De embajadas, plataformas y algo llamado intereses nacionales

Columna
El Mercurio, 12.06.2020
Juan Pablo Toro V., director ejecutivo AthenaLab

Gran revuelo ha causado la medida de la Cancillería de ordenar el cierre de cinco embajadas. Quienes creen que los funcionarios estatales tienen el monopolio de las relaciones internacionales (cuando hoy existen muchos actores) y minimizan la importancia de la diplomacia digital (cuando el teletrabajo avanza en todos los campos), al parecer no conciben que los países de vez en cuando puedan recalibrar su presencia en función de nuevas realidades.

Por otra parte, el Presidente argentino, Alberto Fernández, anuncia un proyecto de ley que contempla establecer los límites de la plataforma continental, lo cual, sabemos, vulnera territorios chilenos y contraviene el Tratado de 1984. Sobre este punto no hay excanciller que no esté de acuerdo en considerar inaceptable esa maniobra de Fernández, que se suma a recurrentes desaires políticos.

Entonces, en un caso se evidencia la falta de consenso sobre eso que se denomina “política exterior de Estado”, mientras en el otro parece que esa unanimidad nunca se hubiera ido. De lo que habla todo esto es de la necesidad de contar con un punto de referencia claro para movernos por el mundo y que tiene que estar dado por el interés nacional.

Es un concepto desarrollado a mediados del siglo pasado por Hans Morgenthau que apela a la integridad del territorio de un país, de sus instituciones y su cultura. Con el tiempo, esa definición se ha ampliado para incluir realidades globales, puesto que los intereses de un país pueden estar muy lejos de su suelo, como lo saben quienes dependen del comercio internacional y requieren de la cooperación para promoverlos.

Si bien hay intereses nacionales que evolucionan con el tiempo, otros permanecen. La mantención de la integridad territorial, la independencia política o la integración con el mundo, son ejemplos de intereses que perduran. Lo que cambia es el contexto en el cual interactúan. Guiados por una estrategia de relaciones exteriores, los diplomáticos debieran ser individuos que tengan una visión clara de los intereses nacionales y sean capaces de impulsarlos en un ámbito internacional determinado e incluso procurar ciertos márgenes de estabilidad para los mismos. Para ello pueden ocupar embajadas o nuevos medios.

Cuando existan intereses contrapuestos, como con Argentina, intentarán buscar soluciones por medios políticos y no violentos. Cuando vean que hay regiones del mundo que presentan nuevos dinamismos, identificarán oportunidades y orientarán hacia ahí nuestra presencia en función de recursos que son siempre limitados.

La política exterior no se puede basar en abstracciones o en la suposición de las buenas intenciones de los demás; los intereses nacionales son el principio y el fin. Sería un buen momento para que Chile defina cuáles son y cómo hará para promoverlos en esta década que comienza nada menos que con una pandemia global.

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