Mala praxis diplomática en medio de la pandemia

Columna
La Nación, 29.04.2020
Carlos Pagni

La pandemia contaminó a la política de un dramático cortoplacismo. El futuro queda ahora a semanas de distancia. La unidad de medida temporal es la cuarentena. Contra ese horizonte tan incierto se destaca todavía más una decisión de Alberto Fernández relativa al largo plazo. Suspendió la participación de la Argentina en las negociaciones comerciales del Mercosur con otros bloques o países, salvo con Europa. La concepción que lo impulsa no debe sorprender. Fernández pertenece a una coalición proteccionista, por su forma de pensar la economía y por sus alianzas sectoriales. Él y su grupo están ligados a sectores que, para sobrevivir, necesitan que el Estado los proteja de competidores extranjeros. En cambio, lo que sí resulta inesperado es el método que siguió el Gobierno para poner en práctica su idea. Porque lo que se resolvió en la reunión del viernes pasado no fue aislar al país de economías con las que aún no está integrado. Se resolvió aislarlo del Mercosur. Sobre todo, del mercado brasileño. Tal vez no haya que asombrarse con esta determinación. Se inscribe en un contexto general de mala praxis que hoy deteriora toda la política exterior.

Mala praxis significa que los desaciertos son consecuencia de una impericia y no de un razonamiento más o menos opinable. La participación del Presidente en el Grupo de Puebla pertenece a este tipo de equivocación. Esa liga de dirigentes se reunió el 10 de abril y emitió un comunicado en el que elogió a una sola administración de América Latina: la de Alberto Fernández. Es lógico: es el único gobierno que tiene una participación oficial en el grupo. Los demás integrantes son opositores a quienes ejercen el poder en sus países. Hasta el mexicano Andrés Manuel López Obrador envía allí a dirigentes partidarios, no a funcionarios públicos.

A Fernández no le alcanza con intervenir en las reuniones. Se hace escoltar por el canciller Felipe Solá. Quiere decir que lo que dice y, sobre todo, lo que firma no es la posición del peronismo, del kirchnerismo, o del albertismo. Dice y firma la República Argentina. Para comprender el significado político de esta participación ayuda mucho leer la última declaración. Allí se acusa a Jair Bolsonaro, el presidente del principal socio del país, de cometer con su gestión de la epidemia un crimen de lesa humanidad. Se castiga a Sebastián Piñera, también con nombre y apellido, por, según los firmantes, haber cargado el costo de la crisis económica sobre los más vulnerables. Se censura a los Estados Unidos y a la Unión Europea, integrada hasta donde se sabe por algunos amigos de Fernández, por presionar por la democratización de Venezuela. Se acusa al presidente de Ecuador, Lenín Moreno, de perseguir en la Justicia a su antecesor Rafael Correa, que también suscribe el documento. Y, entre otras apologías y rechazos, se defiende a China de las acusaciones de Donald Trump. Quiere decir que el Presidente y el canciller argentinos entraron en conflicto, en solo un par de horas, con los gobiernos de Brasil, Chile, Ecuador, los Estados Unidos y la Unión Europea. Aun nadie explicó en qué estrategia hay que enmarcar esa decisión.

Mientras se aguarda que alguien lo descifre, sigue valiendo el tuit del politólogo Javier Caches, para quien "un club de opositores regionales en el cual Alberto es el único miembro con poder real, más que un club es una trampa". No hay que ser tan alarmante. Lo más probable es que sea una manifestación de afecto hacia un amigo: el chileno Marco Enríquez-Ominami, conocido en su país como ME-O. Hijo carnal del guerrillero Miguel Enríquez, muerto por la dictadura de Augusto Pinochet, Enríquez-Ominami se crio en Francia al amparo de su abuelo materno, el demócrata cristiano Rafael Gumucio.

El apellido Ominami lo adoptó del exesposo de su madre, el exsenador Carlos Ominami, un prestigioso líder del socialismo chileno y amigo de Alberto Fernández desde 2003, cuando integraban una liga de partidos progresistas. Marco Enríquez-Ominami constituyó su propio partido, en disidencia con Michelle Bachelet, y compitió por la presidencia de su país con escasísimo éxito. Logró lo que se creía imposible: irritar al mismo tiempo a Bachelet y a Piñera. También profesa un ecumenismo positivo: en 2015 se acercó a Mauricio Macri. Y participa, junto a su esposa, la presentadora televisiva Karen Karen Doggenweiler, de la agrupación La Cultura del Encuentro, inspirada por el papa Francisco. Una señal de pluralismo del Pontífice ante un militante inclaudicable por la legalización del aborto.

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