Columna El Debate,11.01.2026 Inocencio F. Arias, Embajador de España
Cuando España ingresó en la UNESCO en enero de 1953 la izquierda española se mostró pesarosa, incluso irritada. Buen ejemplo es el bienintencionado Max Aub que había abandonado nuestro país al término de la guerra por temor a las represalias franquistas. Aub, miembro del PSOE, había organizado el famoso Congreso de escritores de Valencia en plena guerra civil y era un conocido y prolífico autor teatral, poeta y periodista. Desde su exilio en México reaccionó crítica y sarcásticamente al anuncio de la entrada de España en esa institución cultural onusiana (el acceso español a la ONU propiamente dicha no tendría lugar hasta 1955). La ONU, razonaba, era incongruente abrazando a una dictadura.
La indignación de Aub, prima facie, puede resultar comprensible para un demócrata. Es sin, embargo, incoherente e infantil y muestra el sesgo acendrado que embarga a nuestra izquierda. Para comenzar, es cierto que Franco se apuntaba un tanto político, pero también que la entrada beneficiaba a la educación y cultura de los españoles y a nuestro patrimonio cultural. Más importante aún, es incoherente, no digamos hipócrita, que un hombre culto, viajero como Aub protestara por el ingreso de una dictadura como la franquista, pero no sintiera la menor irritación por la presencia en la UNESCO de regímenes totalitarios como la Unión Soviética o Polonia.
Nuestra izquierda había reaccionado de modo similarmente tendencioso cuando años antes, diciembre de 1946, la ONU votó la retirada de Embajadores de España (32 a favor, 6 en contra, 13 abstenciones). Rusia y sus mariachis (Polonia, Hungría, etc.) y México eran paladines de la resolución. La izquierda desde el exilio aplaudió la medida y un sector de ella mostró su decepción porque no se interviniera directamente en España o se ayudara al maquis. Paralelamente que Rusia impusiera gobiernos en todos sus países limítrofes y más tarde cuando en 1956 aplastó con tanques y sangre la petición de libertad de los húngaros o los checos no inmutaba a nuestra progresía. El papasito Stalin podía tener sus razones, el tirano Franco ninguna.
La historia se repite décadas más tarde. Pinochet o Videla eran execrables, algo tenían de ello, mientras que Castro, Ortega en Nicaragua y ahora Maduro son orgullosos defensores de la soberanía y libertad de sus pueblos.
Nos hemos acostumbrado a que la izquierda española, tan humanitaria y selectivamente sensible en determinados casos, sobre todo en los que tienen algo que ver con Estados Unidos, ignore por completo el sufrimiento y las violaciones masivas de los derechos humanos y del derecho internacional en otras latitudes. Los sirios son gaseados por su gobierno y nadie se inmuta, en el Congo mueres cinco millones de personas e ídem, en estos días leemos que las autoridades iraníes disparan con balas a los manifestantes que se quejan del coste de la vida y no hay una izquierda que tome una pancarta.
El contraste entre Ucrania y Palestina es llamativo y muy visible en nuestro gobierno Frankestein, en un sector de nuestra intelectualidad progre y también en la farándula cinematográfica. Muchos de sus miembros se echan a la calle y parecen dispuestos casi a abrirse las venas por el padecer, cierto e injusto, de los palestinos, pero parecen creer que Ucrania está en el planeta Neptuno del que no hay noticias. No obstante, allí hay hospitales y escuelas bombardeados y más de un millón de muertos entre rusos y ucranianos.
Piafan indignados porque el bocazas de Trump viole la soberanía de Venezuela causando 72 muertos y no advierten que Putin lo ha hecho más brutal e ilegalmente en Ucrania con un resultado mucho más inhumano.
En Venezuela, el maniqueísmo y el ansia de hacer titulares de nuestra izquierda bate records: el showman Pablo Iglesias ya dijo hace años, cuando millares de venezolanos salían del país por la opresión y el hambre, que allí se comía tres veces al día y que envidiaba a los españoles que vivían en aquella isla de libertad (no cabe mayor memez). Ahora compara a Corina Machado con Hitler, Putin y Maduro deben ser para él la madre Teresa. Ione Belarra, gran experta en política internacional, pide que rompamos relaciones con Estados Unidos y hace comparaciones igualmente jocosas.
Sánchez, por su parte, hostiga al derechista Milei, culpable de haber ganado con 56 % unas elecciones, y arropa, con los incansables desvelos de Zapatero, a Maduro, autor del mayor pucherazo en la historia venezolana. Nadie de su Gobierno ni del sanchismo rechista ante la patética realidad del régimen de Maduro: elecciones trucadas, torturas, asesinato de opositores, numerosos presos políticos, hambre, mucha hambre y exilio en un país rico. El tribunal de La Haya han incoado un procedimiento por violación de derechos humanos. Nuestra progresía no se entera. Hay que insultar a Miley, a Trump e incluso al facha de Feijóo, que hasta habla con el apestoso Abascal mientras Sánchez coquetea y hace regalos al modélico Junqueras.
En los próximos días oiremos más del sufrimiento venezolano, de alguna gracieta blanqueadora de Zapatero y si tenemos tiempo y vamos a un teatro nacional veremos a algunos actores saludando, después de una acertada representación, con la bandera palestina. No lo invento, día tras día. Nunca con la ucraniana. Es un ejemplo de cosas de nuestro mundo de la farsa. No de la farsa del tipo comedia, sino de la farsa de farsante, de la radical superchería de cierta izquierda.

