Tiempo desarticulado y cierre de embajadas

Carta
El Líbero, 15.06.2020
Jorge Edwards, Paz Errázuriz, Miguel Castillo Didier, Cristóbal Holzapfel, Gustavo Cataldo, Patricio Brickle, Sandra Baquedano, Pedro Lastra, Luis Oro, Jorge Ferrada, Héctor García, Rodrigo Frías, Bruno Barla, Hardy Neumann, César Lambert, Francisco Cereceda, Jorge Cabieses Valdés, Marcelo Rodríguez, Raúl Madrid, Sergio González.

El lunes 08 de junio el ministro de Relaciones Exteriores anunció el fin de las misiones diplomáticas en Argelia, Dinamarca, Rumania, Siria y Grecia. Nos llama profundamente la atención el caso de Grecia. Los argumentos esgrimidos son numéricos; así, por ejemplo, la cantidad de chilenos residentes y la magnitud del intercambio comercial.

Comparativamente, habría otras regiones, como el Asia Pacífico, donde sería más rentable tener representaciones diplomáticas. Desde el punto de vista cualitativo resulta sorprendente el cierre de la embajada en Atenas, debido al significado cultural y simbólico que tiene en nuestra concepción de mundo. Grecia posee, como todos sabemos, una influencia enorme en el desarrollo de la cultura Occidental. Grecia es la patria de Pitágoras y Euclides, en el desarrollo de la ciencia; de Alcmeón de Crotona e Hipócrates en Medicina; de Sócrates, Platón y Aristóteles en Filosofía; de Mirón, Fidias, Policleto y Praxíteles en la escultura; de Homero y Hesíodo en la poesía. No hay prácticamente nada ni nadie de significación cultural para Occidente que no haya sido tocado e influido por Grecia. Grecia remite a nuestros propios orígenes como civilización. Allí fue donde el logos (la razón y la palabra) encontró por primera vez el sitial y el valor que hoy le asignamos; allí es donde la democracia encontró su primera forma y esplendor; allí es donde las olimpiadas enaltecieron por primera vez el deporte y la belleza de la figura humana. Filosofía, música, escuela, liceo, academia, democracia, son palabras de origen griego. Grecia no pertenece al pasado, pertenece a nuestro presente y a nuestro propio futuro.   Grecia resurge cada vez que buscamos saber quiénes somos y se reitera, ejemplarmente, cada vez que apelamos a la intemporalidad de lo “clásico”.

Occidente ha recreado una y otra vez la sentencia de Goethe: “Que cada uno sea, a su modo, un griego” . Y lo ha recreado en la cultura helénica, en la bizantina, en la civilidad romana, en la fundación de la cristiandad occidental, en el humanismo renacentista y en las olimpiadas modernas. Nada ni nadie puede decirse ajeno a Grecia, porque nada ni nadie puede, finalmente, ser ajeno a sí mismo. De allí que sorprenda esta decisión de dejar fuera de nuestra vida política y ciudadana a Grecia. Fuera de los cálculos económicos, de los índices, los baremos y las sumas de rentabilidad, existen bienes que deben ser resguardados porque representan, aunque solo sea simbólicamente, aquello que más íntimamente somos y nos constituye en nuestra propia identidad. Tratar los bienes culturales como bienes transables constituye una forma de barbarie de la que debemos resguardarnos. Hay bienes que son intransables y deudas que son insaldables. Tal es el caso, eminentemente, de Grecia y su herencia cultural. Llamamos, en consecuencia, a corresponder a esa herencia y mantener los vínculos indisolubles que nos unen, a través de la Grecia actual, a ese depósito cultural permanente, inconmutable e inalienable.

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