El terremoto y sus réplicas

Columna
El Líbero, 04.07.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador y exsubsecretario de RREE

El terremoto sufrido por Venezuela el 24 de junio dejó en esa sociedad la herida más terrible de todas: miles de muertos, heridos y desaparecidos. A este golpe se suman los millones de traumatizados por el sismo, por el miedo permanente y por la incertidumbre, que cayó como baldón sobre familias que buscan afanosamente a personas queridas sin saber si podrán ser despedidas y enterradas como ellos quisieran.

Frente a esta tragedia, a nadie le importó mucho que ayer viernes acabara el “interinato” de Delcy como presidenta encargada, si es que alguna vez tuvo una pátina de legitimidad después de las elecciones robadas de julio de 2024. Al terremoto físico se agregó el terremoto constitucional, el vacío de legitimidad para quienes hoy dan órdenes en Caracas con el respaldo de Washington. Mientras, la gente sigue escarbando entre las ruinas por encontrar a los suyos con el inestimable apoyo de rescatistas nuestros y de otros países. Lo apremiante es lo que manda en la hora actual.

Sin embargo, a la gente no se le olvida la naturaleza ilegítima de sus autoridades mientras crece su indignación por la ineficacia de estas. ¿Dónde están esos dos mil generales y almirantes, que ante una conmoción interior no fueron capaces de responder adecuadamente a la emergencia? ¿Por qué tanto resquemor y obstrucción de los guardias nacionales ante la labor humanitaria desplegada por terceros, si no es por inseguridad? ¿Dónde está “el mejor sistema de salud del mundo entero por su calidad humana”, que proclamaba el régimen hace poco? Oscar Murillo, secretario general de PROVEA, la ONG más importante de defensa de los derechos humanos decía ayer en El Mercurio que se está viendo “un rol protagónico de la ciudadanía, que ha pasado por encima de una autoridad en la que no creen y no respetan”. Una población que ya no teme.

Los primeros que deben estar analizando atentamente los hechos, son los EE.UU., que confiaron en las habilidades de Delcy Rodríguez y su hermano para ejercer el poder y eventualmente traspasarlo a una autoridad legítima. Por ahora, no alientan la aparición en suelo venezolano de María Corina Machado, quizás por temor (quiero pensarlo así) a que agrave la situación en medio de la penuria.

Sin embargo, el tiempo pasa y el gobierno de facto parece enfocar sus esfuerzos en contener el malestar y proyectar una imagen de autoridad. Los soldados están por todos lados con sus armas y no con herramientas que ayuden al rescate de los que puedan estar con vida, o de los cuerpos de quienes la perdieron. Podrían explicar la situación ante el desborde del pillaje (en más de algún caso para amparar a mafiosos protegidos), pero la maniobra tonifica el papel de Diosdado Cabello en la estructura de poder con su control de los cuerpos policiales, inteligencia civil, sistema represivo, organizaciones comunitarias y puente con el sector castrense.

Duro dilema el de EE.UU. que, con este telón de fondo en Venezuela, celebra hoy con legítimo orgullo los 250 años de su independencia política y conmemora una Declaración en la que se lee que “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio sea la más adecuada para alcanzar la seguridad y la felicidad”.

Los principios de aquella Declaración no pueden estar más alejados de la realidad venezolana, pero es difícil adivinar hacia dónde se dirigirá la indignación venezolana. Solo intuimos que una vez que pase la emergencia nada será igual que antes. Para unos, el frágil tejido social se romperá más todavía y la represión a una ciudadanía enardecida e intrépida será inevitable. Para otros, las muestras de solidaridad a la hora de la desgracia, de ayuda vecinal, de preocupación por el otro pueden lograr un cambio de actitud, la expectativa de que la Venezuela futura no se mire a sí misma según las mismas categorías de ayer.

Lo segundo sería lo ideal, pero para ello hace falta salir de la emergencia en orden y, después, instalar un liderazgo que encabece ese proceso de encuentro hasta las elecciones que necesariamente deben realizarse. Pienso que ese nombre (o esos nombres en caso de un liderazgo colectivo) no puede(n) provenir del mundo de la política, sino de instituciones de alto prestigio social y moral en ese admirado país. Es posible, incluso, que esos liderazgos estén forjándose en estas horas. Es a partir de allí que debe reconstituirse el pacto social y a continuación la vida política. ¿Habría sido posible la transición chilena sin la astucia y habilidad negociadora del Cardenal Juan Francisco Fresno? Con esto quiero insinuar un camino y no una persona o un cargo.

María Corina Machado es la líder indiscutida de la oposición política y tiene un papel seguro en el mañana, pero la Venezuela destruida física y estructuralmente de hoy requiere de una pausa que aproveche esa tremenda energía cooperativa, solidaria, humana que está demostrando el pueblo venezolano, castigado por el terremoto, angustiado por encontrar a sus vivos y a sus muertos. Allí está la fuerza del “bravo pueblo” que destaca su Himno. Según la letra de su Canción Nacional, la gallardía se traduce en que la intolerancia a la sumisión debe estar guiada por principios morales (“virtud y honor”) y un orden institucional (“respeto a la ley”).

Que me perdonen mis amigos venezolanos por el atrevimiento a estas sugerencias, pero el terremoto cambió el panorama político que existía e introdujo otras variables. Despertó virtudes escondidas tras la polarización política y también acabó con el farsante e ineficiente poder actual.

Pienso que es posible que Venezuela recupere el diálogo. Es difícil, pero no imposible. En la historia, a veces, la desgracia es instrumental a la convivencia en sociedades divididas.

Nosotros mismos seguimos entrampados en lógicas rupturistas irracionales. Menos que las de Venezuela, cierto, pero aún existen y entorpecen nuestra convivencia política. El expresidente Frei recordaba hace un par de días la importancia del diálogo cívico durante el Encuentro Regional de la Empresa, celebrado en Los Ángeles. Echaba de menos, dijo, “los acuerdos políticos y la capacidad de diálogo que permitieron los principales avances económicos, sociales y políticos desde el retorno a la democracia”. Sus palabras fueron recogidas y amplificadas por el diputado Schalper, de otra tienda política, cuando escribió que “debemos y vamos a dejar atrás el país de enemigos y la política de algoritmos que se ha impuesto durante los últimos años”.

Ese es el camino. También es el que facilita y promueve la convivencia regional.

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