Columna El Líbero, 18.04.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Las circunstancias me llevaron a usar la semana pasada, por primera vez en mi vida, algunas condecoraciones que daban cuenta de una carrera al servicio de Chile en la diplomacia. Ahí estuvo la que me entregó el país; unas pocas miniaturas que representan el inicio y final de un trayecto; la que simboliza los valores en los que creo y la que me otorgó la nación donde serví por primera vez como embajador. El otro padrino lució las que atestiguaban toda una trayectoria en el Ejército, una de las grandes instituciones de la República.
En general, en nuestra sociedad castigamos estos símbolos externos por vanos, producto de otras épocas, sobriedad, falso igualitarismo, timidez o envidia. Sin embargo, los toleramos y nos enorgullecemos cuando los portan las Fuerzas Armadas y de Orden, la Iglesia Católica y otras confesiones en sus diferentes ritos y jerarquías, los bomberos, o cuando los usamos en los desfiles de nuestros pueblos. Incluso queremos que ellos los usen. Hay toda una contradicción en nuestra actitud colectiva que va desde el reproche receloso, a su necesidad como representación de algo.
Los símbolos nunca estuvieron al servicio de la vanidad. Es la presunción humana la que se sirve de ellos. Por esto, lo más difícil es usarlos sin caer en la pretensión, en la soberbia, portarlos con olvido de sí mismo. No sé si estuve a la altura de ese tremendo desafío en aquella hora.
Lo que sí experimenté es la impresión que provocan en los demás: distancia, curiosidad y respeto. En mi caso, tal vez la expresión más genuina fue el espontáneo y ahogado grito de una nieta de cuatro años, inquieta habitante de una monarquía lejana y diminuta, que abrió descomunalmente los ojos y se tapó la boca al verme. Me asoció tal vez a un cuento fantasioso o a los personajes de un carruaje que ha visto pasar por la calle con ocasión de alguna ceremonia especial. Lo cierto es que todo su cuerpo infantil fue una manifestación de sorpresa.
Sin embargo, las condecoraciones no son otra cosa que exteriorizaciones de una vida, prolongaciones de uno mismo, manifestaciones del aprecio recibido por acciones del pasado. Al decir de Pablo Neruda, distinguido miembro del PC, son las que llevaron los defensores de Stalingrado (Volgogrado hoy) “que tus muertos han puesto sobre el pecho perforado de la tierra y la emoción de la vida y de la muerte”. También son condecoraciones esos emocionantes homenajes recibidos por el mero honor de representar al país, sin símbolos externos, que quedan en la agradecida memoria.
La vida necesita de condecoraciones. En ellas se expresa un sentido de gratitud, lealtad, reconocimiento. Son necesarias en todo tiempo y lugar. Hasta en la supuestamente igualitaria China se entregan las llamadas “cinco medallas de oro” junto a otras varias en campos específicos. Las requiere el empleado de una empresa por su perseverancia y esfuerzo; las exige el profesional sanitario por su diaria abnegación; las precisa el artista en premio a su creatividad.
El valor de estos símbolos no se mide en dinero. Tampoco se hacen en serie. No se canjean, no se adquieren por internet y, bien administradas, no se regalan. Se entregan a cambio de la lealtad a un país, una institución o un oficio. En el reverso de la medalla de Isabel la Católica se lee: “A la lealtad acrisolada”, lo que da buena cuenta del valor intrínseco del símbolo. Se otorgan a cambio de un trabajo bien realizado; de la investigación paciente de un tema; de la búsqueda de la belleza o la expresión artística; del tesón deportivo; del servicio a una causa. Su otorgamiento requiere de un tiempo de madurez, de un hecho heroico, de la perseverancia en la adversidad, de una dosis de humildad, de una mirada hacia el futuro, y de proponerse metas de largo aliento.
Todos los anteriores son elementos que no abundan en la cultura trepidante y bulliciosa de hoy. Cuesta encontrarlos en esta sociedad del éxito basada en tener, gozar, aparentar, y muy poco en servir. Muchas vidas se enorgullecen de sus trabajos fugaces en aras del mejor rendimiento o la mayor rentabilidad. Las medallas no llegan a quienes desconocen la lealtad; están centrados en sí mismos, sin ideales superiores. Esto está cambiando poco a poco, lo sé, y confío que estos símbolos no desaparecerán, sino que se consolidarán en el patrimonio inmaterial del país.
La carrera diplomática, como otras del servicio público, no deja ahorros sino los justos. Deja medallas. Cuando esta se realiza bien, lejos de la burocracia, no tiene horas de entrada y salida sino compromiso con Chile y su gente a cualquier hora. Si en el transcurso de ella se estudia, se indaga metódicamente, se muestra una inquietud intelectual, o se hace un esfuerzo por establecer lazos genuinos con personas influyentes de otros estados, el diplomático aporta al país y acumula un valioso conocimiento sobre otras sociedades o sobre temas de interés global, imprescindibles para analizar e interactuar con otras naciones o aportar soluciones a desafíos comunes.
Cuando la carrera está guiada por un profundo amor y respeto a Chile y sus instituciones, no hay horas sino metas. En ese ambiente es donde se agudiza el olfato y la imaginación para revolver situaciones, defender nuestros intereses, integrar, promover exportaciones y cultura. Allí se honra, sin límite de tiempo, al ciudadano necesitado de protección. En ese ambiente se pule la sensibilidad para comprender a nuestras regiones y sus problemas vecinales. Esa es la atmósfera donde se buscan fórmulas para generar desarrollo y empleo en beneficio del país.
Si en la carrera hay respeto por las formas, educación en el trato, empatía hacia la cultura ajena sin renunciar a la propia, sino reafirmándola, se produce la necesaria confianza en la otra parte, imprescindible para cimentar lazos de largo aliento y establecer el diálogo, que está en el centro de la diplomacia.
En estos momentos en que se producen cambios en nuestras embajadas, hay que cuidar este cuerpo de servidores. Creo que hay depurarlo de los que no representan bien a Chile por mediocres, y no por adscribir a visiones políticas distintas. Pienso que las autoridades deben minimizar las defensas corporativas, las camarillas y centrarse en las ideas del gremio para el mejor servicio al país. Es imperativo frenar las injerencias de las fuerzas políticas en la asignación de embajadas producto de un reparto del poder. Cuando sea oportuno, es crucial una reforma constitucional que someta a los futuros embajadores a la aprobación seria del Senado. Que este no sea un trámite transaccional donde primen las convergencias o los canjes políticos, sino un verdadero y trasparente escrutinio de quienes nos representarán en el exterior y de sus proyectos.
Nuestra Constitución establece que los embajadores son de la exclusiva confianza del presidente de la República. Nadie pretende alterar el espíritu de ella, ligado a la unidad de acción exterior con el jefe de Estado como conductor de las relaciones internacionales. En el caso de algunos vínculos es conveniente que el emisario tenga sintonía con el Mandatario y sea capaz de comunicarse con él en forma directa a cualquier hora. Sin embargo, la carrera bien ejercida es merecedora de esa confianza y tiene que renovarse con figuras nuevas. Esa carrera debe seguir creciendo en calidad, abrirse más al mundo privado, asentarse en la diversidad de las regiones, y que las condecoraciones, cuando se entreguen a una persona determinada, reflejen la excelencia de una institución.

