Columna El Líbero, 11.04.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
La desactivación momentánea de la guerra en el Golfo Pérsico es una noticia promisoria pero muy precaria. Salvo el derecho internacional, que fue arrollado, hasta ahora nadie salió “perdiendo” según las apariencias. Estados Unidos e Israel se impusieron abrumadoramente en el terreno de la fuerza, pero fueron incapaces de usarla en toda su magnitud sobre el territorio iraní por temor a las repercusiones internas en Washington. Irán logró sobrevivir a la decapitación de sus principales figuras que, como en toda teocracia, fueron reemplazadas por nuevos candidatos a mártires. Por otro lado, demostraron la eficacia de su control sobre el estrecho de Ormuz y extorsionaron a los países del golfo y a la economía del mundo entero.
No obstante, algunas lecciones útiles para el futuro se pueden extraer de este periodo. La primera atañe a la política interna norteamericana. El liderazgo de Trump exhibió hasta ahora su peor cara, comenzando por la falta de claridad en los objetivos de EE.UU. y su apego ciego a los intereses de Israel. Además, tomó decisiones impulsivas; anunció medidas de las que luego se desdijo; utilizó prolíficamente la falsedad y las medias verdades en su narrativa; se mostró arrogante, bravucón, chovinista, autoritario. Desde la II Guerra Mundial, nadie en situación de poder tuvo la osadía de amenazar con la extinción de una civilización. Su mero enunciado es una irresponsabilidad mayúscula y en la etapa que viene lo que se necesita es serenidad, sentido común, comprender al adversario y no creo que su engreído Mandatario esté a la altura. Los norteamericanos tienen un problema en su presidente y muchos en el movimiento MAGA ya se están dando cuenta.
Sin embargo, el poder de EE.UU. en el mundo se ha incrementado. Se sabía de sus capacidades militares, tecnológicas, de entrenamiento, infiltración, contrainteligencia, que ahora se exhibieron en abundancia. Algunas acciones fueron impresionantes. A lo anterior se suma la mayor dependencia mundial del crudo norteamericano en los tiempos que vienen, especialmente importante a corto y mediano plazo. Washington se consolidó como pilar para la estabilidad en el suministro energético a Occidente y aliados e inyectó una inmensa cantidad de dinero a su economía. Estados Unidos volvió a demostrar el gigante militar y económico que es, aunque carece de una conducción política acorde a su peso y responsabilidad.
En el mes transcurrido desde el estallido del conflicto la confianza transatlántica se debilitó hasta un punto de difícil retorno. Esto no es bueno para Europa y su frágil estabilidad interna y tampoco para EE.UU., que necesita de una arquitectura estable de poder al otro lado del Atlántico, aunque su política exterior tienda al aislacionismo. La OTAN, ese “tigre de papel” como la califica Trump, requiere con urgencia de otra estructura. Si dicho orden se centra en Europa, el peso de Francia y del Reino Unido por sus respectivas capacidades militares y de disuasión nuclear; de Alemania por su potencia económica; y de Polonia por su posición geográfica, pasarían a confrontarse con los intereses de los países mediterráneos o los de aquellos que tienen hacia Moscú una posición abierta.
Para el derecho internacional lo ocurrido hasta ahora es una catástrofe. La guerra se produjo al margen de la legalidad; el secuestro de una región por parte de Irán, también. Lo mismo ocurre con la libertad de navegación o el cobro de peaje en Ormuz. Omán es co-ribereño del estrecho y la mayor parte de los 9,6 kilómetros de ancho de los carriles de entrada o salida del golfo son aguas territoriales suyas, pero el derecho no los protegió del poder de los persas.
