Valparaíso, China y el BBNJ

Columna
El Líbero, 24.01.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Las líneas que siguen no le van a gustar al embajador chino, el mismo que esta semana fue recibido con aplausos en nuestro Congreso en Valparaíso y al que le dispensamos tantas atenciones.

Hace unos días, sin que nuestros medios hayan cubierto adecuadamente la noticia, la R.P. China presentó la candidatura de la ciudad de Xiamen como futura sede de la Secretaría del “Acuerdo para la Conservación y Uso Sostenible de la Biodiversidad Biológica más allá las Jurisdicciones Nacionales” (BBNJ), amenazando el esfuerzo nacional realizado por el gobierno, con el apoyo de la ciudad y de todas las bancadas de nuestro Congreso, para postular a Valparaíso al mismo sitial.

Están en su derecho a hacerlo, igual que los belgas respecto a Bruselas. Sin embargo, nada nos advirtieron, como se hace entre países que proclaman tener excelentes relaciones. La actitud no se condice con las manifestaciones de amistad que les prodigó la actual administración. El presidente Boric se reunió, formalmente, en cuatro ocasiones con su homólogo chino, algo que no hizo con nadie de fuera de nuestra región. Sin embargo, mientras se producían los apretones de mano y ambos posaban sonrientes y confiados, China desarrollaba toda una estrategia a sus espaldas para desbancar a nuestra ciudad patrimonio.

Sondearon a otros países para dejarnos fuera de competencia, especialmente en lugares en los que no tenemos una buena red diplomática. Prometieron una sede lujosa en un edificio de 15 pisos, dos magníficas villas para su alto funcionariado, garantías para asegurar la participación de las naciones más pobres (39); de los pequeños estados-isla (37); facilidades a sus funcionarios, etc. Difícil para la mayoría no caer en la tentación. Ningún país presenta una candidatura a sede de un ente internacional si existe un riesgo de perderla, y una potencia como China, menos.

El orden internacional presidido por la ONU se encuentra en una crisis de décadas, y se ha profundizado con el retiro de EE.UU. de 66 organismos. Con estas prácticas, la candidatura china de Xiamen sólo aumenta el peligro por el que atraviesa el multilateralismo.

El acuerdo BBNJ pretende asegurar la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica marina mediante una mayor cooperación internacional. En otras palabras, limitar la acción de flotas depredadoras de los recursos situados fuera de las jurisdicciones nacionales. Sin embargo, la flota pesquera china es la mayor del mundo según la ONG Global Fishing Watch, con una captura de entre 4 y 5 millones de toneladas fuera de su jurisdicción nacional (el 30% del total global). La mitad de esta correspondería a actividad ilegal no declarada. Es decir, el mayor responsable de la depredación de los recursos pesqueros del mundo pretende albergar en su territorio a la Secretaría del organismo cuyo objetivo es regular la actividad. Es claro que buscan influir para que las normas sean funcionales a sus intereses.

Es más, aunque China ratificó la Convención del Mar en 1996 (a cuyo amparo surge el acuerdo BBNJ). De esta especie de Constitución de los océanos ellos aceptan algunos de sus artículos. No todos. Por ejemplo, rechazan la jurisdicción obligatoria de sus tribunales cuando fallan contra sus intereses estratégicos o reclamos históricos, que sitúan al mismo nivel que la Convención (caso del mar del Sur de China en 2016); o invocan la cláusula de exclusión cuando se trata de diferencias sobre delimitación de fronteras marítimas, bahías históricas y actividades militares; o cuando alegan que la Carta no tiene facultad para decidir sobre la soberanía de territorios marítimos que a su juicio son una extensión de su jurisdicción terrestre (arrecifes del mar del Sur de China). No respetaron un fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre estos temas. ¿Qué tipo de independencia puede esperarse de una BBNJ situada en una ciudad china, si el país sede cuestiona la Convención que está en la base de aquel acuerdo?

Por otro lado, el acuerdo BBNJ es un freno ambiental a la actividad extractiva minera del fondo oceánico, regulada por la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA). China aspira a dominar la extracción de esa superficie rica en nódulos polimetálicos y controlar la cadena de minerales críticos necesarios para la transición energética, el desarrollo de semiconductores y de la industria militar. Así, presionan en la ISA para obtener una rápida aprobación de un reglamento minero que permitiera pasar de la fase de exploración a explotación, posición opuesta a la de países como Chile y Francia que proponemos una moratoria a esta actividad.

China dispone hoy de 5 de los 31 contratos de exploración otorgados por la ISA, la mayor cantidad asignada a un país. Estos se sitúan en el Pacífico central, en montes submarinos del Pacífico noroeste y en el océano Índico. Con el lanzamiento del Mengxiang el año pasado, megabuque perforador capaz de alcanzar los 11 mil metros de profundidad y el anuncio de futuras bases submarinas a 2 kilómetros de hondura que funcionarían como centros logísticos, lo más probable es que estas aspiraciones se amplíen a corto plazo, para lo cual les es necesario un control sobre las decisiones de la BBNJ. Obtener la sede de la Secretaría sería un paso estratégico en esta dirección.

Estados Unidos nunca ratificó la Convención del Mar. Tampoco es parte de la ISA ni de la BBNJ. En otras palabras, en un momento de su historia en que cuestionan todo el desarrollo de los acuerdos ambientales están limitados únicamente por su ambición de poder y capacidad tecnológica para proceder a pescar masivamente, o extraer del fondo del mar los nódulos polimetálicos que deseen. De hecho, hoy están centrados en el desarrollo de tres pilares para ello: robótica para la cosecha selectiva de nódulos, como el proyecto Eureka; inteligencia artificial (algoritmos y visión computacional avanzada), y marco regulatorio acelerado para licencias de exploración y explotación en aguas internacionales, bajo sus propias reglas.

La diferencia entre un país y otro radica en que China busca manipular internacionalmente la lógica del poder con un grupo de países respaldándole, y EE.UU. hace caso omiso a la democracia internacional. La postulación de Xiamen como sede de la BBNJ, que amenaza a Valparaíso, es a mi juicio la constatación de la primera realidad.

No nos gusta que una potencia pase a tener una primacía sobre las normas que pueden regular el futuro de la minería submarina y de los mares amenazados por la contaminación o por la sobre explotación pesquera. Hoy no existen regulaciones suficientes sobre el 70% de la superficie del globo, cubierta por mares. Sin embargo, estos producen la mitad del oxígeno del planeta, albergan la mayor parte de su biodiversidad y son la principal fuente proteica para mil millones de personas.

Para nosotros, país del Pacífico con escasa capacidad para imponer globalmente nuestra voluntad, la gobernanza sobre los mares es crucial. Necesitamos limitar, en la medida de lo posible, que se imponga la ley del más fuerte, pero temo que se nos hizo tarde.

Es posible que Valparaíso como sede del BBNJ no hubiera detenido la carrera por el dominio estratégico de los mares entre las grandes potencias, pero, a diferencia de Trump que no oculta nada de lo que piensa, los chinos se sacaron la careta y nos asestan un golpe que no vimos venir. Mientras tanto, nuestro Congreso, irónicamente ubicado en esa ciudad, aplaude a su representante.

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