Nicaragua, de la revolución a la pesadilla

Columna
La Nación, 07.07.2021
Rogelio Alaniz

¿Qué pasó con las promesas redentoras? Hoy el país es uno de los más pobres y corruptos de América Latina

¿Qué pasó con la revolución sandinista? ¿Qué pasó con el sandinismo y las promesas redentoras del sandinismo? ¿Cómo fue posible que aquella revolución que despertó tantas ilusiones sea esta pesadilla? Mi memoria registra aquellos años de 1979. Julio de 1979, para ser más preciso. La dinastía de los Somoza era derrotada por los “muchachos”, es decir, los jóvenes sandinistas que desde hacía años resistían en la montaña a una de las dictaduras más sanguinarias del continente.

En 1979, gobernaba en la Argentina una dictadura militar. En Chile, Bolivia, Brasil y Uruguay pasaba algo parecido. En Paraguay estaba Alfredo Stroessner, acerca de quien considero innecesario cualquier tipo de adjetivación, porque el hombre se presenta solo. ¿Cómo no ilusionarse con esa buena noticia que nos llegaba desde el país de Rubén Darío? En un continente enlutado por dictaduras, de pronto nos sorprendía una inesperada brisa de aire fresco. Lo digo sin exageraciones: no había manera de no sentirse seducido por lo que ocurría en Nicaragua. Los que derrocaban a Somoza eran jóvenes, eran valientes, eran justos, eran bellos. Poetas, artesanos, músicos, estudiantes. Intelectuales de todo el mundo los apoyaron. ¿Cómo no hacerlo? Hablaban de la libertad y de la igualdad, y además habían derrotado a una satrapía sanguinaria. Los Somoza. Tacho y Tachito. Es verdad, nunca disimularon sus simpatías con Cuba. Pero esta Nicaragua parecía retomar las esperanzas de Cuba sin sus vicios. La revolución sandinista no propiciaba paredones contra los derrotados. Se hablaba de las virtudes del perdón. Nicaragua parecía ser la revolución cubana sin sus excesos. Por lo menos eso creíamos

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo ser posible? Hoy, cuarenta años después, Nicaragua es uno de los países más pobres y más corruptos de América Latina. ¿Qué pasó? De algo podemos estar seguros: Somoza no tiene la culpa de esta pesadilla. De lo que está pasando en Nicaragua, de esta puesta en escena que recupera las escenas más taciturnas, el sandinismo alguna responsabilidad tiene. Ortega no fue un infiltrado ni un arribista. Ni él ni su mujer. Imposible hablar del sandinismo sin su biografía. Es verdad que en el altar levantado por Ortega y su esposa muchos sandinistas fueron sacrificados, pero esos sacrificios en nombre del poder, ahora lo sabemos, siempre estuvieron latentes en la “morfología” sandinista.

Tenemos que admitirlo. La epopeya sandinista que deslumbró al mundo fue más una estética que una revolución. O tal vez haya que admitir que toda revolución incluye una estética que luego la realidad se encarga de destruir. Ahora sabemos que los guerrilleros que bajaron de la montaña no eran tan dulces ni tan puros. Ahora sabemos que tampoco creían demasiado en la libertad que invocaban. Detestaban a Somoza, pero la derrota de Somoza incluía para ellos la derrota del capitalismo y de las libertades “burguesas”. La rebelión contra Somoza se confundía con una revolución que se proponía objetivos contradictorios con el mensaje libertario que tanto sedujo a intelectuales y progresistas de todo el mundo siempre disponibles a “comprar” sin beneficio de inventario utopías que luego derivan en pesadillas siniestras.

Puede que muchos sandinistas hayan creído que después de Somoza Nicaragua retornaba a un estado de inocencia primaria. Pero una vez más la combinación letal de ideología y lógica de poder impuso sus propios fueros. Pasada la euforia inicial, ese estado de fiesta que parece distinguir a las revoluciones, las leyes implacables de la economía empezaron a imponer sus propias exigencias. La revolución era audaz con las consignas, creativa con su estética, pero impotente para asegurar condiciones materiales de existencia y de sostener en términos reales las libertadas que prometía.

Ahora sabemos que el sandinismo no solo se proponía derrotar a Somoza, sino también fundar un orden económico y político similar al de las dictaduras del denominado socialismo real. A decir verdad, esas intenciones no las ocultaban demasiado. Aún recuerdo en sus despachos las bibliotecas con las obras completas de Lenin y Kim Il-sung. Aún recuerdo sus consignas: lo que ganamos con las armas no lo vamos a perder en elecciones. Aún recuerdo sus pretensiones de constituir una nueva elite y una nueva clase dominante: los que peleamos en la montaña tenemos derechos a vivir mejor que otros. Hay que detenerse en esta última frase: el pasaje de guerrilleros idealistas a bucaneros que reclaman derechos de botín y de pernada.

Lo cierto es que la inspiración poética de fundar una nueva sociedad, incluidos los sacrificios de sus héroes, pronto se estrelló contra los rigores de lo real. La economía no funcionaba, la revolución era encantadora, los burgueses eran horribles, pero cada vez había más pobreza y más privilegios. La rebeldía derivó en farsa y la farsa, en tragedia y espanto.

Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, son el rostro descarnado y espectral de ese pasaje hacia lo perverso y lo siniestro. Las escenas del comandante sandinista abusando sexualmente de su hijastra con la aprobación de su madre trazan las líneas y los tonos de una pintura nacida de las pesadillas de Goya.

Ortega, sin embargo, no es un monstruo; Ortega es, de alguna manera, la consecuencia si se quiere perversa de una lógica que terminó sometida a los imperativos del poder. El momento, el instante cuando se produjo esta mutación, se conoce como “la piñata”, la orgía de sandinistas decididos a repartirse el botín. En 1990, los sandinistas no solo perdieron las elecciones: perdieron en primer lugar el crédito moral que habían ganado. No fueron todos, pero fueron muchos. Muy valientes para tomar las armas y jugarse la vida, pero muy débiles para resistir las tentaciones del poder. No se vendieron a Somoza, pero vendieron su alma al diablo. Ortega y Murillo son la consecuencia de esa venta.

Imputarle a Ortega la condición de traidor es una simplificación o una manera de eludir uno de los dilemas centrales que plantean las revoluciones y su sed de absoluto. Suponer que Ortega es un traidor es como suponer que Stalin, Mao, Ceaucescu, Pol Pot o Castro son traidores. Por el contrario, lo que Ortega confirma es la sospecha de que las revoluciones que se proponen el absoluto al otro día de la toma del poder intentan hacer realidad el orden que les dicta su ideología, y ante la resistencia que les ofrece la realidad se entregan con más o menos excusas, con más o menos coartadas, a la lógica más perversa del poder, a una lógica más dura, más implacable, más impiadosa que la del poder que dijeron combatir. Toda revolución parece conducir a estas encerronas: toda revolución si se quiere, es “traicionada”. Si en lugar de un Ortega enriquecido y corrompido hubiera habido un jefe austero y ascético, el fracaso no habría sido muy diferente. Los sandinistas, en lugar de leer a Kim Il-sung o a Lenin, deberían haber leído algunos párrafos de Montesquieu y Condorcet, algunas reflexiones de Tocqueville y algunos capítulos de Orwell. Y sospecho que no les hubiera venido mal saber que, como escribió alguna vez Hannah Arendt, las únicas revoluciones que valen son las que sostienen la libertad y ponen límites al poder.

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