Lo ocurrido sienta un precedente respecto al estrecho de Bab el Mandeb, en la boca del mar Rojo. Allí los países ribereños son Yemen en la orilla arábiga, y Yibutí y Eritrea en la africana. Por esa vía transita el 12% del comercio mundial. Tiene un ancho de 32 kilómetros de los cuales 6,4 son usados como canales de entrada y de salida al mar Rojo. La zona se ha caracterizado por décadas de inestabilidad. Para complicar las cosas, Yemen tiene una posición similar a la de Irán y su costa norte la controla el movimiento político militar Ansar Allah, de Hussein al-Houthi, de donde viene el apelativo “hutíes”. Uno de sus lemas es “Dios es grande. Muerte a América. Muerte a Israel. Maldición sobre los judíos. Victoria para el islam”. Más claro echarle agua.
En la costa africana de Bab el Mandeb, Eritrea no ha suscrito la Convención del Mar, afirma que su soberanía sobre el estrecho es absoluta, y su posición política ha estado tradicionalmente ligada a Irán. El país favorable a la libertad de navegación es el pequeño Yibutí, donde existen bases de EE.UU., China, Italia, Francia y Japón. Para ese remoto país africano el tránsito es su razón de ser.
Desde el punto de vista de la energía, la guerra le demostró a los productores que no pueden darse el lujo de ser rehenes de Irán nuevamente. Deben pensar en reubicar distintos procesos mediante ductos, plantas y almacenamientos seguros en otras latitudes (Omán, el mar Rojo o el Mediterráneo). Irán nunca ratificó la Convención del Mar y sostiene que, por razones de seguridad, que ellos califican, puede suspender unilateralmente el tráfico de naves por Ormuz.
Ante los riesgos políticos en la principal zona productora de hidrocarburos del mundo (EE.UU. es el mayor productor individual), el movimiento hacia la electrificación a base de fuentes renovables se vuelve una necesidad. En esta transformación China avanza velozmente y se convirtió en líder mundial. Hoy día tiene cinco veces más capacidad instalada que EE.UU.; genera más electricidad de renovables que el consumo eléctrico total de la UE; produce más del 80% de los paneles solares y de las baterías de litio y el 77% de los aerogeneradores del planeta. En otras palabras, la crisis del golfo se ha convertido en un aliciente para la consolidación del liderazgo chino en renovables, mientras EE.UU. consolida el suyo en energías fósiles.
Para salir de la fase más álgida de esta guerra, Pakistán ha desempeñado un papel protagónico. Sin embargo, ese país es un aliado tradicional de China que ha sido el “arquitecto en la sombra” de sus gestiones diplomáticas ante Washington y Teherán. A fines de marzo, Pakistán y China lanzaron conjuntamente una propuesta de paz. Incluso los últimos esfuerzos políticos fueron consultados con Beijing. No es que Islamabad carezca de opinión propia, pero necesita un respaldo superior que sustente su empeño. A China le interesa la paz porque aún depende del golfo en hidrocarburos; porque quiere proyectarse como gran articulador diplomático regional, y para todo ello necesita la logística del puerto de Gwadar en el mar Arábigo, sobre la costa de Pakistán.
Si la tregua se estabiliza en las horas que vienen se consolida la delicada etapa de negociación que empieza hoy, en la que se pondrá a prueba la capacidad de los pakistaníes (con respaldo chino y de otros) para salvarle la cara a EE.UU. e Irán, principalmente. De este modo, hasta ahora es Beijing -el verdadero retador de Washington- el que saca mayor ventaja de este pulso bélico, a pesar del abrumador poderío norteamericano e israelí, o de la supervivencia del régimen de los ayatolas.
Es posible que, para encontrar una respuesta adecuada al desafío de la negociación, todos los involucrados deban releer con atención las palabras del místico persa Jalal ad-Din Muhammad Rumi, que murió en 1273, que entonces dijo: “La flauta de caña se sabe hueca. Los sabios se saben vacíos como la flauta. Saben que su canto y sus palabras son fuego porque vienen de más allá de ellos. Vienen del cañaveral; de la fuente del ser que añoran los sabios”. ¿Será posible que la civilización de la que nace este pensamiento pudo ser amenazada?

