‘La crisis de las izquierdas renovadas o socialdemócratas está en la base del estallido’

Entrevista [José Rodríguez Elizondo, abogado, periodista y escritor]
El Líbero, 02.02.2020
Mariela Herrera

«Sin una buena docencia ciudadana, es muy difícil internalizar la convicción de que la policía es un factor vital para la paz y seguridad» señala el abogado y académico al analizar la actual crisis del país. En ella encuentra, además, paralelos con lo ocurrido el 73. Dice que ve el mismo «descuido de los valores democráticos y la pretensión de que la polarización puede permitir un mejor gobierno de reemplazo».

Como si hubise sido una profecía, el año pasado José Rodríguez Elizondo lanzó su libro «El día que me mataron» (Editorial Catalonia) en el que relata, entre otros pasajes, sus vivencias del 73. Y justamente la crisis de entonces es la que ha recordado en estos últimos meses tras el estallido del 18 de octubre.

«Hay muchos paralelos, sobre todo en el clima de tensión y depresión que nos afecta como ciudadanos de a pie. En lo estrictamente político está el descuido de los valores democráticos y la pretensión de que la polarización puede permitir un mejor gobierno de reemplazo», comenta .

Rodríguez Elizondo, quien próximamente será columnista estable de El Líbero, no solo se refiere a esas semejenzas -«que muchos quieren ignorar», dice- sino que al rol de las Fuerzas Armadas y cómo es necesario cuidar la democracia.

 

-En la columna que publicó el viernes en El Mercurio, usted plantea «los silencios del estallido». ¿Cuál son esos silencios?

-En síntesis, los silencios del estallido son los que atañen a la relación civil-militar y su efecto en la gobernabilidad. Pero, con o sin estallido, Chile sigue siendo el país donde los temas estratégicos se miran y no se tocan. Basta decir que se trata de un “tema de Estado”, para que todos entendamos que solo puede debatirlos un grupete y en silencio. Tanto es así, que hace poco escuché decir a un periodista que «los militares hoy no son tema». Y ese es el tema, precisamente.

 

-¿Cómo está hoy esa relación civil-militar?

-Para sintetizarla, a nivel de comandantes en jefe del Ejército, fue una relación tensa mientras estuvo Pinochet y fue progresando, lenta pero segura, entre los dos Izurieta, Ricardo y Oscar. Tuvo su mejor momento cuando el general Cheyre coexistió con el Presidente Ricardo Lagos y se emitió la Ordenanza General del Ejército. Después vino un período “de meseta” -administración de lo logrado-, que desembocó en una etapa de franca regresión, a fines del gobierno de Michelle Bachelet. En eso estamos hoy.

 

-¿Qué factor cumplen los uniformados hoy en el Chile post 18 de octubre?

-En este momento son la clásica “fuerza callada” de la sociología política, cuyos actos y silencios corresponde interpretar a los responsables políticos. Pero, dado que la relación está en modo “regresión”, veo a éstos sin iniciativas ni políticas funcionales. Solo asoman iniciativas focalizadas, para aprovechar a los militares como fuerza de apoyo logístico en puntos fronterizos o para resguardar la seguridad de sitios considerados estratégicos.

Los militares se autocontrolaron al máximo durante los días del estado de excepción. Su rol fue, más bien, de disuasión simbólica».

 

 -«Sacar los militares a la calle» es una frase que se repite de tanto en tanto en medio de la crisis. ¿Considera que el estado de excepción funcionó en los primeros días del estallido? Con el rebrote de la violencia que hemos visto ahora, ¿podríamos vivir una situación similar? ¿Le parecería adecuado?

-Esa frase viene de la desesperación o la angustia de los civiles más directamente afectados por el estado de subversión instalado. Refleja un procesamiento simple: la fuerza del Estado está para imponer el orden y, si los carabineros no pueden hacerlo, que salgan los militares. Sin embargo, tras ese razonamiento simple hay un silencio  complejo. Se calla que el rol de esos militares en las calles no sería repartir lumazos, sino combatir como si estuvieran frente a un enemigo externo, con una cantidad enorme de víctimas chilenas. Creo que por eso los militares se autocontrolaron al máximo durante los días del estado de excepción. Su rol fue, más bien, de disuasión simbólica.

