Periodismo en modo estallido

Columna
El Líbero, 21.02.2021
José Rodríguez Elizondo, abogado, periodista y académico

Es un hecho que el periodismo en tiempos de estallido, sumado a su interacción con las redes y la incidencia del show business, está favoreciendo el fin de las democracias (…) Las citas podrían multiplicarse, pero creo que no vale la pena hacerlo en este tiempo de estallido. Porque…. ¿a quién diablos puede interesar, ahora, lo que hayan dicho o digan los estudiosos?

Ya lo sabemos porque es obvio: vivimos en tiempos de crisis generalizada de las instituciones, desde los clubes de fútbol de barrio hasta el mismísimo Estado. Como efecto inmediato, el clima político y social es tóxico y el coronavirus no ayuda.

Por lo mismo, nos cuesta hablar claro y entender que debemos respetar la relación cívica, para que la democracia no muera en el intento. La polarización, que inquietante nos baña, está liquidando hasta el arte de conversar.

Lo peor es que, dada la penuria de los medios impresos y el anonimato de la información online,  ya nadie sabe cuál es la fuente responsable de los temas que brincan en las polémicas (no diré “debates”) ni su punto de veracidad. Quizás se deba a que las crisis en cascada también comprenden la del arte de informar profesionalmente. Y esto no sólo en Chile.

Los hechos
Como exinformador de la ONU y experiodista en el Perú, en tiempos de dictadura y de democracia, tengo problemas con el periodismo en tiempos de estallido. Para exponerlos opto por dos ejemplos recientes, en distintos niveles de complejidad

El más simple corresponde a lo que antes se llamaba “crónica roja”. Escucho y veo, en uno de los noticieros de la televisión, que cinco sujetos asaltaron una caseta de peaje y abatieron al guardia con cinco balazos. Mientras el reportero expone la noticia, la pantalla muestra una foto tipo carnet de la víctima y abajo un titular destacado: “Guardia murió por un disparo en la cabeza”.

Presentar y graficar la información de esa manera me recordó ese corrido mexicano según el cual “el día que la mataron Rosita estaba de suerte / de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte”. Es que ese guardia no murió por suicidio ni porque estuvo en la ruta de una bala loca. Murió porque delincuentes lo acribillaron. Pero nadie, que yo sepa, tuvo reparos a ese sesgo tan evidente. Ignoro si después se profundizó en la noticia.

Al día siguiente me asomo a otra información de la tele, con escenario en la localidad sureña de Panguipulli (35.000 habitantes). La imagen muestra a un carabinero con su revólver desenfundado, apuntando al suelo. Al frente, un joven con dos machetes en ristre. La imagen se corta mientras el reportero narra lo sucedido en off: ese joven, un malabarista callejero, se negaba al control de identidad que le exigía el policía y éste le disparó con resultado de muerte. Agrega que el malabarista blandía “elementos de utilería”, propios de su actividad. No los definió como “machetes”.

Mientras el caso se convertía, rápido, en otro crimen alevoso de carabineros, distintos medios fueron completando la información. El policía estaba recién destinado a esa localidad y no conocía a los lugareños. Una secuencia posterior, registrada en videos, muestra al joven abalanzándose contra él para golpearlo con sus machetes. Según el sonido de las imágenes hubo varios disparos. Según las imágenes mismas, el policía dio media vuelta (sin su gorra) y el joven quedó tendido en el suelo.

La autopsia y las pericias técnicas dicen que hubo seis balazos en un segundo, tres hacia los pies, dos hacia las piernas y el sexto atravesando el corazón. En el debido proceso, los abogados han dado tres interpretaciones básicas. Para unos fue un evidente caso de legítima defensa. Otros dijeron que sólo había “elementos” de legítima defensa, pues sólo cinco disparos fueron proporcionales a la amenaza. Los de una tercera posición cuestionaron como discriminatoria la facultad policial de controlar identidades y adhirieron a la tipificación de los hechos como “crimen”,

La información multimedia se orientó por el primer relato o no lo contradijo. En las redes, el titular casi homogéneo fue “malabarista, asesinado por carabineros”. Así, en plural institucional. La misma noche de los hechos, un grupo de manifestantes incendió edificios públicos de Panguipulli. En Santiago, una diputada los justificó diciendo que “la vida de un pobre no vale nada… ¿cómo quieren que no lo quememos todo” (después calificaría esa expresión como una “metáfora literaria”). En carta a El Mercurio, bajo el epígrafe “el arte está de luto”, un obispo de San Felipe definió lo sucedido como “un acto de atroz injusticia” contra un artista que, con sus instrumentos, daba “ilusión y alegría”.

