Serguéi Viktorovich Lavrov

Perfil
OpinionGlobal, 09.02.2026
Cristián Maquieira Astaburuaga, embajador ®

En 1983, en pleno gobierno militar, comenzó a fraguarse un lazo de amistad con Serguéi V. Lavrov, el actual ministro de relaciones exteriores de la Federación Rusa. Fue una experiencia valiosa para un diplomático joven en un período que nuestra diplomacia fue desafiada y donde la respuesta profesional era necesariamente estratégica, aunque este caso puede ser una excepción.

Lavrov se desempeñaba como consejero de la misión permanente de la URSS ante Naciones Unidas, en Nueva York y yo había llegado a ocupar el cargo de tercer secretario en la misión de Chile.

Nuestro embajador era Manuel Trucco Gaete, mientras que su colega Oleg Troianovski cumplía similares funciones en representación de la Unión Soviética. Este caballero era en esos momentos una pequeña celebridad en la ONU, pues cuando unos disidentes rusos lograron vulnerar la seguridad y lo rociaron con tinta roja durante una sesión pública del Consejo de Seguridad, su única e insólita reacción fue declarar “better red than dead” (mejor rojo que muerto).

Lavrov y yo teníamos tareas similares, ocupándonos de los órganos económico-sociales de la ONU, por lo que nos encontrábamos permanentemente asistiendo a las mismas reuniones, pero fiel a la práctica entre representantes de los países de la órbita socialista y los diplomáticos de Pinochet en esa época, nos ignorábamos olímpicamente. No obstante, a Lavrov lo veía relajado, muchas veces riéndose a carcajadas y con un aire cordial, que lo distinguía de sus colegas soviéticos que se presentaban públicamente, en general, serios, esquivos y ariscos.

Por mi parte, de manera tal vez poco profesional no le di mucha importancia al rechazo político que producía el gobierno militar en distintos países miembros de la ONU, particularmente la URSS. Me parecía más importante tratar de llevarme bien con todos los delegados y dejar a ellos la decisión de rechazo, pues estaba convencido que los intereses multilaterales de Chile estaban por encima de las contingencias políticas bilaterales entre Estados.

De igual forma, sabía que el acercamiento a un representante de la Unión Soviética era harina de otro costal, vista la agresividad de ese país con Chile y, la verdad sea dicha, no tuve esto mucho en cuenta.

Así se formó un vínculo peculiar entre dos funcionarios que representaban países de gran hostilidad mutua, lo que nos imponía ciertas limitaciones que ambos entendíamos tácitamente. Principal entre ellas, no ser vistos compartiendo a dúo en reuniones de Naciones Unidas; en recepciones estaba permitido juntarse siempre que fuera en un grupo. No obstante, el trato siempre fue amable, con pinceladas de afecto personal pues como “contacto” yo no le servía mucho.

Así, montado en la excusa de una consulta sobre un tema en discusión y sabiendo que podría incurrir en problemas en mi oficina debido a que confraternizaba con el enemigo, me presenté a Lavrov quién logró disimular apenas su cara de sorpresa, pero luego fue bastante amable resolviendo mis dudas.

Esta no era mi primera interacción con un delegado de la URSS. Unos meses antes Malasia había presentado, ante la Asamblea General con el respaldo del Movimiento de Países No-Alineados, el tema de la Antártida. Su objetivo era que la ONU declarara el continente blanco “patrimonio común de la humanidad”, usando el precedente de la convención del mar en proceso de aprobación. Chile, como signatario original del Tratado Antártico y además reclamante de soberanía del continente blanco, consideró de suma gravedad esta iniciativa, sentimiento compartido por la mayoría de los Estados parte del Tratado Antártico. Por esta razón los países antárticos tuvimos una seguidilla de reuniones para determinar la manera de oponerse a esta iniciativa y, en el curso de ellas, de las cuales me ocupé a petición del embajador Trucco, conocí a Igor Yakovlev, asesor jurídico de la misión soviética. El hombre era severo, sin humor, que daba la impresión de estar siempre constipado. Fuera de saludos formales y hablar del tema en la reunión, no tuvimos otro contacto.