 

-Isidro Solís planteó hace unos días: «Un Estado que es capaz de parar 140.000 hombres en armas se rinde ante 2.000», señalando que son pocos los violentistas que tienen en jaque el normal funcionamiento del país. ¿Es ese el camino?

-Creo que eso corresponde al mismo razonamiento simple, pero cuantificado. Aritméticamente, parece claro que 140.000 soldados deben derrotar a todas las “primeras líneas” del país. Pero, políticamente, se ignora cuál sería la estrategia de los dirigentes de los violentistas, se soslaya la cantidad previsible de bajas mortales y se oculta la posición internacional en que quedaría el gobierno. En resumidas cuentas, la situación es tan compleja, que si la gobernabilidad es muy difícil con estallido, quizás sería imposible con combate militar en las calles.

 

-Usted ya «viene de vuelta» desde el mundo de la izquierda. ¿Cómo ve el rol que ha tenido ese sector en esta crisis? 

-Como “extremista de centro”, parto de la base de que sin derechas e izquierdas responsables no hay sistema democrático autosustentable. Por eso he dedicado mucho tiempo y dos libros monográficos al tema de la inserción de las izquierdas en los sistemas políticos: la crisis de las izquierdas de los años 60-70 y la renovación de las izquierdas de los años 80-90. Ahora debiera escribir uno sobre la crisis de las izquierdas renovadas o socialdemócratas, que está en la base del “estallido”. A mi juicio, esta última crisis ensambla con la crisis de la representatividad, el repudio a los partidos políticos y el decaimiento de la propia democracia. No es poca cosa.

 

 -¿Cómo cree que se da la relación entre esas izquierdas en crisis y los militares?

-El tema de las izquierdas se cruza con el de la relación civil-militar, desde dos posiciones extremas y simbólicas. Por un lado, la posición realista de Friedrich Engels, en el siglo 19, para quien civiles derrotando a un ejército profesional era “la mayor rareza” de la historia. Por otro lado, la posición voluntarista de Fidel Castro y el Che Guevara, para quienes bastaba “un puñado de hombres decididos” para derrotar a cualquier ejército. La historia de la región y la nuestra en particular, dice que debiéramos leer más a Engels que a los líderes cubanos. Me temo que no es así.

Creo que ningún régimen, democrático o no, puede defenderse solo, mediante discursos, movilizaciones, cadenas mediáticas u otras medidas políticas ad-hoc».

 

 -Si ese mismo sector vivió cómo se destruía la democracia y muchos fueron víctimas de la dictadura. ¿Por qué cree que no se ve una actitud más clara en estos días para defenderla?

-La verdad es que no se puede hablar de “ese mismo sector”, pues cambió el contexto. Las izquierdas de la Unidad Popular actuaron en el marco de la guerra fría, hostilizadas por los EE.UU. de Richard Nixon, tironeadas entre Cuba y la Unión Soviética y con Salvador Allende como precursor del eurocomunismo. Como en la fábula de los conejos que discutían si sus perseguidores eran galgos o quiltros, esto produjo una dura polémica al interior de las izquierdas, muy funcional a la oposición de centroderecha y a la estrategia de los Estados Unidos. Tras el golpe, la renovación de las izquierdas permitió que parte de ellas viera claro ese pasado, asumiera que cualquier democracia es mejor que una dictadura y que había que cuidar la fuerza del Estado. Pero ese escarmiento duró lo que duró la Concertación y las causas son muchas.

 

 -¿Cómo cuáles?

-Asigno mucha importancia al déficit en la enseñanza de la Historia de Chile y a la falta de docencia de los dirigentes políticos al interior de sus partidos. De hecho, delegaron la captación y formación de cuadros en las universidades y se ensimismaron en la lucha por cuotas de poder. Doble error: descuidaron la formación doméstica de líderes democráticos y contaminaron el rol de las universidades. Desde el punto de vista de la realpolitik, también asigno importancia a la desaparición de la Unión Soviética. Como superpotencia con responsabilidades globales, tenía cierto control sobre las izquierdas sistémicas, que contrapesaba el de Castro sobre las izquierdas díscolas. Esa influencia que tenía la URSS, hoy la tiene Nicolás Maduro.