Ambos casos son de laboratorio. En épocas más normalitas, cualquier jefe de informaciones, tras contrastar la noticia de sus reporteros in situ, habría impedido la emisión de imágenes truncas, con relatos desinformativos y titulares engañosos.

Entrevistas de combate
Paso a la entrevista, que es un género muy especializado del periodismo. Grandes periodistas pueden ser mediocres entrevistadores y viceversa.

En el Perú de la dictadura tardía (general Francisco Morales Bermúdez) y en los primeros gobiernos de la transición democrática, disfruté haciendo entrevistas para la histórica revista Caretas. Me guiaba por tres consejos ortodoxos del legendario Enrique Zileri: “el periodista no es noticia”, “el lector espera la opinión del entrevistado y no la tuya”, “no te amarres a un guión, la repregunta puede ser imprescindible”. Agregaba una sola excepción: había que contradecir al entrevistado sólo si soltaba algún exabrupto inaceptable. Ahí operaba el factor criterio.

Lo recuerdo con nostalgia, pues esas pautas mínimas no funcionan en el periodismo en modo estallido. Durante el gobierno de Salvador Allende las entrevistas se convirtieron en parte del arsenal político y, como resultado, más que trabajos profesionales eran alegatos o armas arrojadizas. Como televidente parcializado -todos lo éramos- yo disfrutaba con las agudezas de Eugenio Lira Massi y Fernando Rivas Sánchez. Pero, sintomáticamente, el único programa con entrevistados que quedó en el recuerdo fue A esta hora se improvisa. Ahí destacaron Claudio Orrego, director del diario democristiano La Prensa, José María Navasal, de El Mercurio y Eduardo Labarca, del diario comunista El Siglo. El secreto de la coexistencia casi amable, entre ellos y los entrevistados, fue que quien conducía y moderaba era Jaime Celedón, un talentoso hombre de teatro.

Sucede que hoy, como televidente y también como entrevistado, vuelvo a percibir que la beligerancia envuelve el género. Buena parte de quienes lo cultivan lucen convencidos de que el primer deber de un entrevistador es emitir su opinión propia. Un talante antagónico al de Zileri y de maestros como Larry King. “El entrevistador es un conducto entre el entrevistado y la audiencia”, decía éste.

En esa línea -individualmente o en panel-, son empáticos con quienes coinciden con ellos y asumen el rol de fiscales de película con los otros. Su método es ceñirse a una batería rígida de preguntas, que más parecen editoriales. Si no obtienen las respuestas “correctas”, suelen consignar su opinión de inmediato, a veces en cargamontón. Desde ese talante, soslayan cualquier posibilidad de repregunta distractora pero funcional, aunque el entrevistado la deje “dando botes”.

En paralelo está la manipulación con las imágenes. Demasiadas veces he visto cómo las respuestas de un entrevistado son contradichas por lo que muestra la pantalla dividida. Por ejemplo, si está denunciando actos de violencia y vandalismo callejero, la imagen muestra la manifestación pacífica que reunió a un millón de ciudadanos en las calles de la capital. Si alude a la inseguridad ciudadana por déficit de control policial, la imagen muestra carabineros en modo apaleo y persecución de manifestantes.

Con todo, aún sobreviven -en la tele y los modernos webinars– especialistas que utilizan el modo clásico. Lo notable es que entre ellos destacan un poeta y un abogado. El primero es Cristián Warnken, quien cultiva el arte de la conversación en profundidad. El segundo es Tomás Mosciatti, quien sigue el modelo de Larry King y hasta se le parece. Entre los periodistas profesionales está a esa altura el veterano Fernando Paulsen, con posgrado en los EE.UU. y fogueo en los medios de prensa que surgieron durante la dictadura. También aprecio el trabajo de Julio César Rodríguez, Matías del Río, Soledad Onetto, Iván Valenzuela, Matilde Burgos, Santiago Pavlovic, Juan Manuel Acosta y Eduardo Paredes.

Agrego que, quizás como paliativo a los entrevistadores en pie de guerra (tan bioequivalentes a los de los años 70),  hoy también entrevistan animadores y “rostros” amables de la televisión. El más conspicuo ha sido don Francisco quien, con su estilo bonachón, dio golpes noticiosos y obtuvo primicias envidiables. Recuerdo el caso de un cambio de gabinete que le confió, en pantalla, la entonces presidenta Michelle Bachelet.

La necesidad como virtud
A esta altura pido permiso para una sospecha: creo que en las dictaduras que no pueden eliminar del todo la libertad de prensa, surge un periodismo  profesionalmente más riguroso que el que prolifera en tiempos de estallido. Los periodistas que osan aprovechar esos resquicios de libertad, saben que se juegan el puesto, la libertad y hasta la vida. Los actores políticos, por su parte, saben que esa información a todo riesgo es decisiva para recuperar la democracia.

