiere InvestChile –la oficina gubernamental de promoción de inversiones extranjeras de nuestro país– al interés chino por invertir en nuestra nación. Además de Chile, China aparece hoy en casi todo el mundo como uno de los principales inversores extranjeros, con una notable capacidad financiera propia para sus diversificadas áreas de expansión. Lo novedoso (y que hay que atender con cuidado, por sus múltiples complejidades) es que nuestro país fue elegido como plataforma estratégica de la expansión china en América Latina, es decir, una especie de hub económico, cultural y político para desplegar su influencia global en la región.

Y esto nos lleva a jugar –aun sin quererlo, e incluso sin tener una estrategia definida y consensuada para ello– en las ligas del cambio global geopolítico, complicando nuestras relaciones con Estados Unidos y Europa, nuestros otros grandes socios comerciales y políticos.

Una licitación en curso de cédulas de identidad, pasaportes y bases de datos personales del Servicio de Registro Civil e Identificación (SRCeI), ha puesto a Aisino, un conocido consorcio chino, con una pequeña participación alemana, como primera opción de adjudicación, siendo un claro ejemplo del interés estratégico comentado. La razón es simple: hoy no da lo mismo vender manufacturas que servicios digitales o administrar bases de datos, temas que tocan el propio corazón de la seguridad nacional y para lo cual la reputación de Chile es una buena carta de presentación.

China ha tenido dificultades para insertarse internacionalmente como un proveedor confiable de servicios digitales. Recientemente, Francia, Alemania e Italia han oficiado a la Comisión Europea para que restrinjan, en este ámbito de la Unión, las operaciones que tienen hoy las empresas del gigante asiático. Por su parte, Gran Bretaña ha optado por rectificar su posición de permitir la presencia china en la provisión de 5G (básico para el internet de las cosas y la multioperación de sistemas), algo que la tenía enfrentada a sus aliados del llamado Club de los Cinco Ojos (EE.UU., Canadá, Nueva Zelanda y Australia + Reino Unido), por problemas de seguridad/geopolíticos con los chinos.

En América Latina no le ha ido mucho mejor, pese a declaraciones rimbombantes, como en el caso de Argentina. A mediados de marzo, en vísperas de un viaje a China de Alberto Fernández, se habló de acuerdos de inversión por un valor cercano a los 30 mil millones de dólares en obras de infraestructura, transporte, energía –incluso nuclear–, hoy completamente detenidas. Un extenso artículo de Patricio Giusto, director del Observatorio Sino-Argentino y profesor visitante de la Universidad de Zhejiang, publicado en El Economista el 13 de julio, sostiene que “paradojalmente, como nunca antes, Argentina está desplegando políticas contrarias a los intereses de China”. Y detallaba una larga lista de proyectos postergados, y las dificultades que enfrentan las empresas chinas en ese país. De ahí la importancia estratégica de Chile para la geopolítica del gigante asiático.

Volviendo a mirar a Chile y la posible adjudicación a Aisino de las licitaciones del SRCeI, el proceso se encuentra impugnado y judicializado ante el Tribunal de Compras Públicas, por irregularidades en la admisibilidad, pues la empresa china no habría cumplido satisfactoriamente los requerimientos de las tecnologías biométricas exigidas en las bases. Específicamente, su incumplimiento técnico permitiría que los registros de personas en el sistema ofertado se pudieran repetir muchas veces usando otros datos, violando así la seguridad de todo el sistema.

Un problema recurrente atribuido a las empresas chinas proveedoras de sistemas digitales, es que no protegen los datos de sus clientes, los manipulan y los aplican a doble uso, prohibido o ilegal. En julio de 2020, la Agencia Federal de Investigación de Estados Unidos (FBI) emitió un alerta de ciberseguridad, indicando que el software para pago de impuestos que el gobierno chino obliga a usar a las empresas extranjeras en China, tiene un malware (software malicioso) que abre una “puerta trasera” en los sistemas de esas compañías para obtener información privada o reservada, desde el año 2018. Esto corresponde a Baiwang y Aisino, únicos proveedores autorizados de servicios de software fiscal para el pago de impuesto al valor agregado (IVA) en China.

Consultado el vicepresidente de Aisino, Ma Zhenzhou, por la prensa chilena el 2020, respecto a la postulación china a la licitación en el SRCeI, sostuvo que “los que deben comprobar algo son los que han publicado un hecho falso (…).” “Somos un consorcio chino-alemán que invierte en distintos países y, en el caso de Chile, creemos que podemos hacer un aporte desde nuestra experiencia (…). Tenemos como socio estratégico a la empresa de tecnología alemana Mühlbauer, lo que representa un doble nivel de seguridad para Chile”.

