Medio Oriente: Una visión realista sobre el poder y el derecho

Editorial
OpinionGlobal Review, 16.04.2026

En los tiempos que corren se habla mucho de que el mundo está transitando hacia un nuevo sistema internacional, ya no en dirección del “fin de la historia” (la victoria liberal proclamada por Fukuyama), sino de un orden internacional marcado por el multipolarismo y donde las democracias están siendo desafiadas -interna y externamente- por autocracias agresivas (Ejs.: acciones subversivas del PC chino o del Pasdarán iraní en EEUU). En el primer caso, se trata de la hegemonía de tres grandes potencias (EEUU, Rusia y China), que compiten por sus respectivas zonas de influencia; y en el segundo, las democracias occidentales están particularmente enfrentadas a los CRINK (sigla inglesa para China, Rusia, Irán y Corea del Norte).

EEUU todavía es el líder occidental que mantiene la estabilidad del sistema internacional. Pero, en las dos situaciones anteriores, la fuerza se ha impuesto lamentablemente al derecho, favoreciendo a las dictaduras en desmedro de las democracias y cuestionando los liderazgos políticos de éstas últimas.

Pasemos a analizar ahora determinadas circunstancias en el ámbito mundial contemporáneo que confirman el imperio de la fuerza y el desgaste del derecho internacional. A saber, los recientes conflictos bélicos en el Medio Oriente.

Gaza y la IV Guerra del Golfo
La IV Guerra del Golfo en curso se denomina así por ser el cuarto conflicto bélico en el Golfo Pérsico, después de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), de la guerra entre Irak y una coalición de 42 países liderada por Estados Unidos en la Operación Tormenta del Desierto para liberar a Kuwait (1991); y la invasión de Irak por EEUU ante la supuesta posesión de armas de destrucción masiva (2003). El contexto inmediato del ataque de EEUU e Israel ahora contra Irán es el fracaso de las negociones diplomáticas entre Washington y Teherán (con la mediación de Omán) para un nuevo acuerdo sobre el programa nuclear iraní.

Sin embargo, en un contexto más amplio, la IV Guerra del Golfo es también la consecuencia de la seria amenaza planteada por Irán a partir del 7 de octubre de 2023, con motivo de la sorpresiva matanza desatada por Hamas y otras milicias palestinas desde Gaza contra poblados israelíes colindantes. La llamada “Operación Inundación de Al-Aqsa” o Guerra de Gaza dejó cerca de 1.200 muertos, 251 rehenes y marcó el inicio del último enfrentamiento militar en dicho territorio palestino. Hamas se encargó, incluso, de filmar y difundir ex profeso sus ataques, incluyendo una docena de violaciones y asaltos sexuales, no sólo para aterrorizar a los judíos sino demostrar su capacidad militar ante sus mandamases (Teherán). En efecto, el ataque de Hamas formaba parte de un plan maestro que contaba, además, con la invasión del Hizbulá desde El Líbano y el lanzamiento de misiles iraníes contra Israel. Al parecer, Hamas se habría adelantado a las fechas previstas, con lo cual Hizbulá se limitó a un número limitado de cohetes y Teherán se abstuvo de participar.

Con todo, el sangriento plan de Irán con sus proxies marcó un profundo punto de inflexión para la alianza Washington-Jerusalén. Para los norteamericanos, el problema de Irán ya no solo consistiría en desarrollar un arma nuclear sino en haberse convertido en el mayor peligro terrorista en el Medio Oriente, con serias ramificaciones para el mundo entero. Para los israelíes, el ataque de Hamas constituyó un “Nunca Más”, por lo que su guerra contra los proxies se tornó en una cuestión existencial y no cabía otra salida que “cortar la cabeza de la culebra”: Irán.

Si bien los pakistaníes lograron un cese al fuego para que las partes emprendieran una negociación en Islamabad, la realidad es que no existen puntos de encuentros entre las agendas maximalistas de EEUU (15 puntos) y de Irán (10 puntos). Por ahora, Irán canta victoria, porque su régimen ha sobrevivido y amenaza el abastecimiento normal del petróleo mundial, en tanto que EEUU e Israel igualmente se sienten triunfadores, porque han degradado el poderío militar iraní y han debilitado su rol como potencia regional.