Esto también lo respaldo con vivencias. En el Perú, cuando el general Morales Bermúdez abrió una ventana de libertad informativa, las revistas independientes jugaron un gran rol político. En un contexto de diarios estatizados (“parametrados” en la jerga), les bastaba informar con rigor e inteligencia para tener una gran audiencia y empujar el retorno de la democracia… asumiendo los riesgos. De hecho, Caretas fue clausurada y Zileri, nuestro director, inició una huelga de hambre de impacto internacional. Otra gran revista, Oiga, también fue clausurada y Francisco Igartua, su director, partió al exilio.

Algo similar sucedió en la televisión controlada. Gracias a sus contactos y a los resquicios de libertad, un periodista y colaborador de Caretas, Alfredo Barnechea, pudo dirigir un programa de entrevistas con personalidades políticas de todos los pelajes. Con estilo ortodoxo e inteligente, fue funcional a la apertura democrática en desarrollo.

Cabe agregar que más de un periodista de entonces se contagió con los políticos entrevistados o reporteados. En tiempos de democracia, algunos se convirtieron en ministros y congresistas. Barnechea apuntó más alto y sigue siendo candidato presidencial.

Batallón femenino
En Chile, con una dictadura de otro tipo, se produjo un fenómeno periodístico similar, pero también singular. En el marco de una política de máxima apertura económica, las grandes empresas periodísticas siguieron funcionando e informando, con sus tendencias previas y las limitaciones de la coyuntura.

Sin embargo, gracias al efecto-demostración, surgió una prensa de oposición abierta o no clandestina, con estructura profesional. Notables periodistas reaparecieron o surgieron desde esa prensa y, por reflejo virtuoso, fueron glosados en el extranjero y abrieron un espacio mayor a sus colegas de los medios tradicionales.

En el género entrevistas recuerdo, nostálgico, el despliegue de un batallón de mujeres con mucho oficio: Raquel Correa y Blanca Arthur, en El Mercurio y televisión, Malú Sierra, en otros diarios y en la revista Mensaje, Patricia Politzer que se volcó a los libros-reportajes y Faride Zerán en La Epoca.

Además, Raquel y Malú, junto con la escritora Elizabeth Subercaseaux, publicaron un libro con sus entrevistas a “los generales del régimen”. Prologándolo sin firma, el editor reconoció que “se requería valor para plantearles, abiertamente, las dudas e inquietudes del país”.

La paradoja es que, ya en democracia, la implacable economía de mercado arrasó con todos los medios alternativos que ayudaron a restablecerla. La hecatombe incluyó al diario La Epoca, el más ambicioso y mejor estructurado -tenía como modelo a El País, de España-, en el cual colaboré a mi retorno a Chile.

El espectáculo de la noticia
Puede que la añoranza de un periodismo ortodoxo corresponda a un desfase tecnológico de este servidor. Acepto la posibilidad de que, en un futuro cercano, los lectores de diarios-papel tengamos que adquirirlos en boutiques para coleccionistas y veamos las entrevistas de la televisión con coros de barras organizadas y agresivas, como en el fútbol.

Sin embargo, es un hecho que el periodismo en tiempos de estallido, sumado a su interacción con las redes y la incidencia del show business, está favoreciendo el fin de las democracias. En los Estados Unidos, la más poderosa y tecnificada, los mejores periodistas “clásicos” -pienso en Thomas Friedman y Bob Woodward- lo sospecharon desde un principio. Pronosticaron que, encabalgado en los medios, Donald Trump induciría la violencia y hasta formas de guerra civil. Barack Obama, en sus memorias, ha reconocido que “Trump era un espectáculo y en los Estados Unidos eso era una forma de poder”.

Por cierto, los teóricos ya habían dado cumplida cuenta del fenómeno. En los años 60 del siglo pasado, Richard Fagen observaba que “demasiada información que llegue demasiado rápido y demasiado ‘en crudo’ puede inmovilizar a un individuo o a una organización”. Para Norberto Bobbio, hace años que estamos viviendo en una “teatrocracia”. Giovanni Sartori acuñó el término concepto “videopolítica” y dice que “en la red información es todo lo que circula, información, desinformación, verdadero, falso, todo es uno y lo mismo”.

Las citas podrían multiplicarse, pero creo que no vale la pena hacerlo en este tiempo de estallido. Porque…. ¿a quién diablos puede interesar, ahora, lo que hayan dicho o digan los estudiosos?

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