Columna El Líbero, 14.03.206 Fernando Schmidt, Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
La generación que egresó a fines de 1975 de la Academia Diplomática, a la que pertenezco, adoptó el nombre de Mariano Fontecilla para honrar al que percibíamos como epítome del servidor público en la diplomacia chilena, símbolo de entrega y desprendimiento por el país. Cuando egresamos, Mariano representaba un referente hacia el cual cada uno debía dirigir su carrera. El nombre elegido no era un recordatorio de alguna respetable figura del pasado. Era el presente y el futuro.
Cuando lo vimos sentado una vez más en el Salón de Honor del Congreso Nacional o en la Catedral de Santiago, con motivo de las ceremonias del Traspaso del Mando Presidencial, a sus 101 años, nuestra generación se estremeció de legítimo orgullo. Vimos confirmada nuestra elección. Su asistencia seguía siendo un emblema de lo mejor de Chile. A su edad, cuando los actos más sencillos y cotidianos de la vida se hacen difíciles, tuvo el coraje de hacerse presente a más de cien kilómetros de la comodidad de su casa. Mariano no vio por televisión el acto republicano que nos enorgulleció a todos. No. Estaba allí, probablemente fatigado, pero diciéndonos que el servicio – y a su edad servir es simplemente estar – no tiene edad, no jubila, no caduca, no se queda sentado.
Todas las autoridades, los funcionarios del Congreso, la prensa, los que vimos el acto por televisión captamos esa potente y señorial comparecencia. Sin articular palabra nos estaba diciendo cómo y cuándo hay que estar. La hidalguía suya entendida como dignidad, elegancia en el porte y en las acciones, sentido de responsabilidad y deber republicano estaban allí. Tal vez exagere, pero siento que su figura realzó el acto más importante de nuestra institucionalidad democrática.
Mariano apoyó silenciosamente con su comparecencia a nuestro compañero de generación, Patricio Torres, el nuevo Subsecretario de Relaciones Exteriores, sentado a pocos metros suyo. Es uno más del curso que, bajo distintas administraciones, fuimos elegidos para servir como embajadores de Chile o en altos cargos de la Cancillería. Ahora le corresponde a Patricio cumplir una desafiante tarea en este mundo de cambios telúricos, enrarecido, pero sabe que cuenta con el inestimable apoyo del presidente, del nuevo ministro, de nuestra generación, de diplomáticos de distintas épocas y, ciertamente, la inspiración y ejemplo de nuestro mentor.
Vienen tiempos de emergencia nacional en distintos ámbitos, sobre todo en seguridad, control del gasto, crecimiento, educación. En lo internacional, tenemos por delante una competencia soterrada pero tenaz entre Estados Unidos, el principal inversionista en Chile y poder hegemónico en el continente; y China, la potencia desafiante y principal mercado para nosotros. No podemos perdernos aquí en una política de suma cero, o en equidistancias irreales. Tenemos que asumir con sentido práctico nuestra circunstancia y los cambios que tenemos por delante.
A lo anterior se agrega, en el corto plazo, la amenaza de un encarecimiento del precio internacional de los hidrocarburos y sus secuelas internas. Es decir, la diplomacia debe ponerse al servicio de una estrategia para aminorar las consecuencias de estos hechos. Además, tenemos que plantearnos una necesaria y urgente diversificación de los mercados de exportación, de las líneas de suministro, o la necesidad de mayor seguridad en nuestros espacios oceánicos, entre otros. Ante tamaños desafíos, impensables hace unos meses, la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU suena insignificante, aleatoria, baladí.
El momento internacional que se avecina requiere de lo mejor de Chile. Parafraseando al presidente Kast en su discurso del miércoles desde La Moneda, la adversidad radica en los desafíos que nos afectan y no en las ideas diferentes. La hora requiere de la mayor unidad nacional, conseguir el apoyo de los que piensan y votan distinto en materias políticas internas, de las mejores mentes de la academia por discordantes que sean. La coyuntura internacional no admite barricadas reales o conceptuales y menos aún las piedras de la intolerancia o la violencia. No se puede tolerar la agresión como método.
Este cambio de mando, como dijo el presidente, es y debe seguir avanzando (el traspaso no ocurre en un día) en un tono republicano, institucional, ordenado. Esto no quiere decir que no se deba ser claro y firme en lo que se debe hacer. No se debe tapar los ojos ante la mala administración de los recursos, sino recurrir a la razón de las auditorías, y cuando estas hayan completado su trabajo, apelar al debido tono, al respeto, a la transparencia y al diálogo para ganarse la confianza de la opinión pública y de esos parlamentarios que piensan en Chile desde la oposición.
Los tiempos que corren tampoco están para batallas ideológicas en la región. Por eso, fue una lástima que el presidente Lula no haya venido a la Transmisión del Mando. Su ausencia fue leída en esas coordenadas, cuando lo que busca Kast es amplitud de criterio. Días antes el brasileño había dejado traslucir que la presencia en Valparaíso del senador Flavio Bolsonaro, su rival en las próximas elecciones y con quien se encuentra empatado en las últimas encuestas, podía ser considerado causa de “fuerza mayor” para desistir de su anunciado viaje. Es decir, nos metió en el nefasto juego suma cero de la política interna brasileña.
Al decir de algunos, Lula no quiso empañar la dignidad del cargo presidencial compartiendo espacio en Chile con el líder de la oposición y miembro más moderado de la familia Bolsonaro. El mismo que, sin embargo, apoyó la agenda económica gubernamental a fines del año pasado para conseguir la reducción de penas a favor de su padre. En ese contexto, gracias a Bolsonaro, Lula pudo avanzar en leyes para aumentar la recaudación, cumplir con la meta fiscal y financiar programas sociales.
La ausencia de Lula no opacó a Kast sino al mandatario brasileño. El miércoles, el primero se acrecentó al pedir respeto por el expresidente Boric porque, a pesar de sus diferencias, ejerció la primera magistratura con convicción. Al día siguiente, ante una mayoría de partidarios y un puñado de opositores reconoció el aporte del expresidente Piñera, su duro contrincante. No obstante, dijo que “esas diferencias nunca nos impidieron reconocer algo esencial que ambos concebimos: el servicio público como una forma de compromiso y amor por Chile”. ¿Es justo que el recíproco rencor arrastre a otros a elegir entre personalidades que internamente se excluyen, como en Brasil? Creo que aquí Lula se equivocó de batalla.
A pesar del incidente, ahora corresponde afirmar lo sustantivo. Es decir, cultivar la relevante vinculación con Brasilia en aras de una mayor cohesión bilateral y sudamericana, en primer lugar. Igual que en lo interno, necesitamos un diálogo regional para hacer frente a los desafíos de un mundo que cambia como nunca lo hizo en ocho décadas. La disparidad de intereses entre EE.UU. y China, el auge del crimen organizado o las secuelas permanentes del tema energético lo ameritan.
Necesitamos para ello del espíritu de Mariano, que desde la diplomacia sirvió con el mismo entusiasmo a políticos de pensamientos distintos. Necesitamos del pragmatismo de Itamaraty o Torre Tagle, servicios de excelencia a disposición del estado brasileño o peruano, que proponen una mirada más allá de la contingencia. Necesitamos que ese tipo de actitudes siga encantando a jóvenes diplomáticos nuestros, aún idealistas, que salen temprano, alegres y los fines de semana cuando corresponde, a poner el hombro para servir a Chile. Aunque no lo crean, existen.