Uso legítimo e ilegítimo de la fuerza
Amplios sectores de opinión pública en Occidente acusan que las represalias desproporcionadas de Israel en Gaza y los ataques preventivos de EEUU e Israel contra Irán y el Líbano representan una violación al derecho internacional, aparte de las denuncias específicas sobre genocidio y crímenes de guerra. La propaganda más extrema en ese sentido considera que ambas guerras resultan del colonialismo israelí y del imperialismo norteamericano. Pero, lo cierto es que, incluso los militantes más democráticos, prefieren mirar para el lado cuando se trata de reaccionar ante el terrorismo palestino, la represión salvaje del régimen islamista iraní contra su propia población, o bien, la amenaza existencial que representa un Irán nuclear para la existencia de Israel, así como factor desestabilizador de todos los países del Golfo.

En seguida, hay que reconocer que las instancias multilaterales hoy no están funcionando. Por un lado, el derecho a veto ha paralizado la acción del Consejo de Seguridad de la ONU, a raíz de lo cual ciertas potencias están optando por la vía bilateral directa. Pero, como sostiene la exministra de relaciones alemana y presidenta de la Asamblea General, Annalena Baerbock, “hay que tener muy claro que las guerras no son un fracaso de la ONU, sino de los estados”. Y, por otro lado, la mayoría de los estados miembros de la ONU actúan de acuerdo con sus sesgos ideológicos particulares. Así, pese a que Hamas ejercía el terrorismo dentro y fuera de Gaza, se rodeaba de escudos humanos (rehenes) para evitar las represalias israelíes y se cobijaba en subterráneos bajo hospitales y colegios. A su vez, la invasión y bombardeos israelíes en el sur del Líbano responden a que los cohetes de Hizbulá son lanzados desde zonas residenciales (chiíes) de ese país. De hecho, Hizbulá, que es un estado dentro de un estado, tiene de rehenes a los libaneses, pero el ejército del Líbano no ha querido o no ha podido desarmar al referido grupo guerrillero.

Aparte de ese enfrentamiento específico no resuelto, se mezclan en la región otros tantos problemas étnicos, religiosos, políticos y militares que afectan la estabilidad general del Medio Oriente. Los iraníes son persas y no árabes, siendo resentida su emergencia como potencia en la región. Los musulmanes predominan, pero en su interior se enfrentan a muerte los sunníes mayoritarios (con eje en Arabia Saudita) con los chiíes minoritarios (Irán). Hay varios pueblos sin estados empeñados en su libre autodeterminación: baluchíes, drusos, kurdos, palestinos, turcomanos. Y, no menos graves, han sido sido las acciones en favor de un califato por parte de Al Qaeda y de ISIS, o bien, el terrorismo de los proxies de Irán (Hamas, Hizbulá, Hutíes).

La contraposición de intereses ha estimulado las grandes contradicciones del Medio Oriente. Por ello, se observa que los países árabes hacen gárgara de su apoyo a la causa palestina, pero la promoción de los Acuerdos de Abraham ha acercado a Israel con algunos de ellos. Arabia Saudita y los estados del Golfo (Bahrein, Catar, Emiratos Árabes y Kuwait) se opusieron al comienzo al ataque de EEUU e Israel contra Irán, pero luego de las represalias sufridas no han querido que se detenga la degradación militar de Irán. También la posición más razonable de antaño en el conflicto palestino-israelí, de apoyar la política de dos estados, se ha visto hoy seriamente cuestionada por el nacionalismo palestino (sobre todo sus “milicias de la resistencia”) que acepta solo un estado, el palestino, lo que ha justificado el extremismo de Netanyahu.

En definitiva, el doble rasero en la política internacional actual es más evidente que nunca, porque las autocracias son libres de atacar a las democracias empleando todos los recursos del poder, pero sin respetar el derecho internacional, mientras que los regímenes más liberales no pueden defenderse de la misma manera y están legal y moralmente constreñidas en su accionar por ese mismo derecho.

El factor Trump
A todo esto, se plantea un factor disruptivo adicional indispensable para entender la política internacional del presente: el liderazgo de Donald J. Trump.

Ya hemos reiterado en sucesivas entregas de OG Review la intensa megalomanía y egocentrismo del presidente norteamericano, o bien, al hecho de que está rodeado de aduladores y no escucha a los expertos. Además, Trump no tiene estrategias, ni planes, e improvisa constantemente sobre la base de su mera intuición. Admira a las fuerzas armadas (¿sus uniformes o desfiles, al igual que el Kaiser Guillermo II?), a los hombres fuertes y a los dictadores. Le molestan, en cambio, las personas débiles, a quienes termina por explotarlas. Se cree un eximio negociador (“dealmaker”), es un hombre eminentemente transaccional, y su afán mayor son los negocios para el enriquecimiento personal.

