La trama de la guerra

Columna
El Líbero, 07.03.2026,
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Hoy se cumple una semana del estallido de la guerra en el Golfo, donde Estados Unidos e Israel persiguen la estabilidad de la región bajo sus condiciones. Esto implica la eliminación del actual régimen en Teherán y de sus grupos aliados, principal factor de riesgo político y estratégico. Esa percepción es compartida con énfasis diversos en las monarquías encabezadas por Arabia Saudita y por otros países de la región que bendicen a Washington con su silencio.

Mientras escribimos estas líneas la guerra continúa y los mercados están inquietos. El poder aéreo, balístico y naval iraní ya no tiene fuerza. Sin embargo, su capacidad para infligir daño está en “tirar del mantel”, lo que se traduce en bloquear el estrecho de Ormuz y afectar el suministro mundial de hidrocarburos para generar una crisis económica global; o atacar con drones a terceros para involucrarlos. Quieren prolongar el conflicto todo lo posible, esperando que la impopularidad de la guerra en Occidente y el shock de los chiitas (190 millones que perdieron a su líder espiritual) hagan su efecto de revancha y dolor.

Aunque gran parte de las capacidades aéreas y navales de Irán están aniquiladas o hundidas, el desembarco no es posible. De este modo, EE.UU. maneja dos alternativas principales. Por un lado, alentar la insurgencia de los kurdos en el noroeste agrupando a sus cuatro facciones; la del Baluchistán en el sureste; la de los árabes del Juzestán en el suroeste y la de los azeríes en el norte. Por otro, “cocinar” una solución política moderada dentro del régimen. Para Washington, las lecciones de Vietnam, Afganistán, Libia, Irak o Siria están frescas y no tolerarían bajas propias, menos cuando Trump se presentó al electorado como el campeón de la paz. Los países de la región tampoco pueden permitir que se instale en Irán un vacío de poder. Así las cosas, hoy el dilema para EE.UU. y sus aliados es más político y económico que militar.

Suponiendo que la guerra acabe de aquí a 5 a 6 semanas y que se logre un arreglo político en Teherán (federación, teocracia controlada, dictadura militar) ¿qué viene después? Lo lógico sería pensar, a mediano plazo, que se reanuden las conversaciones para resucitar los Acuerdos de Abraham (estrategia auspiciada por Washington que conduce a la apertura de relaciones diplomáticas entre Israel y diversos países árabes). Esa arquitectura sólo es posible si se involucran Arabia Saudita y Siria, en primer lugar; y luego Irak, Kuwait y El Líbano. Cumplido ese sueño, EE.UU. podría rediseñar su relación con Israel y el mundo árabe evitando que la superioridad militar de los primeros se convierta en un factor desestabilizador. Más adelante, se podrían concentrar en sus prioridades y desafíos asiáticos, procurando que Ucrania sea asunto de los europeos.

A largo plazo, ¿qué lectura de la guerra puede extraer China, el verdadero rival de EE.UU.? ¿Qué lecciones quedan para nosotros? Para Beijing, es evidente que, hoy día, una prolongación de las hostilidades en el Golfo distrae la atención norteamericana de sus intereses en Asia, pero la excesiva duración y extensión del conflicto tampoco les interesa.

China estaba desilusionada de Irán. Confió mucho en ellos al crear juntos una Asociación Estratégica Integral el 2021, que incluía US$ 400.000 millones de inversión en sectores estratégicos, que no se concretaron. Igualmente, promovió la reanudación de relaciones entre Irán y Arabia Saudita y los integró a la Organización de Cooperación de Shanghai y a los BRICS. Sin embargo, los ayatolas fueron más allá de lo que China consideró razonable y se preparó para depender menos de sus hidrocarburos. Con una visita de Trump a China a la vuelta de la esquina (31 de marzo al 2 de abril) tal vez veamos algunas claves adicionales del divorcio.

Durante años Beijing se benefició de descuentos obtenidos por el crudo iraní (1,4 millones de barriles diarios, pagados al margen del sistema Swift, y en renmimbi, lo que forzó a Teherán a comprar en China). No obstante, a comienzos del 2025, oliendo ya el conflicto, se hizo de enormes inventarios para cubrir entre 4 y 5 meses de consumo de petróleo. Después de la guerra se acabarán los precios especiales, las importaciones del crudo estarán más vigiladas por EE.UU. y tendrán que asumir los costos económicos derivados del enfrentamiento (una deflación dañina, presión sobre la balanza de pagos, freno al consumo interno).

China también diversificó sus importaciones de hidrocarburos aumentando sus compras en Rusia, países africanos y latinoamericanos. Además, está reemplazando aceleradamente la energía fósil por renovables y nuclear. Hoy día su tasa general de electrificación representa entre el 32 y 34% del consumo. Para el 2060 espera que las energías fósiles no superen el 5% del total de sus necesidades.

Paralelamente, han acelerado sus proyectos de rutas comerciales alternativas hacia sus principales mercados de consumo, como las del Ártico, las terrestres por Asia Central y la ruta del Corredor Económico China – Pakistán, que una vez terminada les permitirá sortear el sudeste asiático usando el puerto paquistaní de Gwadar (hoy en riesgo por la guerra en Afganistán). Se trata de una ruta de 3 mil kilómetros que uniría directamente el Xinjiang, al interior de China, con el Mar Arábigo.

En resumen, el desmantelamiento de la amenaza política y nuclear de Irán, que un día fue funcional a los intereses globales y de largo plazo de China, se esfumaron. Su antiguo socio tendrá una capacidad más limitada en el juego de poder en su región (sería irreal no dejarle un espacio a una civilización milenaria) y el término del conflicto jugará a favor de EE.UU.

Para nosotros, la guerra está vinculada, hoy, a sus efectos económicos por el mayor precio internacional del crudo. Esto repercute sobre la inflación, los tipos de interés, la política monetaria, las exportaciones, las primas de seguros, los pasos australes. Para una economía como la nuestra, tensada por desequilibrios fiscales heredados de la desastrosa administración saliente, los coletazos son una pésima noticia. Mientras menos dure el conflicto, mejor.

Además, es una mala señal el nuevo quiebre del derecho internacional que, en palabras de la excanciller española Ana Palacio (PP), constituye “nuestra fundamental línea de defensa frente a la arbitrariedad”. Sin embargo, hay que aceptar que la realidad del ataque preventivo de EE.UU. e Israel lo fomentó la incapacidad del derecho y la diplomacia para generar los cambios que demandaba el poder regional. Se impusieron las reglas de la política.

Sin embargo, es un alivio que tengamos una amenaza nuclear menos. Es un respiro para nuestros servicios de inteligencia la previsible desarticulación de Hezbollah en Iquique o en la triple frontera (Argentina, Paraguay y Brasil) para el combate a las redes de crimen organizado que arrasan en nuestra región. Es alentador observar la disminución de la influencia de Hamas.

A largo plazo, esta guerra generará un declive de la presencia iraní en América Latina. El apoyo que Teherán le dio a Venezuela para sostener su infraestructura petrolera, a Bolivia para su equipamiento militar, la alianza con Cuba para evitar las sanciones, son historias que quedan en el pasado. Plataformas como HispanTV y centros culturales financiados por Teherán van a perder sus recursos mermando la narrativa antioccidental que promueven. Lo anterior no quita que, en aras de la defensa de nuestros valores, pertenencia cultural y por simple honestidad seamos constructivamente críticos ante el poder hegemónico.

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