 

 -¿Por qué el tema del orden interno, algo básico para el funcionamiento de la democracia, no se ha podido garantizar?

-En parte por lo dicho. Sin una buena docencia ciudadana, es muy difícil internalizar la convicción de que la policía es un factor vital para la paz y seguridad ciudadanas. Es más fácil aceptar las viejas tesis clasistas que la encasillan como guardián de los “cuicos”. Más importante, quizás, fue la corrupción de altos oficiales del Cuerpo de Carabineros, visibilizada durante el gobierno de Michelle Bachelet. Comparativamente, nuestros carabineros eran un paradigma de honestidad a nivel regional y aquello fue un baldazo de basura que cayó sobre todos los efectivos. Puede agregarse la forja apresurada de nuevos mandos, los déficit de instrucción, la percepción externa de su debilidad y la sensación de que el gobierno no se siente responsable por esa debilidad.

 

-Usted en su columna dice que hay quienes plantean que «las democracias en estado de desencanto pueden defenderse solas». ¿Lo pueden hacer? ¿Quién las defiende?

-Creo que ningún régimen, democrático o no, puede defenderse solo, mediante discursos, movilizaciones, cadenas mediáticas u otras medidas políticas ad-hoc. La fuerza institucional existe para eso, para defender la institucionalidad como ultima ratio del Estado. Según autopregunta del dictador inglés Oliver Cronwell “¿Nueve ciudadanos de cada diez me odian? ¿Qué me importa si solo el décimo está armado?”… De ahí, precisamente, la necesidad de una relación civil-militar cuidadosa en sus propios términos. Esto es, de subordinación al poder democrático y de respeto de éste a la profesionalidad de la fuerza.

 

-Recientemente usted lanzó sus memorias «El día que me mataron» donde recuerda muchos pasajes, pero se centra en aspectos del 73 y posteriores. ¿Surgen paralelos entre ese momento de la historia y el que estamos viviendo?

-Hay muchos paralelos, sobre todo en el clima de tensión y depresión que nos afecta como ciudadanos de a pie. En lo estrictamente político está el descuido de los valores democráticos y la pretensión de que la polarización puede permitir un mejor gobierno de reemplazo. En todo caso, percibo que a muchos, demasiados, interesa más ignorar estos paralelos.

 

 -Usted se define como un «veterano del 73». Lo persiguieron, vivió en el exilio, pero en una entrevista declaró que en ese entonces «a nadie se le ocurría destruir el país». ¿Por qué ahora sí ocurre?

-Creo que antes existía un mínimo común denominador de patriotismo. El Partido Comunista lucía la bandera de Chile en sus grandes actos de masas. A nadie se le ocurría trapear el piso con ella, hacer parodias del himno nacional o vandalizar monumentos. Por eso, si bien hubo atentados terroristas –torres de alta tensión, por ejemplo-, ninguno tuvo por objetivo destruir sitios urbanos, incendiar iglesias y edificios o saquear supermercados. Como excepción minoritaria, recuerdo que el MIR asaltaba bancos en la época de Frei Montalva, con el rótulo de “expropiaciones”.

 

-¿Qué rol cree que le corresponde a los dirigentes políticos hoy en día (de lado y lado)? ¿Cuál es la mayor responsabilidad que tienen?

-Del gobierno espero una mejor conceptualización política y una dosis de carisma en la medida de lo posible. De los políticos profesionales espero que estudien sin anteojeras ni asesores lo que sucedió en 1973, que actúen con patriotismo, que observen los efectos del repudio a sus colegas en otros países y que dejen de lado sus juegos de poder. En estos momentos de democracia debilitada, son “jueguitos” de alto riesgo para Chile y para ellos mismos.

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