Pero hoy el argumento del vocero de Aisino está desvirtuado, al conocerse que toda la biometría –dactilar, facial y de iris– del proyecto para el SRCeI, corresponde a empresas chinas, y que Mühlbauer, la firma alemana, solo proveerá los plásticos y, por lo tanto, nada tiene que ver con los registros de seguridad.

Por otro lado, la sola mención de un defecto de carácter biométrico en los registros del Registro Civil, pone en riesgo inmediato el Programa de Visa Waiver de que gozan hoy los ciudadanos chilenos para ingresar a los EE.UU.

El interés chino en Chile tiene que ver tanto con comercio y prestigio como con geopolítica global. En el sector eléctrico las inversiones chinas son abrumadoras. La compra de Chilquinta y de la Compañía General de Electricidad (CGE), por parte de State Grid International Development Limited (SGIDL), filial internacional de tal vez la principal eléctrica estatal de China, dejó más del 60% del mercado nacional de distribución eléctrica en manos de esta empresa. Y van por más: Transelec, Atiaia Energía, la generadora Pacific Hydro, a lo que hay que agregar las inversiones en energías renovables a través de tres empresas: JA Solar, Yingli Green Energy Holding Company y Envision Energy.

Todo esto, sin objeción conocida de parte del regulador chileno, que permite que los millones de consumidores conectados a esas distribuciones sean traspasados como ganado de una compañía a otra, bajo una legislación que les asegura a las empresas una ganancia por ley.

En salud, Sinovac instalará una planta de Fill & Finish para aportar una parte de la cadena de producción de más de 60 millones de dosis de la vacuna Coronavac, y construirá un centro de I+D en Antofagasta, para mejorar sus vacunas, donde –según se ha dicho– colaboraría con las Universidades de Chile y de Antofagasta.

Y agreguemos a Tianqui en el litio. Además, no se descarta –según antecedentes que han circulado– que los chinos tengan como objetivo los puertos de nuestro país, y que estén detrás del resistido proyecto minero portuario Dominga y de obras de infraestructura como el Túnel binacional (Chile/Argentina) de Aguas Negras, en la IV Región.

En el mapa de poder de China, nuestro país está al Este (solo nos separa del gigante asiático el Océano Pacífico), lo que proyecta un enorme significado a nuestra política oceánica, en la extensión del llamado collar de perlas chino, red de bases militares y puertos que aseguren sus redes extensas de abastecimiento de materias primas y control de mercados.

Chile tiene una posición de prestigio internacional, pero no la cuida, y ese interés nunca ha recibido una atención de análisis estratégico por parte del Estado chileno, más allá de sus beneficios comerciales. China concentra la mayor parte de las importaciones de todo tipo que llegan al país, es el mayor comprador de nuestros minerales, provee 5G, controla la distribución eléctrica, tiene bancos en Chile, está en electromovilidad y ahora podría controlar el Registro Civil –lo que le daría acceso a parte importante de la información relevante de todos los chilenos–. No es poco para un país en que todas sus empresas, públicas o privadas, se someten a una regla de dependencia soberana con el Estado chino, y que en realidad es control del Partido Comunista a través de sus diversas comisiones.

Empresas que van por el mundo, además, exigiendo “inmunidad soberana” a los países, como podría ser el caso de Aisino, de acuerdo a sus reglas de creación. Ello las lleva comúnmente a conflictos con las legislaciones de las naciones donde operan, en temas que los incomodan, como laborales, equidad de género, medio ambiente o derechos humanos, que no son parte de su cultura corporativa.

Con lo dicho, todo indica que Chile tiene, cada día que pasa, menos autonomía/soberanía para implementar en el futuro políticas públicas que pudiesen afectar los intereses de inversiones chinas en esta larga y angosta faja de tierra. Y nuestras autoridades nada dicen al respecto, y no existe una conversación seria multisectorial para establecer políticas y directrices que permitan delimitar qué hacer. Porque las inversiones son, en general, buenas noticias para Chile, pero en la medida que no signifiquen renunciar a la autonomía/soberanía nacional.

Acostumbrados a una economía de directrices estatales y funcionarias, China en realidad no se comporta como una economía de mercado, sino como una extraña mezcla de “ética oriental y ciencia occidental”, una en que el individualismo no existe, sino donde todo es redes de parentesco y clientelismo local, además de sujeción al poder autocrático del partido gobernante. Según Lu Xun –uno de los intelectuales del Movimiento del Cuatro de Mayo, y uno de los impulsores del nacionalismo chino en 1919–, el problema de la civilización china es que se trata de “una cultura forjada alrededor de la sumisión a los amos, que triunfan a costa de la miseria de las multitudes”. A ese Movimiento también perteneció Mao Zedong, aunque pronto dejó la filosofía para pasar a las armas.

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