Cuba y Chile: dos modelos económicos

Columna
Diario de Cuba, 26.03.2021
Rafaela Cruz

Mientras en la economía de Chile prima el empresario, en la economía de Cuba prima el político

Lo primero es exorcizar este artículo de cualquier halago a la dictadura pinochetista, que sí, sacó al país de la senda institucional que prevalece en Latinoamérica y parece destinarla al subdesarrollo; pero lo hizo con violencia, aun cuando el costo humano fue mínimo comparado al de otras asonadas militares. Toda dictadura es perversa, corrupta y moralmente execrable. De hecho, probablemente esa génesis violenta sea la que esté impidiendo se profundice el modelo y amenaza dar al traste con él.

Siendo imposible en tan poco espacio pormenorizar las divergencias entre Chile y Cuba, concentrémonos en su núcleo, la diferente relación de cada sociedad con la riqueza: mientras el país austral estimula su creación, la isla caribeña prioriza la redistribución.

Desde esa diferente relación con la riqueza se desencadenan circunstancias que permean la política, la institucionalidad, la cultura y la idiosincrasia de cada pueblo definiendo su reciente devenir.

Chile prima al empresario —el creador de riqueza— que, arriesgando, intenta sacar adelante un proyecto en un proceso vivo de selección entre los antagónicos fines que se les puede dar a los escasos recursos económicos. Mediante éxitos y fracasos particulares, este proceso orienta hacia dónde debe encaminarse la economía como un todo para satisfacer necesidades y preferencias de la sociedad.

Cuba prima al político —el redistribuidor de riqueza—, el cuadro que ha logrado su estatus no intentando servirle a la gente ofreciendo algo que voluntariamente esta quiera —que es el único modo que tiene de prosperar un empresario honesto—, sino sirviendo al intereses del Partido de mantenerse en el poder a toda costa, subordinando la economía a las necesidades y preferencias del Partido, no de la sociedad.

El modelo cubano no ha podido desarrollarse en base a la miseria que logra crear, y se ha sostenido vampirizando recursos de otros pueblos mediante perversas alianzas con dictaduras afines. Mientras, el modelo chileno ha emprendido el empinado y a veces espinado —pero único— camino hacia el desarrollo sostenible: aumentar constantemente la tasa de inversión de capital con base en el ahorro, para tener cada vez más y mejor tecnología, infraestructura, maquinaria y know-how.

La diferente relación institucional y cultural con la riqueza ha traído clarísimas consecuencias que se hacen concretas en el impresionante skyline de Santiago de Chile y la ruinosa Habana; abarrotados supermercados hasta en la Patagonia y desolados agromercados carentes incluso de boniatos o calabazas nacionales en La Habana; centros comerciales pululando de gente comprando lo que quiera y centros comerciales llenos de colas de gente tratando de comprar lo que malamente puedan.

Pero más allá de estás superficialidades, mientras en los últimos 30 años Cuba no ha logrado recuperar los niveles productivos alcanzados en los 80 gracias al subsidio soviético y su población vive una chiclosa penuria, el PIB chileno se ha multiplicado varias veces llegando a 300.000 millones de dólares, con lo que el chileno promedio pasó de ingresar menos de 1.500 dólares a 16.000 dólares anuales.

Y lejos de la imagen de país en crisis social que traslucen las manifestaciones violentas de una parte importante de la población chilena —cuyas causas se imbrican en la sociología más que en la economía, en lo emocional más que en lo racional—, el modelo chileno es muy parecido al alemán en cuanto a preocupación social. Los números desmitifican aquello de que Chile ha alcanzado su estatus económico sacrificando el bienestar de las mayorías y solo en beneficio de una elite heredera de la dictadura. Contrario a lo que dice la propaganda de la izquierda latinoamericana, el Gobierno chileno invierte en salud y educación a niveles muy parecidos a los de Cuba, superándola en algunos aspectos. Y a eso se suma toda la oferta de educación y salud privada, inexistente en la isla antillana.

El resultado último de ambos modelos, más allá de estadísticas frías y demagogia política, se resume en la respuesta a dos simples preguntas: ¿En qué modelo quiere vivir la gente? ¿De cuál modelo huye en masa?

Aun tras el éxodo que provocó la represión pinochetista, solo el 3,4% de los chilenos vive fuera; mientras que de Cuba, aun cuando durante décadas emigrar era un crimen penal y social, se ha largado el 15% de su población. Y si casi un millón de extranjeros ha optado por vivir en Chile, en Cuba oficialmente hay solo 4.400 extranjeros, muchos de ellos jubilados que maximizan su pensión capitalista en el paraíso socialista junto a alguna indígena "de las más cultas del mundo".

Chile demuestra que lo que saca a los pueblos de la miseria es la creación de los empresarios, no la redistribución de los políticos.

Como proféticamente advirtió Fidel Castro, Cuba se convirtió en el faro de América, y cualquier marinero sabe que en medio de la tormenta los faros señalan, precisamente, de donde hay que alejarse para no encallar.

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