La apuesta de Netanyahu

Editorial
El Mercurio, 06.07.2020

El Premier de Israel, Benjamin Netanyahu, acostumbra apostar fuerte. Su política de anexión de territorios de Cisjordania quedó en suspenso, pero podría estar dispuesto a seguir con su plan apenas Donald Trump le dé la luz verde.

La fecha para la anexión estaba prevista para el 1 de julio, pero la reticencia de Washington, la oposición de excomandantes de seguridad israelíes y las advertencias de líderes europeos y árabes lo han hecho demorar la acción; sin embargo, Netanyahu no contempla archivar su promesa de campaña. Su socio en el gobierno, su exrival Benny Gantz, es contrario a actuar unilateralmente: prefiere coordinarse con Jordania y los palestinos. Y el rey jordano ha dicho que podría rescindir los acuerdos de paz con Israel si persiste en la acción, la cual provocaría “un conflicto masivo”.

La anexión supone imponer la soberanía y aplicar las leyes israelíes a los territorios ocupados de Cisjordania, violando resoluciones de la ONU que obligan a Israel a volver a las fronteras de 1967, antes de la ocupación militar, y que consideran ilegales los asentamientos. El Premier israelí argumenta que esas son las tierras “donde nació y creció la nación judía”. La seguridad del Estado de Israel depende, a su juicio, del control sobre esa porción de la zona. Los excomandantes no piensan lo mismo.

Con Trump en la Presidencia, Netanyahu ganó un aliado inestimable. El Presidente norteamericano avaló la incorporación de las colonias y los lugares aledaños en su “Acuerdo del Siglo”, que presentó en enero su yerno, Jared Kushner, como la solución al largo conflicto entre israelíes y palestinos. La propuesta reconoce soberanía israelí en grandes porciones de Cisjordania (hasta el 30 por ciento del territorio), donde están las colonias, que no podrían seguir expandiéndose; la creación de un Estado palestino, y la indivisibilidad de Jerusalén, aceptando, eso sí, que ciertos suburbios queden bajo la autoridad palestina.

Ya al lanzarse, los palestinos y el mundo árabe rechazaron el plan, y han sido categóricos en oponerse a esta nueva movida de Netanyahu, quien tiene varias razones para tratar de apurar esa anexión. La más importante es que nada le asegura que su aliado Trump siga en la Casa Blanca, y si Joe Biden gana en noviembre, probablemente se alejaría de la propuesta de Kushner, para buscar una salida acorde con la sensibilidad demócrata, más ecuánime con los palestinos.

Procesado por corrupción, Netanyahu enfrenta además difíciles circunstancias internas. Luego de tres elecciones en un año, en las que no obtuvo mayoría para gobernar en solitario, recién pudo en mayo formar un gobierno con su competidor, más moderado, acordando compartir el cargo. Gantz asumirá en noviembre de 2021 como Premier.

 

Difícil frente externo

En el frente exterior, aparte de las condenas del mundo árabe, el gobierno israelí ha sido criticado desde la Unión Europea. El ministro alemán de RR.EE. fue categórico al decir que, con este plan, “Israel amenaza la estabilidad de todo el Medio Oriente”. La Cancillería chilena sostuvo que la anexión “revestiría serias e impredecibles consecuencias” para una salida “justa y pacífica, obstaculizando aún más... una solución de dos Estados y una paz sustentable entre Palestina e Israel”.

La histórica rivalidad entre israelíes y palestinos debe llegar a su fin de la mejor manera posible para ambas partes. Israel tiene derecho a resguardar su seguridad, tantas veces puesta en riesgo por ataques terroristas de extremistas árabes, violencia urbana y amenazas de guerras externas (como el conflicto sirio o una agresión iraní). Los palestinos, por su parte, merecen tener un Estado soberano, que sea parte de la comunidad internacional, con todos los derechos y garantías para sus ciudadanos. Hay que desescalar la situación y que las partes adopten una postura más proclive a negociar. Para ello, cabe descartar el uso unilateral de la fuerza para anexar territorios. Netanyahu no hace fácil esa tarea.

 

¿Superará Putin a Stalin?

El Presidente de Rusia puede convertirse en el gobernante que más años permanezca en el Kremlin, gracias a las enmiendas constitucionales ratificadas en referéndum. En realidad, Vladimir Putin no necesitaba del voto popular para promulgar las reformas —que lo habilitan para nuevas reelecciones—, pues el Parlamento dio el visto bueno hace meses. Este moderno zar quiso legitimar la opción, y recibió un apoyo de más de tres cuartos de los votantes.

Para que Putin pueda sobrepasar a Josef Stalin en términos de años en el poder, tiene que ganar al menos la elección de 2024. La recesión económica (consecuencia de la caída del petróleo y de las sanciones internacionales por la invasión a Ucrania) y los desastrosos efectos de la pandemia pueden jugarle en contra.

Después de años de altísima popularidad —más del 80 por ciento en momentos de extremo nacionalismo, como la anexión de Crimea—, Putin ha caído en aprobación, aunque registra niveles envidiables para cualquier político occidental. Una de las últimas mediciones le da el 59 por ciento, y el resultado del referéndum eleva esa cifra.

Con su poder consolidado, un régimen autoritario que ha construido a su medida y una oposición perseguida y diezmada, puede soñar con que su mandato se prolongará hasta 2036. Pero podría ocurrir que en estos años su aura se vaya desgastando y los rusos (en particular las nuevas generaciones), con aspiraciones más democráticas, le den la espalda.

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