Columna El Líbero, 05.05.2026 Peleg Lewi, embajador de Israel en Chile
La semana pasada, siete ciudadanos chilenos participaron en la llamada Flotilla Sumud, presentada ante la opinión pública como un gesto humanitario hacia Gaza. Pero la realidad es muy distinta, y los chilenos merecen conocerla.
Comencemos por lo más básico: los barcos no iban cargados con ayuda, sino con activistas que denigran la labor humanitaria, porque pretenden ser una solución a algo que ya está resuelto.
Desde octubre de 2025, más de 1,5 millones de toneladas de ayuda humanitaria han ingresado a Gaza a través de los canales legítimos establecidos por la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU. La mercadería entra, los medicamentos entran. Por tanto, lo que esta flotilla intentaba no era alimentar a nadie, sino violar ilegalmente un bloqueo naval reconocido por el derecho internacional. Para tales efectos, tenían un guion preparado de antemano y cientos de actores para interpretarlo. De hecho, los activistas tenían grabados previamente videos con sus reacciones, como quien escribe una noticia antes de que los hechos se produzcan.
Los siete chilenos que participaron no son voluntarios ingenuos. Son activistas profesionales que sabían exactamente a dónde iban y qué iba a ocurrir. Eligieron este escenario conscientemente, a sabiendas de que serían interceptados y devueltos a sus países de origen.
En este punto, cabe hacerse una pregunta simple: si mañana un grupo de activistas extranjeros intentara ingresar ilegalmente a las costas chilenas, desafiando deliberadamente la soberanía y las leyes del país, ¿qué esperaría la ciudadanía que hiciera su gobierno? Israel, como Chile y como cualquier estado soberano, defendería sus fronteras.
Un asunto que no se ha abordado mayormente en este episodio es quién financia esta flotilla. Organizar algo de esta envergadura, con decenas de embarcaciones, logística internacional y una maquinaria de comunicaciones bien aceitada, cuesta millones de dólares. No es una colecta de vecinos, es una operación que despilfarra recursos significativos en relaciones públicas, en vez de destinarlos a ayuda humanitaria real. ¿De dónde viene ese dinero? ¿Con qué agenda?
Ya basta de odio. Israel no es el enemigo de nadie en esta región, y menos de Chile, con quien nos unen lazos profundos de amistad y cooperación.
Por eso, resulta lamentable que estos chilenos que dicen apoyar la causa palestina pongan sus esfuerzos en campañas de propaganda antiisraelí y no en proyectos o iniciativas que realmente puedan promover la paz en la región.
Hoy hago un llamado público a estos siete ciudadanos chilenos que participaron en la flotilla. Los invito a dialogar, a escucharnos, y a hablar de paz. Porque la paz no se construye con provocaciones en alta mar, se construye con conversaciones honestas, en tierra firme.