El tema de la Antártida en la ONU es muy interesante y merece un relato propio. Por ahora basta decir que la intención de Malasia no prosperó debido a la que el continente blanco está regulado, desde 1959 por el Tratado Antártico abierto a la firma de todo país interesado. Asimismo, fue determinante el hecho que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad eran también Estados parte del Tratado.

Pasado el primer encuentro con Lavrov, empezó a florecer una relación casi normal. Teníamos ocasionales conversaciones cordiales en grupo durante las sesiones en la ONU en las cuales yo buscaba información sobre las posturas del grupo de países socialistas y él hacía lo mismo con respecto a los países en desarrollo.

Un día, me sacó del closet. Me invitó al salón de delegados. Sorprendido, le dije “No vas a tener problemas si eres visto tomando un café conmigo en público”. Me respondió “Por lo que me han dicho de tu General, tú vas a tener muchos más problemas que yo”. Y, partimos.

En otra ocasión, a propósito de nada me preguntó si me gustaba el fútbol y cuando le dije que había jugado en las divisiones inferiores de un club profesional chileno, me contó que los sábados en la tarde funcionarios de su misión jugaban contra delegados de diversos países en Roosevelt Island, una pequeña islita en el East River. En fin, me invitó a jugar, con lo cual la relación dejó de ser exclusivamente profesional. Me colocaba de arquero del equipo de delegados y como él jugaba de centro delantero en el suyo me decía “Así le puedo hacer goles a Pinochet”, algo que yo trataba de impedir por razones de prestigio personal antes que motivos políticos.

De esa manera, fui descubriendo que Serguéi no calzaba con la imagen habitual de un burócrata soviético, pues era encantador, con sentido del humor y una sorprendente bonhomía. También te daba la firme impresión de ser muy ducho en batallas burocráticas. Ejemplo de ello es que lleva 22 años como canciller de Rusia.

Lavrov ha sido un experto en la ejecución de decisiones y, tal vez, ese sea el principal motivo por lo que Putin lo mantiene como canciller. Puede ser frío, calculador, osado, además de despiadado y maquiavélico cuando la situación lo requiere. Adopta posiciones a veces escandalosas, pero con un toque más sofisticado que el de muchos otros ejecutores de Putin. Un ejemplo de ello es, si Putin se muestra hostil a Estados Unidos, se desata una competencia entre ambos para superarse en su antiamericanismo.

Dado que yo no le era una amenaza desde el punto de vista diplomático, Lavrov se podía relajar conmigo. Entonces la relación se fue ampliando al punto que en más de una ocasión fuimos juntos al Giants Stadium a ver a partidos de fútbol del New York Cosmos, integrado entonces por Giorgio Chinaglia y Franz Beckenbauer, ambos en las postrimerías de sus carreras. Sin embargo, su pasión no era el fútbol sino el rafting y, muchas veces, hablamos de que algún día se dieran las condiciones políticas que le permitieran viajar a Chile y descender algunos ríos del sur entre ellos el Futaleufú, palabra que nunca pudo pronunciar bien y la reemplazaba por “Ese río”.

Así continuó una genuina relación amistosa, no desprovista de afecto hasta 1988, cuando Lavrov fue trasladado de regreso a Moscú y yo a Santiago.

Nos volvimos a encontrar en 1994, cuando él regresó a la ONU en calidad de Embajador Representante Permanente ahora de la Federación Rusa y yo ministro consejero del Chile democrático.

Los buenos sentimientos que brotaron en condiciones políticas desfavorables volvieron a aparecer, aunque tuvimos un contacto irregular pues las tareas del Conejo de Seguridad del cual Chile no era miembro en ese momento absorbieron todo su tiempo, pero volvimos a jugar fútbol de nuevo. Por mi parte, al final de la Asamblea General y antes de navidad, organizaba una recepción en mi casa, a la cual siempre asistió Serguéi. A fines de 1995, debí regresar a Chile.

