Columna La Crónica de Badajoz, 01.02.2026 Jorge Dezcallar de Mazarredo, Embajador de España
- No me extraña que Trump esté enfadado porque le hayan dado el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado
No sé si Gengis Khan sería un ególatra o si lo sería el emperador Augusto, pero supongo que sí, porque estaban por encima de la ley, su palabra era ley. Como les pasaba a Atahualpa o a Alejandro Magno, que fundó no-sé-cuántas ciudades con su nombre y eso que murió con treinta y tres años. Imagino que todos ellos tendrían un ego descomunal, estarían rodeados de sicofantes que solo les dirían aquello que deseaban oír y que reirían todas sus gracias para que no les cortaran la cabeza. Lo mismo pasaría con Hitler y Sadam Hussein, que acabaron alejados de la realidad y cometiendo enormes errores, porque ese es el precio de estar rodeados de aduladores. Otros, como Mao y Stalin, se salieron con la suya después de cometer crímenes de crueldad inimaginable. Todos podían hacer lo que querían sin controles de ningún tipo y el resultado nunca fue bueno, al margen de los que integraban su camarilla íntima que engordaban con sus despojos. Y no siempre, porque tenían muchas papeletas para acabar convertidos en despojo ellos mismos.
Se dirá que eran otros tiempos y que, afortunadamente, hoy no hay equivalente de estos monstruos. Y, sin embargo, Putin y Trump parecen pensar que la ley es algo para los demás. Por eso Putin invade Ucrania y sus enemigos caen desde altos rascacielos. Por eso Donald presume de que podría agarrar a una mujer por donde usted imagina (él dijo 'pussy'), o que gracias a la inmunidad concedida por el Tribunal Supremo podría asesinar en plena Quinta Avenida neoyorquina a un rival sin que tampoco pasara nada, como reconoció la jueza Sonia Sotomayor cuando votó en contra.
Trump desprecia el derecho internacional: “Mi propia moral es lo único que me puede parar... no necesito el derecho internacional”, y por eso persigue y castiga a jueces del Tribunal Penal Internacional que se atreven a imputar a norteamericanos por posibles crímenes de guerra en Afganistán, o a israelíes por los de Gaza. O al ametrallar lanchas y asesinar a supuestos narcotraficantes caribeños, privándoles de un juicio justo; o al bombardear Irán sin previo mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, que tiene el monopolio del uso de la fuerza, con excepción del artículo 51 de la Carta para casos de legítima defensa.
Trump impone sanciones comerciales a Brasil por enjuiciar al expresidente Bolsonaro por intento de golpe de Estado; o secuestra al presidente de Venezuela mientras dormía. Dicen en su entorno que Maduro le irritó por imitar sus ridículos bailes y ahora lo paga en una prisión neoyorquina. También respalda a partidos de ultraderecha que boicotean el proyecto europeo, apoyando posturas renacionalizadoras opuestas a una mayor integración, y se equivoca al no desear una Europa fuerte y unida. Antes también se hacían estas tropelías, pero los que las hacían se sentían obligados a justificarse. Ya no y ese es un cambio muy grande.
Donald Trump tiene un ego descomunal: ha cambiado el nombre del Kennedy Center de Washington DC, que existe desde 1964, por el de Donald J. Trump and John F. Kennedy Memorial Center; construye en la Casa Blanca un salón de baile (que presumiblemente llenará de dorados) que llamará el Donald J. Trump Ballroom; ha edificado ocho Trump Towers (hay tres más en construcción); había siete casinos Trump, aunque ese negocio no le ha salido bien; tiene cuatro hoteles Trump y otros dos se inaugurarán pronto; nada menos que dieciséis campos de golf también llevan su nombre; y ahora ha anunciado la “clase Trump” para un nuevo modelo de buque de guerra.
Tras esta lista tan impresionante no me extraña que esté enfadado porque le hayan dado el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado y luchará para que se lo concedan el año próximo. Y si no, al tiempo. De momento ha dicho a los noruegos que como no se lo han dado se siente menos inclinado a buscar la paz en el mundo (!).
Modestamente, me atrevo a proponer que añada su efigie a las de los presidentes Washington, Lincoln, Theodore Roosevelt y Jefferson que Botzun Borglum esculpió en 1941 en el Monte Rushmore, en Dakota del Sur. Bustos en granito de dieciocho metros de altura. Francamente, no sé a qué espera Donald para buscar un escultor que añada el suyo. Seguro que además encuentra donantes ricos beneficiados por sus rebajas de impuestos que se lo financian. Es solo una modesta sugerencia.

