Columna Diario de Mallorca, 02.03.2026 Jorge Dezcallar de Mazarredo, Embajador de España
Esto se está complicando y mucho, porque ya se sabe cómo empiezan las guerras, pero no cómo acaban. La acumulación de fuerza en torno a la República Islámica de Irán ha terminado como cabía suponer, a pesar de que la decisión final estuviera en manos de alguien tan imprevisible como Donald Trump. Washington nunca había acumulado tantas fuerzas en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003 y cuando la maquinaria bélica se pone en marcha es para usarla, llega un momento en que es muy difícil pararla y más cuando detrás están los israelíes empujando.
Antes del ataque, Netanyahu viajó nuevamente a Washington para encontrarse ¡por séptima vez! en los últimos meses con su amigo Donald. Una vez más parece haber sido la cola la que ha movido al perro, que estaba entretenido en una negociación con los iraníes sobre la que llegaban algunos rumores tibiamente esperanzadores. Se está poniendo de moda atacar a alguien con el que se está negociando y es que se pierden las formas. Los israelíes no han querido dejar pasar la oportunidad de acabar con su archienemigo existencial aprovechando que estaba más débil que nunca tras los golpes sufridos durante la Guerra de los Doce Dias y la desaparición de aliados regionales, sin que tampoco rusos y chinos hayan movido un dedo para ayudarles. Por si fuera poco, Irán ha perdido 45 puntos de PIB desde 2012, sufre sanciones internacionales y la gente está harta de velos, de aislamiento, de corrupción y de pasarlo mal.
Lo deseable sería que los ayatolás reconocieran que el invento que trajo Jomeini en 1979 ya no da más de sí, que el 72% de los iraníes han nacido después de una revolución que no les dice nada, y que dieran paso a que el pueblo decida cómo quiere gobernarse. Pero como no parecen partidarios de hacerlo y siguen siendo un peligro por su enriquecimiento de uranio y sus misiles balísticos, norteamericanos e israelíes han vuelto a bombardearles. El objetivo es claro: acabar con el régimen, y eso puede dar lugar a varios escenarios.
El primero es que el régimen se enroque y prefiera el martirio, como hizo su mesías Hussein en la batalla de Karbala (680) y responda -mientras pueda- con más represión, que es lo que sabe hacer y lleva haciendo desde 1979. Para eso es imprescindible que mantenga la lealtad del Ejército y de los Guardianes de la Revolución. Con solo bombardeos y sin poner botas sobre el terreno no será fácil desalojarle del poder, como ya se vio con Sadaam Hussein en 1991. El régimen procurará prolongar el enfrentamiento para acercarse a las elecciones que israelíes y americanos tienen a fin de año, en la confianza de que el movimiento MAGA, contrario a aventuras exteriores, se enfrente a Trump. La muerte de Jamenei era algo previsto y el artículo 111 de la Constitución prevé para ese caso que se forme una junta integrada por el presidente del Gobierno, el líder de la judicatura y un clérigo del Consejo de Expertos, con objeto de evitar un vacío de poder. Ya está en funciones a la espera de que se nombre un sucesor.
El segundo escenario es que el régimen colapse y aquí caben también varias posibilidades:
- A) Que la intervención militar refuerce las manifestaciones (Trump ha invitado directamente a los iraníes a coger el futuro en sus manos) y se conviertan en una revolución que obtenga el apoyo de los militares, que entreguen el poder al pueblo. No es probable y además la oposición está muy dividida, encarcelada y reprimida, y no es fácil que se pongan de acuerdo como ya ocurrió en 2023, con el intento de la Carta Mahsa que apenas duró un par de meses antes de acabar como el rosario de la Aurora.
- B) Que ante la evidencia de que el régimen da sus últimas boqueadas, algún jefazo militar dé un golpe de Estado para salvar el pellejo y las muchas prebendas que los militares tienen ahora. Sería un escenario lampedusiano donde todo cambiaría para que cambiara lo menos posible: menos clérigos, más nacionalismo y la misma corrupción. Como en Venezuela, donde sigue el chavismo, o en Egipto, donde expulsaron a Mubarak para dar el sillón a otro general.
- C) El régimen también podría colapsar si la actual intervención militar decapita a sus líderes y derriba sus estructuras de poder, pero en ese caso tampoco está claro quién lo asumiría (¿el hijo del Shah?) ni el grado de legitimidad y de apoyo popular que tendrían quienes lo alcanzaran con la ayuda de israelíes y norteamericanos. No hay que olvidar que Irán es un Imperio viejo y orgulloso. El resultado podría ser otra Libia.
En ningún escenario aparece la palabra democracia. Quedan incógnitas sobre la extensión del conflicto, algo que ya se está produciendo; el futuro de Irán; el impacto de lo que ocurra sobre los flujos y precios del gas y el petróleo (Estrecho de Ormuz, bombardeo de infraestructuras petrolíferas en la región); el impacto sobre la inflación en el mundo; la respuesta de China, si se queda sin petróleo...
También hay algunas certezas, como la reafirmación de la primacía de la seguridad nacional por parte de los poderosos, y el recurso a la fuerza para imponerla al margen del derecho internacional, nuevamente violado. Aquí el que puede, puede: “might makes right” dicen los americanos. Y los demás, que se arreglen. Vamos a un mundo muy antipático, en el que la Unión Europea vuelve a mostrar su inoperancia: España condena -como ha hecho el secretario general de las Naciones Unidas- unos ataques americano-israelíes que Francia y Alemania apoyan (también el Reino Unido y nuestra oposición), Polonia los conocía previamente, y Von der Leyen se ha limitado a pedir contención, sin mencionar ni condenar a nadie. Es la fórmula ideal para que nadie nos tome en serio.

