Carta La Tercera, 27.03.2026 Juan Pablo Crisóstomo, ministro consejero (r) y exdirector de Derechos Humanos de RREE
Richard Kouyoumdjian en su columna del día 25 del mes en curso, acierta al decir que la designación de embajadores no profesionales en países que se entienden importantes para Chile, dejando el resto a los embajadores de carrera, es bastante más compleja.
Efectivamente, los cambios de gobierno implican la renuncia de los embajadores cualquiera sea su procedencia, y su correspondiente confirmación o relevo.
En Chile la carrera diplomática no ha logrado asentarse en el imaginario de los gobiernos, como ocurre en Brasil o en Perú, y se ha hecho una práctica designar personas ajenas a esta, ya sean exparlamentarios, empresarios o profesionales relativamente destacados, que se estima tendrían competencias para representar a Chile. En el vulgo ello se conoce como “una caja pagadora de favores políticos”. Y, como bien señala el columnista, ello “jamás sucedería en el sector privado…”. Pero también la militancia o el color político de los funcionarios de carrera ha pesado en su designación como embajadores, más que los méritos profesionales que deberían respaldar esa designación.
El presidente de la República puede designar embajadores y jefes de misión ante OOII, a su real saber y entender. Y ello ha sancionado la práctica de nombrar a personas que no vienen del oficio diplomático. Lo paradojal es que en definitiva el éxito de su gestión depende de los funcionarios de carrera.
La ley 21.080 no fue una buena norma. No hay tradición que sustente que los embajadores se deban retirar a los 65, sino una práctica de hace pocos años, creada de hecho. Eso es sin duda una limitante importante que no ayuda a la mejor representación del país y que debe ser modificada, de manera de no echar por la borda la experiencia alcanzada durante el ejercicio del oficio diplomático. La carrera funcionaria debe de una vez por todas ser digna de ese nombre.
Felicito al columnista por tocar el tema de “cómo queremos manejar nuestras relaciones, el modelo de atención, de cuantas embajadas, consulados y misiones necesitamos, como también si la distribución es la adecuada y ajustada al interés nacional” (sic). Normalmente es un tema “tabú”. Hay ejemplos recientes de ello.
Es ya tiempo de considerar seriamente si debemos mantener misiones residentes a lo largo del globo, o adoptar otro modelo de representación, más acorde y eficiente en relación con nuestros menguados recursos económicos. Coincido en la conveniencia de que la Dirección de Fronteras y Límites y el Instituto Antártico Chileno, cuenten con presencia de funcionarios diplomáticos y no sólo de técnicos, y ojalá que ocurriera lo mismo en las Direcciones General Administrativa (hoy en día el servicio exterior parece estar al servicio de lo administrativo, cuando debe ocurrir exactamente lo contrario) y de Planificación Estratégica -temo que hasta el momento esta ha cumplido su rol muy mediocremente-, donde necesariamente se requieren funcionarios que conozcan el oficio y el teje y maneje de la Cancillería.
La capacitación de los funcionarios es mucho más que un tema académico, más que maestrías y post grados, dice relación con el alma de la carrera, con el real interés y compromiso que se tenga con ella. En lenguaje sencillo es lograr “tener calle”, y ello se alcanza con un ejercicio permanente del oficio. No lo da ni la Universidad ni la Academia.

