Venezuela nos lo pone muy difícil

Columna
El Periódico – Castellano, 08.01.2026
Jorge Dez­ca­llar de Mazarredo, Emba­ja­dor de España

Desde que Donald Trump ha llegado a su segunda presidencia se ha liberado de las barreras que le frenaron durante la primera, lo que eufemísticamente se llamaba «los adultos en la habitación», y ha decidido contribuir al esfuerzo de rusos y chinos por poner los últimos clavos en el ataúd del orden geopolítico estrenado en 1945 y que, en la acertada síntesis de Graham Allison, nos ha dado 80-80-9, es decir, 80 años de paz entre grandes potencias (algo que no ocurría desde tiempos del Imperio Romano), 80 años sin guerras nucleares tras las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, y tan solo nueve países con arsenales nucleares: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Lo cual no deja de tener mérito, porque hay más de un centenar de países con la tecnología y la capacidad de construir bombas nucleares si lo desearan. Precisamente y debido a la impredecibilidad de Trump, algunos aliados como Japón, Polonia, Corea del Sur o Alemania empiezan a darle vueltas al tema.

La realidad es que el presidente de EEUU considera que ese orden permite que el mundo se aproveche de su país y ha decidido unir sus esfuerzos a los de Rusia, China y otros, que abogan por un nuevo reparto de poder y la adopción de nuevas reglas para dirigirlo. Desde su llegada a la Casa Blanca ha dejado de lado la política exterior norteamericana de los últimos 80 años para adoptar un enfoque transaccional que la ve como un juego de suma cero, donde lo que uno gana lo pierde el otro, con la consecuencia de la pérdida de valor de organizaciones internacionales y, en particular, de alianzas militares que no se adaptan a este esquema. De ahí su abandono del Pacto de París sobre el Clima, de la OMS, de la Unesco, etc., así como su desprecio por Naciones Unidas. No solo eso, porque también ha dinamitado el comercio mundial con su política errática de aranceles, mientras pone en peligro la relación transatlántica y la OTAN con su desprecio por la Unión Europea y sus ambiciones sobre Groenlandia. Como el paso de un orden multilateral a otro multip­lar llevará tiempo, Amitav Acharya ha propuesto definir el momento intermedio actual como «El mundo menos uno». Ese uno es EEUU y el mundo al que nos abocan a corto plazo me temo que será caótico y violento.

Es en este contexto como debemos entender la operación «Absolute Resolve», que ha acabado con Nicolás Maduro ante un tribunal neoyorquino, mientras otros acusados como Vladimir Padrino, ministro de Defensa y Diosdado Cabello, ministro de Interior, forman la guardia pretoriana de la nueva mujer fuerte del país que no es Corina Machado, como muchos esperaban, sino Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta con Maduro. El pragmatismo americano los prefiere porque son capaces de evitar que el país se descontrole en estos momentos en los que el régimen chavista lucha por su supervivencia y Trump ha conseguido de ellos lo que deseaba: control de la emigración, aceptación de expulsados y, sobre todo, el control del petróleo venezolano y el fin de sus exportaciones a China en monedas diferentes del dólar. Washington está decidido a dar la batalla por el mantenimiento del petrodólar que va aparejado con su valor como reserva mundial. Y con eso no quiere bromas. La prueba es que en la rueda de prensa donde explicó la brillante operación del Delta Force que secuestró a Maduro, Trump no mencionó la democracia ni una sola vez mientras hizo nada menos que 26 referencias al petróleo. Para que no quedaran dudas.

Esferas de influencia
Con la operación sobre Venezuela, Trump abre la puerta a un mundo que regresa al uso de la fuerza que ya prohibieron el Pacto Briand-Kellogg de 1928 o la Carta de Naciones Unidas de 1945. Un mundo en el que, como ellos dicen, «Might Makes Right», un mundo de esferas de influencia en el que los poderosos impondrán su ley al servicio de sus imperativos de seguridad nacional y al margen del derecho internacional. Es algo que tampoco disgusta a Moscú y Pekín y por eso sus protestas han sido medidas. En cambio, para Europa, lo ocurrido es muy malo porque sienta un peligroso precedente que alimenta las apetencias rusas sobre Ucrania y más allá y, sin embargo, la UE, dividida y asfixiada por la norma que exige el consenso, no ha conseguido consensuar una respuesta firme por miedo a molestar a Trump y que nos acabe dejando a los pies de los caballos rusos en Ucrania. Y ese es un mal camino, porque los americanos comprenden que defiendas tus intereses, pero desprecian la debilidad. España, al menos, ha denunciado con firmeza la violación del derecho internacional en Venezuela, tanto como país como en una declaración junto con México, Chile, Brasil, Colombia y Uruguay. Y, en cuanto a los europeos, algo se ha conseguido salvar del naufragio en la declaración de apoyo a Dinamarca en el tema de Groenlandia, por parte de España, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y Polonia. Porque si Trump sigue adelante se acaba la OTAN y no es seguro que eso le importe demasiado. Ese puede acabar siendo el precio para Europa de lo que acaba de pasar en Venezuela.

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