Columna Diario Constitucional, 09.01.2026 Samuel Fernández Illanes, abogado (PUC), embajador ® y académico (U. Central)
Ha sido impactante. Poco antes, Nicolás Maduro se jactaba de su poder, desafiaba a Trump, y bailaba o paseaba en automóvil, demostrando invulnerabilidad. Horas después, figuraba esposado ante un Juez norteamericano, junto a su mujer.
Ha quedado bajo la judicatura de Estados Unidos y su sistema. Ello asegura que habrá un juicio con todas las garantías, abogados defensores que procurarán contradecir una a una las acusaciones de la fiscalía, testigos, y un fallo legal, de acuerdo con el mérito del proceso, recursos garantizados y, sobre todo, enjuiciado como una persona más, sin ningún privilegio o consideración especial por lo que haya sido anteriormente. Sólo la igualdad ante la ley. Algo muy diferente a lo que sucede en su propio país, con la justicia politizada.
No es del caso en esta columna, argumentar las múltiples consideraciones jurídicas esgrimidas por tantos analistas. Sería sumamente largo analizarlas con objetividad, en particular, las repetidas referencias al derecho internacional aplicable. Solamente destaco que este derecho debe ser considerado en su integridad, y no de manera selectiva. Vale decir, respecto a los principios generales y garantías de un país soberano como Venezuela; así como aquellas sobre la legalidad o ilegalidad de los actos que se le imputan a Maduro y su mujer. Igualmente prohibidos por el derecho internacional actual.
Lo sucedido, ha repercutido necesariamente en la situación internacional como un caso notorio, del cual pueden derivarse muy variadas consecuencias. Todo ello es cierto. Pero, quisiera abordarlo desde otra perspectiva. ¿Y si fuera al revés? ¿Si fuera la situación internacional la que ha desencadenado la operación norteamericana en Venezuela?
Vamos por parte. Conocemos la pugna entre las grandes potencias sobradamente. Pese a los intentos, en particular de Trump, no hay el entendimiento necesario para solucionar definitivamente, los principales conflictos vigentes. Como la agresión rusa a Ucrania que cumplirá cuatro años en febrero; los desafíos y amenazas de China a Taiwán, o su avance en el mar del sur; el control real de los movimientos islamistas radicales apoyados por Irán (hoy con protestas ciudadanas), y su programa nuclear sin control internacional, lo que incide directamente en el conflicto palestino-israelí y en la Franja de Gaza, bajo un precario alto al fuego y un proceso en curso.
Podemos preguntarnos: Y todo ello: ¿qué tiene que ver con Venezuela?
Más de lo que parece. Venezuela no es una prioridad mundial, dado que su crisis, no merecería ser el detonante de una conflagración bélica entre las grandes potencias, ni tampoco entre aquellas medianas. No tiene esa magnitud, ni estarían dispuestos a entrar en una guerra por Venezuela. Tampoco, dentro de la región Latinoamericana y del Caribe, donde hoy no tiene el respaldo que tuvo en el pasado. Hay declaraciones muy fuertes, líricas, y acompañadas de muchos adjetivos. Pero nadie desafiará el poder y decisión demostrado por Estados Unidos, que consciente de ello, presiona y amenaza. No son tan imprudentes. Algunos están dispuestos a conversar, como Petro en Colombia.
Debemos recordar que el régimen chavista, y particularmente Maduro, cuando su situación económica empeoró y creció el rechazo al fraude electoral de su reelección el 2024, acudió a Rusia, China e Irán para obtener su respaldo. Los obtuvo, pero a cambio, abrió las puertas de Venezuela a sus recursos, en términos poco conocidos, pero seguramente muy ventajosos y de largo plazo para todos ellos.
Con Rusia, obtuvo préstamos, una asociación estratégica, obligaciones contractuales, asistencia militar mutua y protección por la presencia rusa. Con China, inversiones, vacunas para el Covid, una “asociación a toda prueba”, y otras ventajas. Con Irán, el facilitar su ingreso a la región, donde no estaba presente, tener más de cien acuerdos en todos los campos, y presuntamente, facilitar las operaciones islamitas radicales.
Ha sido, por tanto, el régimen venezolano el que buscó incorporar su caso, dentro de los principales problemas de las grandes potencias. Una estrategia no exenta de riesgos, donde Venezuela, con un peso internacional muy menor, comparativamente, podía seguir la suerte del entendimiento o confrontación que los grandes experimenten en sus relaciones recíprocas. Si seguimos esta línea de razonamiento, entonces no parece tan extraño que Venezuela y el propio Maduro como cabeza visible, se transformara en un objetivo prioritario para la administración norteamericana, por sobre su caso ilegítimo particular.
Hay elementos que tal vez lo avalan. La desproporcionada flota norteamericana que sigue operando en aguas internacionales en el Caribe, frente a Venezuela, incapaz de enfrentarla. Sería una advertencia a esas potencias para que no pretendan velar por sus intereses en Venezuela, más que sólo eliminar lanchas narcotraficantes. Las declaraciones altisonantes y críticas de Rusia, China e Irán, contra Trump, y denuncias de violar las normas internacionales, pero que no se traducen en acciones militares, y que sólo quedan en eso. La no ruptura de aquellas negociaciones paralelas entre las potencias, que siguen su propia dinámica con avances y retrocesos, que no incluyen en sus temarios el caso venezolano, y menos a Maduro que ha quedado descartado, y sólo presente en los discursos, declaraciones, o marchas de apoyo, sin incidencia real en el caso judicial que se le sigue.
Podríamos decir que su apuesta fue muy alta, y terminó perdiendo.