En abril de 1996, con Chile ahora miembro del Consejo de Seguridad, y yo en Santiago, el embajador Juan Somavía, por rotación en orden alfabético, ocupó la presidencia del Consejo y solicitó que yo viajara a Nueva York a asesorarlo mientras ejercía dicha función. Entonces tuve más contacto con Serguéi. Recuerdo que, más que darme información contingente, se concentró en educarme en las complejidades subyacentes o implícitas que movilizan al Consejo y podrían influir en la gestión del presidente.

Chile ingresó al Consejo de Seguridad por un período de dos años en 2003. El tema principal en la agenda del Consejo era Irak y las armas de destrucción masiva supuestamente en su posesión, que al final resultó no ser efectivo. En años anteriores el Consejo había aprobado 16 resoluciones sobre Irak, incluida la No.1441, que ofrecía a Irak “la última oportunidad para cumplir sus obligaciones de desarme” y le advertía explícitamente que afrontaría "consecuencias graves" si no cumplía. Al no encontrar apoyo entre los miembros del Consejo, Estados Unidos utilizaría este texto y, específicamente la frase citada, para justificar la agresión a ese país, lo cual constituyó una argucia torpe, pues de acuerdo con la Carta de la ONU, sólo el Consejo de Seguridad puede autorizar el uso de la fuerza.

Durante ese período, si bien Lavrov se coordinaba con el embajador de Chile, Juan Gabriel Valdés, a propósito de las intenciones bélicas de EE.UU., también hubo mucho contacto entre nosotros. Chile formaba parte del grupo de países en desarrollo miembros del Consejo, compuesto por Angola, Chile, Camerún, Guinea, México y Paquistán, que favorecían la continuación de las inspecciones y, por lo tanto, se oponían al uso de la fuerza. Esta posición era compartida por China, Francia -que anunció vetaría cualquier resolución autorizando el uso de la fuerza- y Rusia. Estados Unidos sólo contaba con el apoyo de Bulgaria, España y Gran Bretaña.

El 2004 nos despedimos calurosamente, pues yo regresaba a Chile habiendo completado mi destinación y Serguéi asumía el cargo de ministro de Relaciones Exteriores de la Rusia de Putin.

En el año 2007 se realizó en Australia una reunión de APEC a nivel de jefes de Estado. Como me desempeñaba entonces como director de Medio Ambiente de la cancillería, integré la delegación presidida por la presidenta Bachelet para tratar el tema del cambio climático que estaba incluido en la agenda de la reunión privada de los líderes.

En un momento conversando con nuestro canciller, Alejandro Foxley, mientras esperábamos el inicio de una cena ofrecida por su colega australiano Alexander Downer a las delegaciones participantes, escuché a mis espaldas una voz conocida que preguntaba “Cristian, todavía fumas”. Era Lavrov. Salimos a la terraza con un cigarrillo en la mano y durante aproximadamente cuarenta minutos nos pusimos al día hasta que llegó una funcionaria del protocolo australiano muy nerviosa a decirle a Serguéi que lo estaban esperando para dar inicio a la cena.

En el año 2014 y el 2019 Lavrov realizó visitas de trabajo a Santiago y se reunió con los cancilleres Teodoro Ribera, en la primera ocasión, y Heraldo Muñoz, en la última. Ya me encontraba fuera del ministerio, habiendo concluido mi carrera y pasado a retiro. Sin embargo, en ambas ocasiones lo fui a esperar y nos reunimos brevemente en la entrada de la cancillería. Como siempre, fue muy afectuoso conmigo. Todavía recuerdo la cara de estupor del jefe de protocolo al ver el trato familiar con que me recibió.

Fue la última vez que estuve con él.

Ese vínculo con Lavrov me dejó una gran lección en uno de los períodos más difíciles para nuestra diplomacia, que me permitió dilucidar las múltiples opciones y caminos para servir a Chile y donde los diplomáticos profesionales enfrentamos un desafío permanente. Esa experiencia inicial me acompañó toda mi vida.

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