El silencio ensordecedor ante el grito del pueblo iraní

Columna
El Líbero, 03.01.2926
Peleg Lewi, embajador de Israel en Chile

Mientras miles de iraníes desafían la brutalidad de un régimen teocrático en las calles de Teherán, Isfahán y Mashhad, el mundo sigue mirando hacia otro lado. La ausencia de cobertura mediática global y el silencio atronador de organizaciones que se proclaman defensoras de los derechos humanos revela una hipocresía que no puede ignorarse.

Las protestas que han sacudido a Irán los últimos días son el grito desesperado de un pueblo ahogado por una crisis económica devastadora, aplastado bajo el peso de una opresión religiosa medieval y cansado de un régimen que financia el terror más allá de sus fronteras, mientras sus propios ciudadanos se empobrecen.

Las mujeres reprimidas, las minorías étnicas y religiosas perseguidas y los jóvenes sin futuro se han unido en las calles desafiando a un régimen que gobierna con el látigo y la horca.

La prensa global, que dedica horas interminables a analizar cada matiz político en los conflictos en Medio Oriente, apenas ha dedicado unos segundos a un levantamiento contra uno de los regímenes más represivos del planeta. Esta selectividad no es accidental, es sintomática de una narrativa que prioriza ciertas causas, como la causa palestina, según conveniencias ideológicas o de rating.

También resulta desconcertante el silencio de diversas organizaciones feministas internacionales, las cuales movilizan multitudes cuando se trata de Israel, pero permanecen mudas ante la opresión sistemática de millones de mujeres iraníes, que ni siquiera pueden mostrar su cabello, porque es considerado un “crimen”.

Lo mismo está pasando con los grupos de derechos humanos, que monitorean cada detención en democracias occidentales, pero parecen sufrir de amnesia selectiva cuando se trata de las cárceles iraníes repletas de presos políticos, como si los derechos humanos tuvieran nacionalidad o los estándares morales no fueran aplicables al fundamentalismo islámico.

El régimen de los Ayatolas no sólo oprime a su propia población. Es el principal patrocinador estatal del terrorismo global, financia milicias que desestabilizan naciones enteras y busca desarrollar armas nucleares mientras su pueblo pasa hambre. La economía iraní, destrozada por corrupción, sanciones y gestión catastrófica, ha llevado a millones a la pobreza, mientras sus líderes religiosos acumulan fortunas obscenas.

Esta hipocresía, selectiva e ideológica, tiene consecuencias reales. Cada día de silencio internacional es un día más de impunidad para un régimen que interpreta la indiferencia global como luz verde para intensificar su represión.

Los manifestantes iraníes no piden intervención militar, sino algo mucho más simple: que se les vea, que se les escuche, que el mundo reconozca su valentía.

Israel ha sido víctima del fanatismo de los líderes iraníes y de su red de proxies en la región. Todos ellos siempre están al acecho, atacando a los civiles en nuestro propio territorio soberano e incluso en lugares tan distantes como Francia, Inglaterra, Australia y Argentina. Conocemos su crueldad y por eso podemos empatizar en el sufrimiento del pueblo iraní y valoramos la valentía de quienes han salido a manifestarse a las calles.

El pueblo iraní está escribiendo un capítulo heroico de resistencia contra la tiranía. La pregunta que nos interpela es: ¿estaremos a la altura de su coraje, o seremos cómplices de su olvido?

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