Tensión mediterránea

Editorial
El Mercurio, 20.08.2020
El conflicto greco-turco involucra intereses más allá de esos dos países.

Las relaciones entre Turquía y Grecia siempre han sido tensas, pero los incidentes de las últimas semanas, incluida una colisión entre dos buques, han elevado la temperatura entre los socios de la OTAN.

Detrás de la crisis actual están los depósitos de gas y petróleo descubiertos en los últimos años en el Mediterráneo oriental, en zonas marítimas reclamadas por ambos países y hasta donde Turquía envió recientemente barcos de exploración submarina, acompañados de escolta naval. Atenas advirtió que no acepta la presencia de esas naves en aguas que considera dentro de sus límites marítimos, pero Ankara presenta sus propias reclamaciones sobre aquellas. Un tercer actor de esta crisis es Chipre, otro socio de la Unión Europea que también tiene problemas de delimitación marina con Turquía. La UE ha exigido desescalar la situación, pero a pesar de que ha solidarizado con Grecia y Chipre, no ha tomado decisiones de sancionar al gobierno turco, tal como lo piden los griegos.

Otros países de la UE están además involucrados indirectamente en este escenario, puesto que empresas de energía avanzan en acuerdos para la explotación del gas y petróleo de la zona. Por ejemplo, compañías de Italia y Francia (ENI y Total) son socias en un proyecto para llevar el gas de Chipre a las plantas de GNL de Egipto, y de ahí exportarse a Europa. Con eso, un planificado oleoducto turco pierde rentabilidad.

Los intereses económicos se entremezclan con los geoestratégicos. Para la UE, entonces, es clave desactivar la crisis. El papel de Alemania, que preside la UE este semestre, puede ser vital, ya que junto con Estados Unidos podrían actuar de facilitadores para evitar que dos socios de la Alianza Atlántica entren en conflicto abierto. Turquía todavía es aliado fundamental para controlar la ola de refugiados del Medio Oriente, y juega esa carta con mucha habilidad. No les sería difícil permitir el paso de embarcaciones con cientos de migrantes hacia las islas griegas que luego se dispersarían por la UE.

Más allá de la actual coyuntura, es esencial avanzar en las delimitaciones marítimas. Una complicación para hacerlo es que Turquía no ha firmado la Convención del Mar de ONU, por lo que no se avanza en resolver este litigio. Grecia se guía por un mapa elaborado al inicio de la década del 2000 por la Universidad de Sevilla, que le otorga gran parte de las aguas circundantes a sus islas, lo cual perjudica las aspiraciones turcas.

Esa es la razón para que Turquía haya firmado el año pasado un acuerdo con Libia, en el que se traza una frontera marítima que ignora todas las islas e islotes griegos entre ambos países, incluida Creta. Según la Convemar, las costas de las islas generan plataforma continental y zona económica exclusiva, excepto si estas no son habitables o no pueden tener vida económica propia, que no es el caso de la enorme isla de la cultura minoica.

En ese estado de cosas, es fundamental que ambos países avancen en un diálogo para la delimitación de sus aguas, pues sin un acuerdo y en el contexto de un creciente interés por los recursos de hidrocarburos de esas regiones, seguirán prolongándose los conflictos. Una eventual incorporación de Turquía a la Convemar facilitaría negociaciones en el marco del derecho internacional.

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