Columna Diario Constitucional, 01.04.2026 Samuel Fernández Illanes, abogado, embajador ® y académico (U. Autónoma)
Más de un mes y sin resultados visibles, a pesar de que Estados Unidos e Israel, grandes potencias militares, han actuado con todo su poderío contra Irán. No se rinde, no hay cambio de régimen, tampoco conversa bajo los términos norteamericanos, se han reemplazado las eliminadas cúpulas gubernativas o religiosas, de la guardia revolucionaria, de los encargados de la circulación marítima del golfo pérsico, con el control del Estrecho de Ormuz causante de la crisis energética. Cualquier otro país habría capitulado o buscado algún entendimiento. No ha sido así.
No solamente se ha golpeado duramente su fuerza aérea, buques e instalaciones militares. Aunque todavía mantenga un considerable poder defensivo y ofensivo de drones, de comparativamente mucho menor costo y sumamente efectivos. También, sigue utilizando misiles de largo alcance. Han servido para atacar las bases militares norteamericanas en los países de la otra ribera del golfo, sumamente ricos y desarrollados, pero que basan su prosperidad en que existan tiempos de paz, no un conflicto que perdura y que también agrede a sus propios territorios, de manera directa o como resultado de los ataques a los norteamericanos. Su normalidad se ha reducido casi a la mitad y las pérdidas con cuantiosas.
Han debido habilitar corredores aéreos, operaciones excepcionales, rutas comerciales limitadas, producido la fuga de residentes auxiliados por sus representaciones diplomáticas, y una merma verdaderamente significativa del turismo de lujo, desarrollado enormemente en los últimos decenios, como el servir de sede a todo tipo de encuentros políticos de alto nivel, competencias deportivas sofisticadas, y todo tipo de reuniones internacionales. Todo está en pausa.
Es posible que los factores considerados para doblegar a Irán no han sido suficientemente bien evaluados. Por sobre su gran población, riqueza, realidad geográfica y ubicación estratégica para el petróleo o el gas del mundo, los que no hay duda han sido considerados, hay otros más profundos y arraigados en su idiosincrasia que permanecen y permiten una resistencia, por sobre lo acostumbrado.
No sólo está la milenaria tradición de los imperios persas del pasado, que ciertamente existieron con sus dominios o victorias militares. Aunque todo ello fue hace siglos, que no bastan para inspirar a una población actual, que los mismos siglos han mezclado y sustituido sustancialmente, de manera que solo quedan esos recuerdos de glorias pretéritas muy respetables, por cierto, pero prácticamente ausentes en la actualidad.
Durante la época del antiguo Sha Mohamed Reza Pahlevi, hace cincuenta años, se intentó con ceremonias extravagantes y fastuosas en la antigua Persépolis, revivir y deslumbrar a reyes y presidentes extranjeros conmemorando los 2.500 años del Imperio Persa. Todo ello ya pasó y el heredero del depuesto Sha, sólo representa una minoría nostálgica sin un significativo apoyo popular, férreamente reprimido por el régimen de los ayatolas actuales que los rige hace 47 años.
Paralelamente, los europeos, no obstante haber sido incidentalmente golpeados militarmente, se han limitado a despachar algunos buques de guerra y estacionarlos frente a Israel, pero sin participar, hasta ahora, en ninguna operación naval o aérea contra Irán. Es cierto que, desde hace tiempo e incluso recientemente, han apoyado resoluciones contrarias al programa nuclear de Irán, pero sin adherir a ninguna de las operaciones en curso. Otro tanto ocurre con los países árabes, ajenos a los directamente involucrados en el golfo, los que tampoco han actuado contra Irán, siendo sus enemigos tradicionales, no sólo religiosos, sino que también políticos, pues no han sido pocas las oportunidades en que se han entendido con Israel, el enemigo habitual, y estado a punto de alcanzar ciertos acuerdos, los que en su oportunidad, fueron interrumpidos por los ataques de las milicias como Hamás en Gaza, el Hezbollah en Líbano, o los Hutíes en Yemen, a Israel, reactivados ahora en solidaridad con Irán.
Y tal vez ahí está la verdadera particularidad del caso iraní, de su resistencia y determinación para contrarrestar la superioridad y efectividad militar combinada de estadounidenses e israelíes. Hay un trasfondo religioso sumamente intenso y que determina cualquier decisión en Irán, lo que es sabido ciertamente, pero que no se ha logrado dimensionar en su verdadero alcance e incidencia en todas sus decisiones. Todo lo cual, va más allá de la división religiosa resultante entre sunníes y chiíes, pugnas ancestrales, así como entre muchas otras subdivisiones religiosas del Islam.
La corriente Shií en Irán, incorpora el concepto del “martirio”, que se origina en el del nieto del Profeta Mahoma, Alí, hijo de su hija Fátima, ejecutado, aunque resistió heroicamente por su suegro el Califa Omeya Yazid, en la batalla de Kerbala el 10 de octubre del 680 a las luchas por el poder, pues El Profeta no designó claramente su sucesor familiar. Por su parte, los sunníes, ya habían elegido su Califa y lo continúan haciendo. Es la división fundamental de ambas corrientes, y que en irán se respeta entre sus sucesores, buscándose el más santo y digno de ser imitado, hasta la llegada del Mahdi el Profeta oculto y que vendrá. Es la creencia extendida y, por consiguiente, la vida y el destino de cada shiíta que sólo lo determina Alá. Dentro de lo cual, el honor y la dignidad son esenciales.
Lo dicho está presente, entre muchas otras consideraciones, en la raíz de la fe en Irán, y toda otra apreciación occidental de este punto, no acertaría en su análisis sin comprender la profundidad de esta creencia religiosa. Sin valorarla en su esencia, no hay ningún sometimiento o entendimiento con Irán, según los parámetros occidentales. Y todo se entrampa.