Ese perfil anárquico e incoherente permite explicar por qué el presidente estadounidense admira tanto a Putin o a Netanyahu; en cambio, vilipendia a Zelenskii y a los líderes democráticos de la UE, ignorando generalmente a los demás. Incluso se ha enfrentado al Papa León XIV, porque se éste opone a la guerra. Resulta obvio, asimismo, por qué Trump apoya a Rusia en contra de Ucrania, desdeñando los roles tanto de la UE como de la OTAN en dicho conflicto. Sus negociadores personales (Rusia-Ucrania y Medio Oriente) son hombres de negocios sin experiencia diplomática ni política: su amigo Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner pretenden, en el fondo, hacer grandes negociados en Rusia, Gaza y el Golfo.

A Trump no le interesa la defensa de Occidente, la promoción de la democracia o la protección de los derechos humanos. Por eso, no persigue cambios de régimen políticos en el mundo y, menos aún, la lucha cultural en términos ideológicos (a diferencia de MAGA y de la ultraderecha). Lo que realmente le importa es cambiar personajes en el poder para poder dominar a sus sucesores, sean Maduro por Delcy Rodríguez o un ayatolá por otro.

Sin perjuicio de todo lo negativo, el disruptivo de Trump ha emprendido acciones en política exterior que ni sus predecesores en los EEUU, ni los dirigentes democráticos mundiales del momento se habrían atrevido a tomar. Veamos algunos casos de su poder al desnudo y sin complejos:

  • Los gobiernos latinoamericanos y la OEA se pasaron años condenando, sin resultado alguno, la dictadura chavista de Maduro en Venezuela, pero bastó una intrépida operación militar especial de los EEUU para que el reemplazo de Maduro (a ser juzgado en Nueva York) por su vicepresidenta Delcy Rodríguez, abriera la posibilidad de una transición gradual en ese país. No se descartan tampoco futuras inversiones de EEUU en el sector petrolero y negocios mineros.
  • De ser exitosa la operación norteamericana en Venezuela, no sería extraño que Trump se entusiasme por intentar una presión similar sobre la aletargada y pobrísima Cuba. Algo que ningún gobierno latinoamericano ha intentado en el pasado. Por ahora, se habla de conversaciones del secretario de estado Marco Rubio (fiero anticomunista) con familiares de Raúl Castro, saltándose al presidente y primer ministro Díaz Canel.
  • Donald Trump ha mantenido conversaciones bilaterales con México para tratar de contener a los carteles del narcotráfico y el flujo de Fentanilo a los EEUU. (desde China vía México). Plantea, asimismo, una coalición regional para combatir el crimen organizado. Está por verse si ese proyecto tipo “bukeliano” prospera o no.
  • Y, en el frente de Irán, Trump pretende eliminar la pretensión nuclear de Teherán, limitar su capacidad en materia de misiles y drones, cortar su apoyo a los proxies, y abrir el estrecho de Ormuz, mientras que el régimen islámico busca primero sobrevivir y, luego, recuperar su poderío militar para imponerse como potencia regional. Relativamente pronto veremos si se impone el caótico Trump, o bien, resisten los clérigos fanáticos.

Conclusiones
La IV Guerra del Golfo evidenció un poderío militar abrumador de EEUU (como superpotencia) y de Israel (como potencia regional), pero la resiliencia de los islamistas y su amenaza sobre el Estrecho de Ormuz han producido consecuencias económicas complejas para Occidente y la política interna norteamericana. Es decir, estamos frente a una especie de empate estratégico.

Por ello, esta guerra se definirá al final por una lucha de voluntades entre un matón sin escrúpulos, pero que depende tanto de su electorado como de una economía mundial más o menos estable, y unos fanáticos religiosos que creen en el martirio, incluso en un fin apocalíptico si es que no pueden imponerse sobre sus enemigos.

A corto plazo, EEUU tendrá que buscar algún respiro, volviendo a la negociación diplomática. Ello, con el fin de reponer todas sus reservas estratégicas (petróleo, finanzas, armamentos) y evitar un desgaste peligroso, tal como ocurriera después de las guerras de Vietnam, Afganistán e Iraq. Por lo demás, el prestigio de EEUU y la imagen de Trump han sido cuestionados. Por su parte, el régimen islamista ha sobrevivido, pero su economía está colapsada, su poderío militar ha sido desgastado y su frente interno presenta un creciente descontento subversivo. Si no prosperan las negociaciones y Teherán persiste en su aspiración nuclear y en su activismo terrorista regional, el régimen teocrático-militar tiene sus días contados a mediano plazo.

No hay comentarios

Agregar comentario