Otra guerra en el Medio Oriente

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El Internacionalista del Fin del Mundo, 01. 03. 2026
Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista

El último día de febrero del 2026 será recordado por el inicio de otra guerra en la inestable y convulsa región del Medio Oriente. En este caso, Estados Unidos e Israel atacaron Irán por sorpresa con bombardeos aéreos. Durante esa primera jornada, murió el líder iraní, el ayatolá Alí Jamenei.

El ataque fue sorpresivo, no porque el presidente Trump hubiera descartado el uso de la fuerza, sino porque Irán y Estados Unidos estaban en plena negociación y el mediador, el ministro de relaciones exteriores de Omán había anunciado el 27 de febrero que estaban a punto de alcanzar un acuerdo que impediría definitivamente a Irán fabricar una bomba nuclear, lo que sería anunciado el día siguiente. Pero sobrevino el ataque.

¿Por qué ocurrió entonces? No lo sabemos, pero podemos elucubrar los motivos y aquí entramos en el campo interpretativo.

Examinemos a los actores y sus motivaciones. En primer lugar, el presidente Trump. Debemos partir recordando que su plataforma electoral se fundó en el compromiso de retirar a Estados Unidos de las guerras que había estado librando, entendiendo que las experiencias de Irak y Afganistán nunca respondieron realmente a los intereses norteamericanos y que solo contribuyeron a la decadencia del país, con además un alto costo humano. Su compañero de fórmula el vicepresidente JD Vance sirvió 6 meses en Irak y adhirió totalmente al propósito de Trump.

Pues bien, ese compromiso de campaña se ha ido diluyendo. Trump cambió del nombre de la Secretaría de Defensa por la de Guerra y ha impulsado acciones bélicas en varias oportunidades durante su primer año de mandato: Siria, Yemen, Nigeria, el mismo Irán el año pasado y Venezuela hace unas semanas. También ha ordenado ataques a lanchas en el Caribe y el Pacífico que supuestamente transportaban drogas. Sin embargo, todos estos ataques fueron acotados y lo de Irán es cualitativamente distinto, tanto por el país y sus capacidades, como por la zona. Acá derechamente está la posibilidad de una guerra regional, de las mismas que prometió no repetir.

¿Qué cambió? ¿Cuál fue su motivación? Acá creo que confluyen varias razones. Una tiene que ver con el escenario doméstico, con las elecciones de mitad de período en noviembre. Por más que el presidente tenga una magnífica percepción de su gobierno, las encuestas reflejan que es crecientemente impopular. La situación económica se ha deteriorado con el alza del costo de la vida, y desde el punto de vista institucional, su poder que hasta ahora parecía casi absoluto, con un congreso aquiescente y una corte suprema que lo venía favoreciendo judicialmente, ha empezado a exhibir grietas. Hace unos días el máximo tribunal declaró ilegales los aranceles aplicados, lo que constituye el pilar central de su programa económico. Por el lado del congreso y en función de lo que ocurrió en Venezuela y el creciente belicismo presidencial, los senadores Tim Kaine (demócrata) y Rand Paul (republicano) han exigido al presidente atenerse a la ley, más precisamente a la War Powers Resolution, que establece que para entrar en guerra un presidente debe tener la autorización del congreso. En atención a las circunstancias, ambos senadores han llamado a una sesión especial para este efecto.

Probablemente por ese escenario interno que se está deteriorando y la posibilidad de quedar en minoría la segunda mitad de su gobierno, pero también entusiasmado por su éxito en Venezuela, decidió apostar en grande y eventualmente sacar réditos de popularidad. Sobre eso hay también jugadas en el tablero global que apuntarían principalmente a China. Como sabemos, este país es altamente dependiente de sus importaciones de hidrocarburos y Venezuela estaba exportando más o menos el 90% de su producción a China. Con la intervención de Trump eso quedó suspendido. Ahora con el ataque a Irán los embarques de ese país y de la zona también se alterarán, afectando más fuertemente a China.

También podría estar la aspiración de lavar la humillación que significó el secuestro del personal de la embajada estadounidense al inicio de la revolución iraní en 1979, destruyendo ese régimen.

