Columna El Líbero, 14.02.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Los recientes acuerdos europeos con Mercosur e India, así como los del Reino Unido con China, o de Alemania con cinco países de Asia Central (Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, o Z5+1), pueden ser leídos como una expansión natural de sus vínculos económicos, pero en los tiempos que corren todo tiene un tinte político y estratégico. Los lazos trasatlánticos se han debilitado a tal punto que los europeos buscan socios alternativos y han sido rápidos para ello.
Nuestros vecinos de Mercosur alcanzaron después de 26 años un difícil acuerdo con la UE que, según un grupo de distinguidos exembajadores y viceministros de Brasil, Uruguay y Paraguay, constituye un ejemplo de cooperación en un contexto internacional marcado por la incertidumbre y “refuerza la presencia europea en América del Sur en un momento de creciente competencia estratégica entre las grandes potencias”. El acuerdo, señalan, ofrece a los países de Mercosur una inserción internacional más equilibrada evitando dependencias excesivas y ampliando su autonomía estratégica. Agregan que el acuerdo actúa como catalizador interno ante las carencias de Mercosur y desmitifican el impacto de la agricultura sudamericana en la UE, el elemento emocional y político que está detrás de las manifestaciones de los agricultores europeos en contra de lo alcanzado.
A pesar de las protestas y del freno judicial aprobado en el Parlamento Europeo, el capítulo comercial del acuerdo podría entrar en vigor en el segundo semestre por la potestad de la Comisión para solicitar su aplicación provisional una vez que el Consejo lo haya aprobado. De este modo, el 92% de las actuales exportaciones de Mercosur a la UE resultaría beneficiada, aunque sea en una liberalización progresiva de hasta 15 años. Asimismo, sacarían provecho el 91% de las exportaciones europeas a los países sudamericanos.
El acuerdo de libre comercio europeo con India también tiene una lectura estratégica. Se negoció durante 19 años, pero se reactivó recién en junio de 2022 cuando las partes tomaron conciencia que se estaba produciendo un cambio geopolítico mundial de gran magnitud y que tenían necesidad de diversificar sus flujos comerciales. El año pasado, ya con Trump en el poder, las negociaciones se aceleraron con cinco rondas y, desde octubre, con discusiones informales que desbloquearon temas sensibles. El resultado fue un acuerdo que elimina o reduce aranceles para el 99,3% de las actuales exportaciones indias a la UE y para el 96,6% de las exportaciones europeas a dicho país. Los protagonistas estiman que entraría en vigor dentro de un año, una vez ratificado por el poder legislativo en ambas partes.
El primer ministro británico llegó a Beijing a fines de enero para realizar una gira política calificada de “reinicio histórico” de las relaciones bilaterales, después de ocho años sin visitas a ese nivel. Alemania reforzó esta misma semana el Z5+1, que aborda el suministro de energía, materias primas críticas, corredor central y control de sanciones a Rusia. Al igual que en los casos anteriores, los avances de Londres en su relación con China y de Berlín con Asia Central responden a la necesidad estratégica de diversificar sus relaciones políticas y económicas.
Mientras tanto, China también busca la complementación con Europa por varias vías. Hemos subrayado los esfuerzos que realizan en la ruta del Ártico para acortar el tiempo y costo del transporte marítimo. Adicionalmente, en diciembre lanzaron el proyecto CKU (China, Kirguistán, Uzbekistán) Railway Company, por US$ 4,7 mil millones para una vía férrea con capacidad de carga de 15 millones de toneladas anuales para llegar a Europa ahorrando miles de kilómetros y siete días de viaje. La vía comprende construir 50 puentes y 29 túneles.
Las señales son inequívocas: mientras EE.UU. consolida su influencia en nuestra región, Mercosur, Europa, China, India o Asia Central buscan multiplicar sus opciones. ¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Nos coordinamos con los socios regionales más próximos?
A partir de la administración entrante, deberíamos consolidar la relación estructural con Washington, hoy deteriorada, pero en paralelo centrarnos en multiplicar nuestras opciones, comenzando por la complementación con la región. En este sentido, las reuniones que hasta ahora ha sostenido el presidente electo con ocho mandatarios latinoamericanos es un signo esperanzador. También debemos sumar a Europa en la búsqueda de una autonomía estratégica, pero con un amplio sentido de estado y no meramente partidario.
A pesar de sus apremiantes problemas políticos y sociales, de su rezago en competitividad y otros problemas estructurales, al viejo continente debemos ponerle mayor atención. Las diversas crisis que enfrenta no son irreversibles. Además, somos parte de su cultura y socios naturales para una diversificación de vínculos políticos, mercados, investigación e innovación. En los próximos años los europeos lograrán el nivel de inversión militar que les permitiría tener un papel más auto afirmativo en el mundo y reencauzar su vinculación estratégica con EE.UU.
España es crucial desde todo punto de vista, aunque hoy pase por una agónica crisis política que debería resolverse más pronto que tarde. Alemania tiene un peso específico a pesar de sus problemas de cohesión social o competitividad. No obstante, sus dificultades de gobernabilidad, efervescencia social, endeudamiento económico, Francia sigue siendo un poder nuclear y, sobre todo, demanda de nosotros una mirada común ante nuestra vecindad en el Pacífico. Podría seguir, pero quisiera detenerme en este último país.
El Arreglo Técnico-Marco sobre Cooperación Militar firmado en octubre pasado con París, después de que dejamos expirar el 2016 uno anterior, prevé ejercicios conjuntos, entrenamiento de fuerzas especiales, operaciones de submarinos, vigilancia de la ZEE, entre otros. Acordamos fortalecer con este vecino del Pacífico la interoperabilidad de fuerzas, la construcción de confianzas recíprocas y una base de relaciones que asegure la libre navegación marítima y aérea; que amplíe la cooperación en temas ambientales; el rescate en el mar; combata la pesca ilegal o el crimen trasnacional, también presente en el Pacífico. Ese país está buscando fortalecer sus posiciones en la vertiente oriental de esta enorme cuenca y nos necesita en el otro extremo.
El acuerdo por desarrollar repercute sobre nuestras vinculaciones con EE.UU., país con el cual Francia tiene una red de compromisos estratégicos y operativos. La Polinesia Francesa es para Washington un punto de estabilidad en el crucial océano, como también debiera serlo nuestra Isla de Pascua ante la militarización progresiva de éste, que abarca desafíos a las rutas oceánicas marítimas y aéreas, a los cables submarinos y, ciertamente, incluye la desatada competencia por recursos pesqueros en la superficie y mineros en el subsuelo.
Somos un país del Pacífico que cuenta con 4.300 kilómetros lineales de costa (sin contar la Antártica y decenas de miles de kilómetros de canales y fiordos). Nuestra ZEE multiplica casi cinco veces nuestro territorio continental. En cualquier escenario de tensión global proteger este espacio es nuestro principal desafío. Contamos con un punto de apoyo en Rapa-Nui que deberíamos convertir en un nodo digital transpacífico y base para la fiscalización en alta mar. Es allí donde, a mi juicio, se presenta una gran oportunidad para ampliar vínculos con un país europeo y, al mismo tiempo, contribuir a la seguridad del océano común en sintonía con EE.UU.

