Groenlandia y la Antártica frente a frente

Columna
El Líbero, 17.01.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Sigo atónito la pugna por Groenlandia entre EE.UU. y Dinamarca. Siento un instintivo rechazo a las actitudes desdeñosas del Ejecutivo norteamericano. No doy crédito a esta disputa entre aliados y me duele la humillación de Europa. Temo por los precedentes que abre el incidente y que su desenlace repercuta en el Chile antártico. Es cierto que hay diferencias sustantivas entre ambos extremos en cuanto a historia, ocupación, derechos, geografía, recursos físicos y otros; pero también existen similitudes y sobre el tema debemos poner máxima atención.

Groenlandia es una porción de suelo americano ligado políticamente al país europeo. Su situación es similar a la de jurisdicciones francesas, neerlandesas o británicas en nuestro continente. La Antártica, en cambio, es un continente separado de América que se rige por un Sistema internacional encabezado por el Tratado respectivo. En este se acordó que su ocupación es para fines pacíficos y científicos, y se convino congelar los litigios de soberanía de los estados (Chile y otros seis). En un Protocolo posterior, se agregó la responsabilidad de proteger su medio ambiente e impedir las actividades mineras. En otras palabras, mientras Groenlandia es un estado ligado constitucionalmente a Dinamarca, la Antártica es un continente que se rige por un conjunto de normas de alcance mundial, pero fuera de Naciones Unidas.

Sobre los territorios no-autónomos de América, como Groenlandia, Chile ha tenido una conducta dispar. Rechazamos el principio de autodeterminación en el caso de Malvinas ante los históricos derechos de Argentina, pero defendemos aquella norma para islas caribeñas como Anguilla o Bermuda. Por otro lado, aceptamos las uniones políticas con países europeos en los casos de Martinica, Aruba, Groenlandia y otros. Es decir, ante su hipotética anexión pacífica a EE.UU. tendremos que medir bien sus términos. Si la unión es producto de la fuerza, nuestra posición estará vinculada a la de Europa. ¿Pero estamos dispuestos a incomodar a Washington?

Tenemos que resguardar el derecho de unos y sopesar los hechos de modo realista. Por un lado, hay que reconocer que Europa irrumpió en Groenlandia esporádicamente desde el siglo X; que desde el XVIII Dinamarca promovió actividades misioneras, comerciales y otras, y que desde 1916 los EE.UU. “no objetó la extensión de sus intereses políticos y económicos” al conjunto de la isla. Es más, sus habitantes quieren ser independientes o seguir ligados a Copenhague.

Por otro lado, la isla ha sido habitada desde hace 3 mil años por culturas americanas. Los actuales inuit son parientes lejanos de los pueblos del sur. Desde 1867 EE.UU. ha expresado de manera intermitente su interés por adquirirla y sus aspiraciones se basan también en su temprano celo expedicionario, como el de las campañas de De Haven (1850), Kane (1853), Hayes (1860), Hall (1871), Greely (1881), o Peary (1909). Las aspiraciones soberanistas norteamericanas quedaron expresadas en diversas ocasiones a lo largo del siglo XIX y XX, mucho antes de Trump.

En la Antártica, al otro lado del mundo, no existe evidencia de ocupación alguna antes de su primer avistamiento en el siglo XIX. Sin embargo, los derechos chilenos arrancan de la gobernación de Terra Australis, acto jurídico español de 1539 (que no se tradujo en ocupación) o de la natural extensión del territorio americano hacia la península antártica. Otros países con reclamos soberanos alegan el descubrimiento como fuente de derecho (Francia o Reino Unido); tempranas exploraciones (Noruega); o la herencia de títulos de terceros (Australia y Nueva Zelanda).

Sin embargo, las grandes potencias militares desconocen dichos reclamos de soberanía y afirman que, de no existir el Sistema Antártico, se reservan el derecho de reclamar todo o parte del continente como descubridores tempranos (Rusia) u ocupantes efectivos (EE.UU.). China tampoco reconoce nuestra soberanía. Por ahora, definen al continente como región donde se debe construir una “comunidad de futuro compartido para la humanidad”, pero la frase es útil al momento actual.

Ese “futuro compartido” podría relativizarse como producto del cambio climático. Ambos polos experimentan un descongelamiento creciente. El año pasado, la extensión de hielo marino en la Antártica alcanzó su nivel más bajo en 47 años, pero es en el polo norte donde se manifiestan las consecuencias geopolíticas más importantes del fenómeno climático con la apertura a la navegación comercial del Océano Ártico y la viabilidad de la explotación de minerales.

En septiembre recién pasado el portacontenedores chino, Istambul Bridge, cubrió la distancia entre Ningbo (China) y Gdansk (Polonia) en apenas 20 días. Es decir, redujo a la mitad el tiempo de transporte entre dos grandes polos productivos (Noreste asiático y Europa). Si esta ruta se consolida, la ventaja estratégica de las flotas que sean capaces de navegar por el polo norte va a ser crucial en el mapa futuro del poder.

Desde este punto de vista, el actual reclamo de EE.UU. por Groenlandia quiere equilibrar una situación de desventaja respecto a Rusia. El Kremlin dispone de más de 40 rompehielos, varios de ellos con capacidad militar. De estos, 7 son de propulsión nuclear. Hacia el 2030 destinarían 17 rompehielos a mantener abierta la ruta del polo norte en cualquier época. China está acelerando la construcción de este tipo de buques a gran velocidad y esperan tener 5 operativos este año. Estados Unidos cuenta con apenas 3 rompehielos, aunque se encuentran en plena fase de expansión desde octubre, cuando firmaron un ambicioso plan de construcción naval con Finlandia por el que agregarían otras 11 naves, de modo progresivo, a partir del 2028.

Los pasos australes de América (Cabo de Hornos, Beagle y Estrecho de Magallanes) no tienen, por ahora, la misma importancia estratégica que el Ártico. Son usados por un número de naves que transporta entre el 1 y el 2% del total del comercio marítimo mundial. Sin embargo, son cruciales para portacontenedores y petroleros de gran tamaño; como ruta alternativa ante bloqueos políticos, y como paso seguro ante posibles sequías que alteren la navegación por el Canal de Panamá. En una época como la que vivimos todas estas posibilidades están abiertas.

El cambio climático también ha abierto el apetito de las grandes potencias mineras por la explotación de los recursos de Groenlandia, isla rica en minerales críticos para el desarrollo de inteligencia artificial aplicada, industrias de defensa, electromovilidad y microprocesadores. Su explotación depende de tecnologías en pleno desarrollo en áreas como exploración, adaptabilidad a climas extremos, procesamiento, automatización y otras.

Es bien posible que el debate sobre el futuro minero en Groenlandia repercuta en algún momento sobre el Sistema Antártico. Los anuncios rusos de hallazgo de petróleo en el Mar de Weddell, la existencia de tierras raras en las montañas del Príncipe Carlos o en la península de Stornes, minerales en la península antártica, despiertan el apetito de las potencias. Se trata de un escenario aún hipotético frente al cual nuestra obligación es estar preparados (como ya se anticipan los noruegos en Svalbard) porque, tal como lo demuestran los hechos de Groenlandia, la mano viene dura y no estoy seguro de que nuestro pacífico Sistema Antártico la pueda contener.

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