La pretensión marítima de Argentina: la ambición mató al gato

Columna
El Mostrador, 30.08.2021
Richard Kouyoumdjian Inglis, vicealmirante (r) y vicepresidente de AthenaLab

Argentina trató, por la razón y la fuerza, de imponerse sobre Chile y el Reino Unido en su búsqueda de los territorios que le dieran derechos antárticos. Algo logró con el TPA del 84, pero, como querían más, la ambición los mató. Su versión de la PCE pasó a llevar derechos soberanos chilenos y británicos y, después –en lo que se puede considerar la gota que rebalsó el vaso–, indicaron que el estrecho de Magallanes y el Mar de Drake eran espacios marítimos compartidos. En buena hora Chile despertó y de un solo golpe los dejó nocaut, un golpe que Sebastián Piñera debe estar saboreando, pues es quizás la acción más relevante que ha ocurrido en lo que a relaciones exteriores se refiere en muchas décadas.

Una simple carta de navegación en que se actualizaba, entre otras cosas, la plataforma continental que genera el territorio chileno, fue el nocaut último que sepulta los títulos de propiedad que Argentina cree tener sobre la Antártida.

En fin, pobres argentinos. Pensaban que con su último esfuerzo, el cual generaba una plataforma continental extendida (PCE) muy creativa y que incluía una uñeta que pasaba a llevar el punto F de la delimitación marítima acordada en el “Tratado de Paz y Amistad” de 1984, y que se conoce como el TPA, habían logrado finalmente justificar la soberanía que dicen tener en el continente antártico.

Porque era importante para ellos, porque ahora sí creían tener los papeles en orden, pero al tener neutralizado el esfuerzo creativo que realizaron para justificar la PCE, los derechos que dicen tener se vieron notablemente disminuidos y quizás, por qué no decirlo, puede que hayan quedado sin nada que justifique o genere derechos de propiedad en la Antártida.

Argentina trató, por la razón y la fuerza, de imponerse sobre Chile y el Reino Unido en su búsqueda de los territorios que le dieran derechos antárticos. Algo logró con el TPA del 84, pero, como querían más, la ambición los mató. Su versión de la PCE pasó a llevar derechos soberanos chilenos y británicos y, después –en lo que se puede considerar la gota que rebalsó el vaso–, indicaron que el estrecho de Magallanes y el Mar de Drake eran espacios marítimos compartidos.

Eso y lo anterior gatilló la reacción de Chile, una reacción que pasó por algo simple: la actualización de una carta de navegación que incluyó la plataforma continental de 200 millas, y en donde la que genera Diego Ramírez los dejó sin uñeta y, peor aún, sin proyección a la Antártida. Se les había olvidado que el TPA limitaba o regulaba la zona económica exclusiva, no así la plataforma continental, en donde la plataforma continental normal pesa y vale más que la extendida. Algo les falló en su estrategia, la que siempre fue débil y basada en quintas derivadas.

No se extrañen que nos prometan las penas del infierno, nos acusen de imperialistas y otros adjetivos de alto calibre. Buscarán por todos lados reducir nuestra autoridad moral y decidir que estamos usurpando sus derechos soberanos, pero ello de nada les servirá. Pasaron los tiempos en que eran superiores a nosotros. Chile hoy en día pesa más que ellos y tenemos una Cancillería que ha entendido que la diplomacia no es un fin sino un medio para lograr los objetivos nacionales. En buena hora Chile despertó y de un solo golpe los dejó nocaut, un golpe que Sebastián Piñera debe estar saboreando, pues es quizás la acción más relevante que ha ocurrido en lo que a relaciones exteriores se refiere en muchas décadas.

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