Si para Trump la motivación es principalmente doméstica, para Netanyahu el objetivo es consagrar una posición de liderazgo en la región. El cambio de régimen, y mejor aún, el caos en Irán no solo mejoraría notablemente la seguridad de Israel en el corto plazo, también afianzaría su rol principal en la reconfiguración del poder regional. Dejar a Irán en un estado de semi disolución le sería además funcional para distraer a los otros competidores, principalmente Turquía y Arabia Saudita, los que tendrían que destinar recursos a blindarse de los efectos de una disolución iraní, mientras Israel está a suficiente distancia para evitar la mayoría de esos problemas.

El gran ganador a la fecha es el mismo Netanyahu, quien no solo arrastra (nuevamente) a Estados Unidos tras sus propios objetivos, también sigue extendiendo la situación de guerra de su país y asegurando así su prolongación en el poder.

En cuanto al resto del mundo, aparte de declaraciones llamando a restablecer el diálogo y respetar el Derecho Internacional, queda en evidencia que seguimos adentrándonos en la era del poder duro y de la preeminencia del interés nacional.

Veamos ahora otras cuestiones como los posibles efectos de esta guerra. En primer lugar, está uno de los motivos declarados: destruir el régimen. Aunque este ha estado en su momento de máxima debilidad, el asesinato de su líder no conlleva su disolución y según el estado y las consecuencias de la guerra, la población podría unirse tras la bandera. De hecho, ya se habla de su martirio, lo que dentro de la tradición chiíta ha sido siempre un factor movilizador muy grande.

Estados Unidos e Israel no pueden sostener una guerra larga, ni tienen los recursos para ocupar el territorio. Podrán dejar muy mermado al país a punta de bombardeos, pero el régimen podría permanecer.

En una lucha tan asimétrica, la estrategia iraní es causar el máximo daño posible a sus atacantes, de manera que sopesen seguir extendiendo las acciones. Pero también procurar extender la guerra a toda la región, esperando revertir así su situación al empujar a los países árabes a presionar a Estados Unidos. Parte de esa estrategia es el anunciado bloqueo al estrecho de Ormuz, por donde transita un 30% del petróleo y gas mundial. Si esto persiste, afectará los precios con efectos multiplicadores.

Los países árabes en el fondo ven con buenos ojos debilitar a Irán y forzar un cambio de régimen, pero también están preocupados que esto beneficie principalmente a Israel y su posición cada vez más irreductible, no solo de no dar espacio a un estado palestino, sino que derechamente de aniquilarlos como nación y erradicarlos al resto de la región con los efectos desestabilizadores que conllevaría. Además, de mantenerse Netanyahu y los radicales que lo acompañan en el gobierno, es muy probable que se embarquen en más guerras en el vecindario para imponer sus objetivos de un “Gran Israel”.

Turquía es ambivalente porque comparte una larga frontera con Irán y su desaparición de la competencia acentuaría el clásico antagonismo turco-árabe. En caso de fragmentación, tanto por los kurdos como por los túrquicos que componen la población iraní al igual que la turca, podría invadir y asegurar territorio como lo hizo con Siria.

Hay que considerar que una guerra regional podría también extenderse al Sur de Asia, donde ya hay enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Pakistán, potencia nuclear, teme quedar rodeada de enemigos. En estos momentos está en conflicto directo o latente con dos de sus cuatro vecinos: India y Afganistán. Si Irán entrara en la anarquía o se alineara con los atacantes, entonces podría verse empujado a intervenir.

El primer día de este conflicto, cuya duración y consecuencias desconocemos, ha sido vertiginoso. Parece que Estados Unidos e Israel se están imponiendo, pero esta región es famosa por lo impredecible y los efectos a futuro podrían ser adversos para los atacantes. Ya sabemos que murieron decenas de niños en los bombardeos y además el ataque se produjo durante el sagrado mes musulmán de Ramadán. Ambos hechos, junto con la condición de mártir de Alí Jamenei, podrían galvanizar a los musulmanes contra estos países o generar acciones en el futuro de venganza.

Otra víctima de esta guerra es la negociación diplomática. ¿Quién querrá hacerlo en adelante, salvo para ganar tiempo para atacar o defenderse?

Finalmente, y muy importante, ¿qué sería una victoria para Estados Unidos? Porque si no cae el régimen y la guerra escala y se alarga, ¿hasta dónde seguir? Trump podría verse arrastrado a lo que él mismo criticó tantas veces y eso podría significarle una estruendosa derrota política.

Hasta ahora y como ya lo señalé, el único claro ganador es Netanyahu. Pero también como lo he dicho varias veces, sus victorias de hoy no hacen más que hipotecar la seguridad futura de Israel.

Seguiremos en el vértigo y más muerte y dolor.

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